Diario de a bordo: Los niños del lloro

Estimado Capitán:

Un año y medio de viaje y la ruta no deja de sorprenderme.

Los lechones ya caminan, corren y yo diría que en ciertos tramos con pendiente incluso esprintan. El tempo de la convivencia va in crescendo y en más de una ocasión me siento como Indiana Jones en En busca del arca perdida.

Yo soy Indiana. Ellos son la bola.

Hace un año eran unos seres que se entretenían con un eructo aquí, un bibe allá y todos tan tranquilos, pero ahora no paran. Suben, bajan, abren, corretean, cierran, ríen, corren, golpean, rompen, saludan, salpican, gritan, trepan, escalan,  exploran, estrujan y lloran.

Casi cualquier verbo que denote movimiento y/o destrucción valdría.

Llorar siempre han llorado. Eso sí, el llanto ha evolucionado y tiene más matices que los filtros de Instagram, que parece que no pero al final sí.  He estudiado durante estos meses los llantos y los he categorizado en los siguientes tipos. Helos aquí Capitán.

1. Llanto “Trata de arrancarlo”

Es ese llanto que sí, pero como que no. Ese llanto que siempre produce la misma reacción en los padres, bien sean múltiples o padres simplones de esos que solo tienen un hijo por parto. Uno de los niños (o ambos) comienzan con un quejido intercalado con silencios de blanca, negra o corchea. ¿Es un lloro o una queja? ¡Ah! Ahí está el misterio y la chicha de la cuestión. Veamos un caso real, pero con nombre ficticios para preservar el anonimato de los protagonistas.

Tomás Cruces llora de manera intermitente. Son las 4:17 de la mañana. Sus padres Antón Cruces y Raquel Lubiáns están agotados y no se percatan del lloro hasta las 4:21. Bueno en realidad papá si se da cuenta a las 4:19, pero, empleando un término científico, le tira de un huevo ya que son solo pequeños quejidos, como cuando afinaba Camarón de la Isla. Mamá, que duerme como King Kong después de una boda, hace un sonido con la garganta que se podría definir como una protopetición, un: “Llora el niño”, pero sin palabras ni sílabas. Papá que tiene un ojo abierto sigue haciéndose el dormido y suelta un ronquido sobreactuado para dejar patente que está durmiendo.

Nuevo quejido de Tomás en re menor.

—Vete tú— dice ella.

Ronquido.

—Sé que te estás haciendo el dormido.

Dos ronquidos.

—¿No estarás jugando a la tontería esa de “Un ronquido significa no y dos significan sí?

Dos ronquidos.

Aquí pueden pasar dos cosas. El niño se calma y se vuelve a quedar dormido o el niño se arranca definitivamente y entonces ya sí que sí. ¿Que se duerme? Pues todos felices y descansados. ¿Que aquello crece? Pues eso nos lleva al segundo tipo de llanto.

 

2. Llanto “Stradivarius”

Es un llanto muy complicado de ejecutar a posta, pero viene de serie, está grabado en su código genético. El niño está durmiendo a pierna suelta y de repente un diminuto Julio Iglesias, padre de padres, resuena en la cabeza del bebé y dice: “Estarías mejor entre papá y mamá. Y lo sabes”. Y ya está liada. El niño llora a ver qué pasa.

Y lo que pasa es después de un rato tomas a tu pequeño lechón entre los brazos y él apoya su cabeza en tu hombro. Y tú, en un movimiento involuntario también inclinas tu cabeza y la pegas a la suya. Entonces te das cuenta de que pareces un violinista. Tanto por la postura como por que lo tienes entre los brazos es de un valor incalculable.

Acomodas al lechón en tu cama (justo en la parte que más moleste a tu pareja, ya que no se ha levantado por lo menos que se joda un rato). Tu pequeño se queda dormido con una sonrisilla en los labios. Todos felices nos dormimos y en ese preciso momento en el que el sueño fluye…Se despierta el otro.

 

3. Llanto “El Cigala”

Este es con energía y arte. Es repentino y puede el niño que solo quiera que lo cojas. Es un llanto con arte, frustración e impotencia. Como si Mozart acabara de escuchar a Pitbull. Aquí hay que calmar al niño. Viene acompañado de un movimiento de manos que parecen el cangrejo de La Sirenita. Es un llanto irresistible. Siempre acaba igual. El niño tranquilo y el padre con dolor de espalda.

 

4. Llanto “El Padrino III”

Este solo ocurre en dos situaciones. Después de la vacuna o después de una caída. El llanto es una réplica exacta del llanto de Michael Corleone en El Padrino III al final de la película cuando se arrodilla y toma a su hija muerta entre sus brazos. Atención spoiler. Nunca sé si hay que ponerlo antes o después. Este llanto tiene una cualidad diferenciadora del resto: Empieza con un largo grito sin sonido, como si alguien le hubiese bajado el sonido al bebé, mute que se llama. Y solo al cabo de un rato el lechón vuelve a coger aire y libera ese grito rumiado en la desesperación y el dolor durante los segundos previos.  A veces acojona. Ni Freddy Mercury. Gracias a Dios hay remedio para esto. Hay que decir las siguientes palabras:

Sana, sana culito de rana

si no sana hoy sanará mañana.

Paquirrín ha escrito canciones mejores.

Pero no seré yo el que rompa la tradición. Este pareado denota que en la época de antaño tenían una buena mierda para fumar negrata.

5. Llanto Fake

Es un fake. Es mentira. No hay lágrimas. Quieren algo. No les hagas caso. Algo quieren de ti. Fíjate bien.  Te enseñaré una regla “memotécnica” regla para memos, para que la recuerdes: “Mejillas secas, mentira y tretas”.

Mi mierda también es buena.

Un saludo Capitán.

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Diario de a bordo: 5 momentos inolvidables

Estimado Capitán:

En este informe le explico los cinco momentos que no tienen precio de esta aventura llamada paternidad. Son muchos los instantes que nos hacen sonreír como un alcalde medicado, pero en esta ocasión me que quedado con cinco, a ver que le parecen.

 

5) El momento Paul McCartney

Ese momento que ellos están en la cuna a primera hora de la mañana y tú te diriges, ajeno a que ya se han despertado, a la ducha. Paso por delante de su habitación y allí están, lanzando sus brazos al aire, suplicándome que les haga caso, que les abrace. Que me haga un selfie con ellos. Me lo hago.

4) Momento Waterworld

Ese momento en el que te despistas y escuchas el chapoteo del agua. En casa no tienes un estanque así que solo puede ser una cosa. Corres al baño y te los encuentras a los dos con esa cara de felicidad  y las manos metidas en el wáter removiendo el agua. Te miran como diciendo: ¿A qué esperas julai? Venga que hay sitio para otro. 

Son tan felices en ese momento que reconozco que me da pena sacarle las manos de ahí, pero mi responsabilidad como padre me puede. Me hago el escandalizado y les digo que eso no se hace, caca. La próxima vez me uno.

3) Momento Baño

Ese momento en que descubren que el agua mola, pero que no pueden agarrarla. Se sientan en el baño, un poquito de espuma por aquí, se agarran la pirolilla y la estiran y yo les digo que no, que no crece, se ríen como si entendiesen, se salpican y mueven a cabeza de un lado a otro cuando. El baño parece Toys´r Us después de un terremoto.

2) Momento Máma

Saben decir mamá, pero lao pronuncian como mmma-mmma. Parece que se vayan a arrancar con el Bohemian Rhapsody. Llevo tres meses intentando que digan “papá” y nada. Alguna vez han pronunciado los fonemas sueltos, pero nada con sentido. En más de una ocasión los siento en mis rodillas, les miro a los ojos y les digo:

—Papá, di papá

Me mira

—Pá-pá

Sigue mirando, inteligente y sonriendo

—Pa-pá

Cualquiera que me vea diría que el que no sabe pronunciarlo soy yo.

—Pa-pá

Al fin abre la boca y dice:

—Mmma-mma

Un desastre Capitán.

 

2) Momento Despertar

Ese momento en que despiertas y por haches o por bes acabáis todos en la cama y piensas “Anda que suerte tengo”. Qué guapos, qué felicidad estar así todos juntos esta mañana tempranito.

Este tipo de momento solo se da el sábado.

Aquí le dejo otro momento extra. Yo le llamo “El Arrebato”

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Diario de a bordo: Aplausos

Estimado Capitán:

Le escribo con un trancazo del 15 (me refiero a un resfriado). Al final tanto hospital y tantos virus de unos y otros, pues es lo que tiene. Tengo la garganta con placas que a juzgar por el dolor deben ser por lo menos tectónicas.

Hoy le quería hablar del aplauso. Vivimos en esa era. ¿Cada cuánto aplaude usted en su vida normal? Ellos se pasan aplaudiendo la mitad del día.

Parece que estoy criando a Los Chichos.

Aplaudir. verbo transitivo/verbo intransitivo

Chocar repetidamente las palmas de las manos una contra la otra como muestra de aprobación, admiración o acuerdo con una persona o con lo que hace.

Supongo que aplaudir es el primer acto de refuerzo (o de los primeros) que aprenden los lechones humanos. En realidad es culpa nuestra, los padres, que sin darnos cuenta los educamos desde muy pequeños en el aplauso. Si hacen algo bien nosotros aplaudimos confiriéndoles el status de artistas,  divos etc. Son al fin y al cabo las grandes estrellas de nuestras vidas. Y ellos, que son más listos que nosotros, pronto empiezan a imitar ese comportamiento. Con cada aplauso vienen a decir algo así como: “Mira papá, ya está lo he conseguido”.

Estos dos aplauden siempre. Termina una canción…Aplauden. Acaban la merienda…Aplauden. Llega alguien a casa …Aplauden. Se te mean en la cara…Aplauden.

Además tienen varios estilos de aplauso que van desde lo que yo llamo el Lina Morgan (descoordinado y atropellado)  hasta uno mucho más elaborado “el Antonio Carmona” un aplauso tan rítmico y lleno de arte que parece que se van a arrancar por bulerías de un momento a otro. Hay una gran paleta de colores en el mundo del aplauso, pero el que más ha llamado mi atención es el que se podría clasificar como el Aplauso de Pavlov , ya sabe usted Capitán, aquel del experimento con el perro y el filete.

Pues esto es parecido.

Anton Jr. tiene asma y al principio la mascarilla le daba miedo así que Ovugirl (madre de dragones) y un servidor nos pusimos a jugar con él para que lo entendiese como un juego. Después de su paso por El Hospital (The Hospital) ya lo tiene asumido y es él el que busca la mascarilla incluso cuando no le toca. Sabe que cuando acaba el proceso toca un aplauso rico que inunda cada esquina del salón.

La sorpresa me la llevé ayer por la noche cuando tuve que darle uno de los inhaladores  y el lechón estaba durmiendo a muslo suelto. Le puse la mascarilla, apreté dos veces el inhalador y él sin abrir los ojos ni moverse al acabar el proceso …¡Aplaudió!. Fue una breve ráfaga que me provocó una carcajada. Como los diputados estos que se duermen y después aplauden como si sí.

Pues que aplaudan claro que sí.

Ya se les irá pasando. Uno con los años pierde la costumbre. Yo he intentado recuperar la costumbre, pero la gente me mira raro. Aplaudí al carnicero cuando me cortó la carne y me miró como si le estuviese puteando, un taxista me dio bien la vuelta y yo paré un segundo para aplaudirle y tampoco sonrío mucho. La gente mayor no se lo toma como un cumplido, se lo toma mal.

Llaman a la puerta  Capitán, debe ser el pizzero seguro que él si me lo sabrá agradecer.

 

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Seguiremos informando.

 

 

 

 

 

 

Diario de a bordo: De hospitales y cárceles

Estimado Capitán:

Estos días han sido días duros, verá, uno de los lechones tiene una cosa que se llama bronquiolitis y lleva seis días en el hospital. Es bastante triste ver a un hijo  con oxígeno, tan pequeño, pero está feliz y poco a poco va mejorando. Es un campéon.

Y este sinvivir  de mascarillas, oxígeno, saturaciones, pitidos y enfermeras ha dado pie a ciertas situaciones y reflexiones que quería compartir con usted.

En primer lugar los hospitales humanos guardan similitudes con las cárceles humanas. Uno por lo general está recluido en ambos centros contra su voluntad. Te dan un uniforme y hay unos horarios preestablecidos: El del tratamiento, el del rancho, el de apagar las luces…Y el pequeño Antonciño pues los cumple todos a rajatabla y con voluntad espartana aunque de vez en cuando se le fuga una mirada por la ventana (su habitación da a la calle) y en sus ojillos se dibuja el brillo nostálgico de la libertad. O a lo mejor es el catarro.

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Con la abuela, ansiando la libertad.

Compañeros de celda

Hasta el momento el pequeño A.  ha tenido dos compañeros “de celda” el pequeño B. que enseguida salió en libertad provisional y la pequeña C. que entró ayer en prisión. Es muy salada, pero tose como un camionero búlgaro. Es reincidente la semana pasada ya estuvo en este módulo, pero se ve que la justicia y las recaídas son implacables. Antón le pone ojitos y ella sonríe. Supongo que eso hace más llevadero el encierro de mi hijo…

Tratamientos

Cada cuatro horas al chaval se le aplica una cosa que se llama nebulización que es un tratamiento que tiene nombre de galaxia. En realidad es tan solo una mascarilla, pero la imagen acojona. Ver a tu hijo así hace que todo se tambaleé, pero hay que tirar para adelante.

No sé Capitán que hay en esa mascarilla, pero le pone como una moto. Desde luego por los efectos uno diría que el chaval acaba de esnifar pegamento por que le da un subidón que parece que viene de Woodstock. Mueve la cabeza, se tira sobra la cama en plancha y  con los brazos abiertos, se ríe y vive la vida loca. Eso le dura un rato y después le da el bajón. Es como Jim Morrison en pequeño.

También le metemos a traición un jarabe que para que las enfermeras te digan que sabe fatal ya debe ser de Hacendado por lo menos. El otro día se lo enchufé como una centella y puso la cara de cuando le das un buen sorbo a la leche y resulta que está cortada. Me miró cómo diciendo: Pero…¿Tú no eres mi padre? ¿Por qué me haces esto?

Enfermeras

Como los pacientes las hay buenas y malas. Más bien las hay buenas y bordes. Y esto es así en toda la galaxia. Es una ley inmutable del Universo.  En el 98% de los casos son atentas, cariñosas, resueltas y grandes profesionales. El otro 2% tiene el carácter (y el aspecto) de un mercenario checheno y más les valía callarse la boquita de vez en cuando. Estoy allí contra mi voluntad y si quiero una charla sobre paternidad ya me voy al TED. Bastante tengo yo con ver a mi hijo ahí postrado para que vengas dando lecciones. Gracias a Dios son excepciones, pero como las meigas…Habelas hainas.

Régimen de visitas

Somos un montón cuidando del pequeño Antón. Está mamá, papá, las abuelas y abuelos, los tíos…Todos nos convertimos en un gran equipo y eso da gusto, pero hay alguien que está sufriendo bastante con esta situación y que lleva casi una semana sin ver al “preso”: Su hermano Tomás.

Tomás

Está de bajona. Le falta algo. Deambula por la casa como una folclórica sin torero. Un poco tristón por la ausencia prolongada de su querido hermano. Su madre me contó que el otro día le estaba poniendo el pijama y al acabar Tomás le tendió el de su hermano. Es un niño muy sutil. Como un Gila de 80 centímetros. Supongo que de fondo sonaba “Love Story” o algo así. Así que también hay que darle cariño al pequeño Tomás. Estamos deseando asistir al reencuentro, pero si todo va bien nos quedan dos días más de condena como mínimo.

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Tomás posa triste, pero conquistador tras pasar por las manos mágicas de papá que en otra vida fue un gran peluquero creador de tendencias.

Capitán desde aquí quiero mandar mi abrazo a todos aquellos padres que tienen a sus hijos con enfermedades más graves en los hospitales y trasladarles mi más acongojante admiración.

Ellos y sus pequeños son auténticos héroes.

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Va por vosotros.

Seguiremos informando.

 

 

 

Diario de a bordo: Cuatro objetos que ellos saben utilizar y tú no

Estimado Capitán:

Me he dado cuenta en estos meses que los humanos más mayores no apreciamos en toda su amplitud la realidad. Hay un montón de objetos que no comprendemos al 100% y ellos, nuestros pequeños lechones sí lo hacen. Deben tener el chacra abierto que viven en una dimensión totalmente distinta a la nuestra, se trata de una dimensión cuya complejidad los mayores solo podemos intuir.

Es cierto que nuestros hijos, menos el hijo del cura que con los años pasará a ser su sobrino, son hijos deseados a los que colmamos de atenciones y mimos. Juguetes de todos los tamaños y colores con los que nosotros, padres ignorantes, pensamos que vamos a comprar su felicidad, cuando en realidad ( y siempre según mi estudio) lo que los pequeños gordopilos necesitan para alcanzar su plenitud es mucho menos de lo que nosotros creemos. Ellos quieren amor, besos, abrazos, que les cambien la caca e investigar. No se lleve a engaño por su apariencia Capitán, son investigadores, científicos natos que experimentan con el mundo y nuestra paciencia.

Los resultados de mi estudio son 100% reales y quizás pueda aclarar un poco más la naturaleza de estas criaturas.

 

Puertas

Con la edad el crío les irá quitando importancia pero a día de hoy son el gran descubrimiento del último mes y medio. Las puertas. Nosotros vemos, lo que he bautizado con la nomenclatura “una puta puerta”, pero ellos no. Para ellos es uno de los mejores gadgets que jamás ha inventado el hombre. Piénselo: Una puerta que usted o yo utilizamos para entrar y salir de los sitios, tiene muchas más posibilidades de las que parece a simple vista. Y es que una puerta se puede golpear con las manos, aporrear con los juguetes, chupar, lamer, ver a través de ella (si es que tiene cristales) , pegar la nariz para a continuación descojonarse y sí Capitán, también para abrirlas y cerrarlas. Por ejemplo, Tomás está en la fase de entrar en una habitación y cerrar la puerta. Un tío precavido. Con este temporal se agradece, pero me parece que se está convirtiendo en una obsesión. Parece Jack Nicholson en Mejor Imposible. En estos últimos 60 días ha cerrado más puertas que la droga que ya es decir. No para. Cierra, cierra y cierra.  Y cuando acaba de cerrar solo le falta echarse un eructo o algo, por que la cara de satisfacción es todo un poema.

Lo bueno: Diversión a raudales.

Lo malo: Que a veces te pillas los dedos.

 

Espejos

Los espejos son la entrada a otro mundo. Les encanta verse reflejados. Además también sirven para golpear, lamer  y pasarlo pipa un buen rato jugando con el reflejo. Le hablan a su otro yo y se ponen nerviosos. Su madre y yo nos ponemos mucho más atacados al ver a cuatro hijos en vez de dos.

—¿Te imaginas?—le suelto cuando acontece este rutinario efecto óptico.

En más de una ocasión al darse esta situación he podido observar como la hembra terráquea observaba la ventana del salón como su única salida.

Lo bueno: Diversión como si no hubiera mañana.

Lo malo: Que la emoción por saludar a su otro yo sea tan arrebatadora que no frenen a tiempo.

 

Cortinas

Las cortinas parecen a priori algo sencillo. Un invento simple. Pues para ellos no. En su mundo de científicos la cortina es un universo en sí mismo. ¿Quién no se enrosca en una cortina de vez en cuando para echar unas risas? Este es su descubrimiento semanal. Uno sabe cuando va a “entrar” en la cortina, pero nunca cuando va a salir. Es como el INEM. Y ellos pues se lo pasan pipa descubriendo como la tela acaricia su cara, como la cosa se va liando, y además detrás de la cortina suele haber…¡Una ventana! que es parecida a una puerta, con las mismas características de golpear, chupar y todo eso. No le voy a mentir Capitán, empujado por la curiosidad lo probé ayer. Me puse como lo que aquí se llama un gilipollas o un tonto a las dos a dar vueltas en la cortina y a extender los brazos en busca de la salida. No estuvo mal, pero pude ver a mi vecino negando con la cabeza y cerrando con pestillo la ventana. Agonías.

Lo bueno: Las cosquillas en la cara , las vueltas sobre uno mismo y la interactividad.

Lo malo: El efecto de las vueltas sobre uno mismo. Puede ser un mal viaje.

 

Accesorios tecnológicos

El otro día les regalamos un ábaco. Pero claro, un juego con nombre de insecto está destinado al fracaso. ¿Un ábaco? Y una mierda. A los chavales ahora les gusta manosear el ratón del ordenador, babar el móvil, utilizar el mando de la tele como arma arrojadiza y una serie de cosas pues que podrían hacer con cualquier otro objeto, pero lo hacen con esos. Nosotros llevamos una semana sin encontrar el mando de la tele, pero lo peor no es eso. Dejaron puesto un programa de operaciones extremas: un mujer que tiene unos pechos que usa la 120 J, una chica que le chorrea la nariz de moco y quiere cambiar su vida (yo también querría), un chico que quiere cercenarse la nariz para tenerla como su ídolo; Michael Jackson (que anda que no tendrías cosas buenas y te vas a fijar en la nariz chaval, te mereces lo que te pase). Y así llevamos diez días que me están dando ganas ya de reducirme el pene. Más.

Lo bueno: Ellos disfrutan

Lo malo: Sale caro.

 

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Un saludo Capitán.

Diario de a bordo: Bla Bla Land

Estimado Capitán:

Después de ver La La Land, la música se apodera de nosotros, los humanos. Estoy impactado Capitán. Esta raza ha inventado una cosa que se llama cine que consiste en meterse en una sala a oscuras con otros extraños mientras unas imágenes les cuentan una historia.

Esto para ellos es una práctica habitual ya que normalmente se pasan su adolescencia en discotecas, que también son grandes lugares en los que la luz brilla por su ausencia y en el que esta intrigante raza busca bailar, beber y aparearse.

Ahora estamos en familia escuchando la fantástica, arrebatadora, emocionante y enérgica banda sonora de La La Land que hace que en media hora pases por todos los estados emocionales posibles. Es lo contrario a Pedro Piqueras.

Cuando era pequeño Capitán vi una película que se llamaba Rocky IV y me pasé entrenando seis meses. En mi casa me siguieron el rollo hasta que le dije que tenía que ir a Rusia. Ahí fue cuando me cortaron el grifo.

¡Imagínese lo que ha provocado el musical de moda en mi comportamiento! No puedo parar de bailar y me arranco a cantar en cualquier sitio pensando que la muchedumbre, contagiada por mi ritmo y carisma me seguirá, pero lo único que he conseguido es que casi me atropellen en la autopista. En el Mercadona propulsé mis pies al frenético ritmo del swing por el pasillo de la carnicería, pero no me siguió el rollo ni el de los panes. Aún así no cejé en mi empeño de contagiar al mundo el color de esas melodías, de esos estribillos.

Sigo caminando por mi calle con mucho flow y a la altura de mi portal miro hacia arriba en busca de ese majestuoso plano cenital, casi puedo ver el montaje de mi propia película, será  dinámico, impactante y efectivo, pero nada. Ninguna cámara filmándome. Solo está el vecino que me mira extrañado y niega con la cabeza.

Miro hacia abajo por cerrar el círculo. ¿Si el de arriba es un plano cenital el plano de abajo será un plano genital? No me hago más preguntas técnicas y sigo bailando con el alma devastada de alegría por la música.

Las señoras me miran asombradas, tomó la mano a una de ellas y me la enroscó (a la señora) en plan bailongo. Oigo crujir su clavícula y noto que su amiga esta llamando a la policía. Corro y derrapo por las calles. Llego tarde al médico.

La dentista me dice que tengo la  boca genial y para celebrarlo ella, las enfermeras, dos pacientes y yo (todos ellos sí habían visto La la Land) nos marcamos una tremenda coreografía a ritmo de tango y jazz que arranca los aplausos del público que también somos nosotros. Nos damos un 8 en FilmAffinity. Y tan amigos hasta la hora de pagar.

Al llegar a mi hogar abro la puerta con una sonrisa que dibuja una perfecta media luna en mi boca, giro sobre mí mismo y me sacó un imaginario sombrero que lanzo sin mirar y acaba posado sobre uno de los brazos del perchero. Todo es perfecto.

Ovugirl (madre de madres) me comunica en sol mayor que los niños han crecido dos centímetros en los últimos tres meses. Eso quiere decir que su reloj biológico es lento, que envejecerán despacio. Son como Cher. Sigo bailando y ella también.

Mis hijos de 82 centímetros me miran con la boca abierta. Les preguntó “¿Qué?” y Tomás me responde “Qué”. Es la segunda palabra que ha aprendido después de mamá.  Bla Bla Land. El qué que ha aprendido es el qué interrogativo y no el otro. Va a ser un tío curioso.  Además lo dice con tono provocador como un pequeño pandillero boliviano. ¿Qué?

Nos pasamos todo el interludio del tema diciéndonos qué qué qué y cuando el contrabajo vuelve a cabalgar con la batería… ¡Comenzamos a bailar en el salón, miramos hacia arriba, los tambores resuenan, los vientos cortan la melodía ¡Mis hijos de repente saben bailar y toda la familia alza los brazos al cielo, al unísono como un solo cuerpo, damos vueltas y cantamos, cantamos como nunca! Agarró a mamá como en Dirty Dancing  y todo acaba. La ovación de los vecinos resuena en todo el edificio.

Todo se funde a negro.

 

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¡Bailad malditos! ¡Cantad! ¡Dejaros llevar y aplaudid!

Este post que tiene más verdad de la que parece no va a acabar con un “The End”. Va a acabar con uno de los pocos sinónimos perfectos del inglés al castellano.

 

Chin Pom.

 

 

 

 

 

 

 

 

La leyenda de El cuarto Rey Mago

La historia oficial, los libros y la tradición nos cuentan que los Reyes Magos de Oriente eran tres, pero en ocasiones (o mejor estaría decir casi siempre) la historia está escrita por los ganadores.

Este relato tiene como objetivo reivindicar la existencia e importancia de una figura olvidada, de un hombre que ha sido injustamente borrado del imaginario colectivo, su nombre ha sido cercenado sin compasión de todos los libros, erradicado de todas las películas, de todos los documentos de la época.

Esta es la historia del cuarto Rey Mago.

La historia de Jose Luis.

40 años antes del nacimiento de Jesús.

Centro de Formación para  Reyes Magos de Oriente Herodes, El Grande

Gaspar y Melchor aprovechan los recreos y los tiempos muertos para fumar esas hierbas aromáticas que ha traído Baltasar desde el Norte de África. Baltasar El negro, como le llaman cariñosamente ha sabido hacerse un hueco en sus corazoncitos a base de simpatía y pequeñas dosis de contrabando. Lo cierto es que los tres se han vuelto inseparables desde el comienzo del curso y no se despegan  bajo ningún concepto. Siempre juntos salvo en el vestuario. Allí todo el mundo se aparta de Baltasar para evitar incómodas comparaciones.

El Centro de Formación para Reyes Magos de Oriente Herodes, El Grande tenía un solo objetivo. Formar a cientos de futuros candidatos a Reyes Magos en las muchas disciplinas, oficios y artes necesarias para convertirse en unos de los cuatro elegidos de cara a la inminente advenimiento de Jesús.

Eran doce clases y en cada una de ellas se daban cita a diario doce alumnos de distintas procedencias. Estaban los semitas, que era un poco chulos y sobrados, pero en el fondo buenas personas; los asiáticos, bastante parlanchines y divertidos; y los africanos que eran muy buenos bailando y cantando a capela. Ellos vivían por su propio código y bajo sus propias normas y aunque cada uno tenía su propio nombre, entre ellos se llamaban “Madafacá”. “Madafacá esto”, “Madafacá lo otro”. Un poco agresivos en lo que a la utilización del verbo se refiere, pero a todas luces todo corazón y bondad.

Las asignaturas en el centro eran de lo más variadas. Por ejemplo, en este segundo cuatrimestre las más hueso eran: Sigilo I, Magia II, Protocolo I, Principios Básicos de Orientación y Doma de Camellos. Entre las optativas las más demandas eran sin duda Ubicuidad y Cómo tratar a tu paje.

Y precisamente en una de estas clases empieza nuestra historia quizás no en la más popular, pero el destino quiso que Jose Luis y Baltasar se conociesen “a la fuerza”. Eran los dos únicos inscritos en la asignatura ” Mirra Artesanal”. Así que la conversación surgió de manera natural.

—Vaya, parece que esto de la mirra no es precisamente un éxito. Soy Jose Luis encantado.

—Yo Baltasar—dijo el negro con esa voz grave como un túnel a oscuras mientras le tendía la mano—. ¿De dónde eres?  Nunca te había visto por la escuela.

—Estoy de Erasmus. Mi sueño es ser uno de los Reyes Magos.

—Ja, ja, ja, ja —la carcajada del negro retumbó en todas las  esquinas de la clase como si una docena de truenos hubieses descargado justo encima de ellos en aquel momento

— ¡Ese es el sueño de todos y cada uno de los candidatos  Jose Luis! Y ya sabes que solo pueden quedar cuatro.

—Pues ojalá tú seas uno de ellos— dijo Jose Luis.

Uno de los pajes en prácticas interrumpió la conversación y  anunció que la clase se había cancelado por la poca repercusión y que los trasladaban a “Ubicuidad”.

—Creo que vamos a quedarnos sin saber más de la mirra. Por lo que he leído sobre ella me parece un regalo original y distinto y si yo fuese Rey Mago seguro que sería el regalo que elegiría para Jesús.

—¿La mirra? ¿Qué es eso?

—¡Pero si tú te has apuntado a la clase como yo!

Baltasar sacó un papel arrugado de su casaca morada y leyó con detenimiento, rumiando para sí las palabras: Mirra Artesanal.  Baltasar levantó la cabeza y desplegó una amplia y blanca sonrisa.

—Leí mal tío. Pensaba que ponía “Variedades de Birra”. En ese pesebre va a hacer falta algo de alegría, va a ser todo muy lúgubre.

Los dos rieron a mandíbula batiente que es una expresión muy utilizada desde aquella época y en honor a Baltasar para expresar que se partieron el ojete moreno durante unos minutos. Aquello era el principio de una gran amistad, pero por desgracia no duradera.

Jose Luís, o J.L. como comenzaron a llamarle en el centro, se ganó las simpatías de todos en apenas unos días. Baltasar le invitó a las pequeñas fiestas que organizaba después de clase y allí entabló una relación de camaradería con Gaspar y Melchor. Aunque buena gente, el trío original era bastante malo en los estudios y fue Jose Luis el que les enseñó a sacar más provecho de lo aprendido, les organizó clases particulares, les ayudó con las materias que se les atragantaban y todo por una visión.

—¡Nosotros seremos los Cuatro Reyes Magos de Oriente! Pasaremos a la historia como leyendas, como sabios generosos, magos inigualables y los niños de todo el mundo nos querrán con locura. ¡Haremos felices a todos esos críos empezando por Jesús! ¡Gaspar, Melchor, Baltasar y Jose Luis! ¡Ya puedo verlo!

Sus notas subieron como la marea en luna nueva y pronto los cuatro se colocaron en las primeras posiciones del RRM (El Ranking de  los Reyes Magos) que hacía una media ponderada de habilidades, notas y popularidad.  Jose Luis encabezaba con holgura ese ranking y le seguían Baltasar, Melchor y luego Gaspar.

El día de la gran elección se acercaba, pero la gente tenía la sensación de que la suerte estaba echada desde hacía tiempo. Todo el mundo sabía quiénes serían los elegidos.

Pero entonces Herodes cambió sus destinos para siempre.

Herodes, El grande

Herodes, El Grande medía en realidad 1,53. Por eso se puso el apodo de El Grande. A nadie le gusta pasar a la historia como Herodes, el tapón o Herodes, el que no tiene ni media hostia.

Sus apariciones públicas eran muy muy pocas y aunque tenía claro que lo del Mesías era una amenaza para sus intereses nada mejor que financiar ese centro para despejar cualquier duda sobre sus intenciones. Mandaría matar a todos los niños menores de dos años para evitar problemas eso por supuesto, pero cada cosa a su tiempo. De momento quería disfrutar de la admiración de su pueblo y rebajar su fama de sanguinario. “Matas a un niño y te llaman matan niños” decía siempre. Además según la profecía, aquellos Reyes Magos les guiarían sin saberlo hasta la ubicación exacta del crío. Su plan era perfecto.

Por todo salvo por una cosa. Ese tal Jose Luis. Ese tipo había revolucionado el centro.

Ese candidato era un peligro. Creía de verdad en el papel de los Reyes Magos. Si sospechaba de sus intenciones tendría problemas. Era un hombre con principios, valores e ideales y eso no era nada bueno para sus intereses. Si por Herodes fuese quemaría a todos los soñadores y haría que se comiesen sus propios testículos. Los otros Reyes eran buena gente también, de aquello no había duda, pero eran mucho más fáciles de manipular. Un poco de fama por allí, algo de reconocimiento por allá y cumplirían, sin saberlo, su papel a la perfección.

El gran día

Todos estaban nervioso aquella mañana. Herodes ya estaba en el centro y el salón de actos estaba abarrotado. Los compañeros felicitaban ya a los ganadores con deportividad y todo estaba a punto para el discurso del Rey de Reyes.

Herodes subió a la palestra, se acercó al atril y mandó que bajarán el micrófono que le quedaba un poco alto. Mandó que le amputasen los brazos y la nariz al responsable y con una sonrisa en la cara comenzó su charla.

—Estimados profesores, alumnos y pajes. Esta es sin duda la mejor promoción de Reyes Magos de la historia y tengo el placer de comunicaros los nombres de los elegidos. Por desgracia ha habido un pequeño cambio en las reglas y no serán cuatro los Reyes Magos de Oriente sino tres.

Un murmullo barrió la sala como una ola. La gente estaba desconcertada.

—Los elegidos son: ¡Gaspar, Melchor y Baltasar!. Un aplauso para ellos.

Pero nadie aplaudió. El público enmudeció. Los elegidos se miraron entre sí, pero las miradas se centraron en Jose Luis que notaba como las lágrimas comenzaban un camino imparable desde su corazón hasta sus ojos.

—¡Pero eso no es justo!—exclamó alguien desde el público.

—Por favor verdugo, córtale los huevos al que acaba de decir eso y mata a su hijo de una pedrada en la cabeza. ¿Alguna voz más que quiera compartir sus inquietudes con nosotros?

—Señor—dijo Baltasar—. Jose Luis se lo merece más que nadie.

—Bien, pues si tanto lo queréis podéis dejar el puesto vacante, por candidatos no va a ser.

Jose Luis se acercó a sus compañeros.

— No se os ocurra abdicar. Os lo merecéis más que nadie. Sé que lo haréis bien. Haced que me sienta orgulloso.

—Pero Jose Luis…— dijo Melchor—.

—Necesito irme de aquí. Pero seguro que volveremos a vernos.

—¿A dónde irás?

—Tengo un par de ideas, pero ahora necesito estar solo.

Herodes reía al ver la escena y levantó una mano. En apenas una décima de segundo uno de sus sirvientes apareció a su lado.

—Borra todos los registros de José Luis, aquí y en su tierra. Cuando lo hayas conseguido córtale los huevos.

—Sí su majestad.

El sirviente borró todo registro del centro, la partida del nacimiento, hechizo a sus familiares y amigos e incluso a los tres Reyes Magos con La Poción del Olvido y claro, todos se olvidaron del bueno de  Jose Luis. Era como si nunca hubiese existido. De tanto manipular la poción hasta el mismo sirviente se olvidó de Jose Luis y no lo mató. Aunque no le habría servido de nada buscarlo ya que J.L. había huido muy lejos de allí. Atravesó, desiertos, océanos y montañas;  valles y ciudades en busca del lugar más recóndito en el que un hombre podría vivir. Después de 1.000 días de viajes había conseguido llegar a su nuevo hogar. Allí podría empezar de nuevo y perseguir su sueño.

Laponia sería su casa.

—¿Busca algo amigo?—dijo un señor al ver al extraño en un camino colapsado por la nieve.

—Quizás un poco de paz y empezar de cero.

— Vaya…—. dijo el hombre mesándose la barba—. ¿Cómo se llama?

—Puede llamarme…Nicolás.

Nicolás. Era un buen nombre para esa nueva etapa.

Y como suelen decirse el resto…Es historia.

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