Diario de a bordo: Los lechones y Parchís

Estimado Capitán:

Esta semana se ha estrenado en Netflix, que es una especie de video-club gigante que está dentro de la televisión, un documental muy recomendable sobre un grupo de niños que arrasó allá por los lejanos años ochenta llamado Parchís. Aún recuerdo su influencia en mi infancia que pasó en un abrir de ojos escuchando sus canciones, viendo sus películas, suspirando por Yolanda, la ficha amarilla y queriendo ser como Tino, la ficha roja (verde si eres daltónico). Yo era superfan del grupo. Me sabía las letras de memoria y los nombres propios de la banda. Tino, Yolanda, Gema y los de los lados.

El documental narra la impresionante subida del grupo al éxito, su fama rutilante, sus desavenencias, el presunto desfalco que sufrieron y la caída. Stranger Things, pero de colorines. Caída sí. Olvido nunca. Así que los he buscado en Spotify que es una discoteca gigante dentro del teléfono y allí estaban sonriendo desde las portadas de sus discos como si no hubiera pasado un día.

Y me puse los temazos. Cumpleaños Feliz, Fin de curso, Hola Amigos, Comando G, Tarzán…y pensé: Los lechones van a flipar.

Así que hoy de camino al coche les casqué a Parchís.

Su reacción no fue la esperada y la de la madre tampoco.

Vamos primero con la madre. Madre de lechones. Ovugirl, diosa de la fertilidad múltiple.

—¡Parchís! ¡Tenía todos los discos!¡Y eran de colores! Amarillo, verde, rojo…

Pienso que lo raro es que si el grupo se llamaba Parchís los discos fueron lilas, naranjas y marrones, pero me callo para evitar que me pegue. Yo también los tenía. ¿Quién no los tenía? Prosigue con su ataque de nostalgia.

—Nada de matracas, nada de problemas…¡Ah y también tenía discos de Teresa Rabal y de Magneto! ¿Sabes quienes son?

—Ni puta idea cariño—. Mentira. Me sabía las coreografías enteras y las bailaba en la habitación. Mi padre creía que era gay. No le culpo. Si yo le viera a él bailar Magneto también lo creería. Ella sigue desgranando canciones infantiles de los ochenta. Parece Beatriz Pecker.

—¿Y no te acuerdas de..? ¿Cómo se llamaba? Pedrito…¡Ay! ¡Pedrito Sánchez!

—Ahora es Presidente del Gobierno, cari.

—No, Sánchez no. ¡Ay, ¿cómo era?.

Ovugirl saca su teléfono . ¿Google? No. Un buscador mejor: Mamá. Marca el número de su madre que a buen seguro no espera que su hija la llame un sábado por la mañana para preguntarle semejante mamonada.

—Mami, te acuerdas de aquel cantante que cantaba la canción la de «La mochila azul». Pedrito… ¡¡Fernández!! Claro, ¡Fernández!

Mejor, pienso. Ahora sí que tiene glamour.

Ovugirl, madre de lechones, cuelga el teléfono.

—¡Pedrito Fernández!

—Ya, ya…Pedrito Fernández…en mi puta vida. ¿No sería tu padre disfrazado que se inventó un personaje?

Tras un par de insultos bien merecidos por ignorante musical levanto la vista al retrovisor y veo a Tomás mirándome fijamente mientras Parchís suena a todo volumen.

—¿Mola, eh?

Tomas luce la mirada de un pequeño mafioso checheno al que una mala jugada le ha postrado en el cuerpo de un niño de tres años. ¿Qué mierda es esto? Pon Greenday parece decir.

—¿Y tú Antón?

Me mira bizco.

Se ha quedado dormido.

La madre sigue hablando de Magneto que qué guapo era el de rizos y casi saco a relucir a Sabrina solo por joder, pero me callo. Antón despierta y empieza a cantar, Tomás aparca su rollo de mercenario búlgaro y acompaña a Antón. Ovugirl y yo, Sperman, nos unimos y cantamos por Parchís.

Parchís, claro que sí. Siempre Parchís. Después crecí, maduré y empecé a escuchar a Hombres G.

Y mi padre siguió dudando.

¡Gracias Parchís!

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Diario de a bordo: ¿Dónde está el mando de la tele?

Estimado Capitán:

Estos humanos son tan primitivos que para atontarse utilizan una aparato llamado televisión en el que pueden ir cambiando el contenido a su antojo, eso sí, para ello necesitan un aparato llamado: mando. Esta bien que se llame así «mando» ya que la verdad el que lo tiene en su mano tiene el poder. El problema es que cuando hay lechones por el medio, el mando desaparece a menudo. Y eso claro, es un problema. Nosotros llevamos una semana comiendo con «Corazón, corazón» que es un programa que si lo ves entero te dan ganas de abrir la ventana del salón y saltar al vacío.

—¿Pero dónde está el mando?

Es la pregunta más repetida en muchos hogares españoles. Bueno, en realidad es la segunda ya que la primera suele ser una variación.

—¿Pero dónde coño está el mando?

Y uno lo busca y lo busca, pero no lo encuentra. La verdad es que en el fondo de su ser sabe que el mando está debajo del sofá, pero a quién le apetece mover el sofá cuando tiene un plato calentito y sabroso en la mesa. Si lo barrimos hace poco. Pues lo que haces es joderte y ver cómo «Corazón, Corazón» cumple 22 años mientras te comes la albóndigas y piensas en cómo suicidarte.

Entonces llega un día en que sí mueves el sofá. ¿Y qué ocurre? Pues que lo que hay ahí debajo es la puta sección de juguetes de El Corte Inglés. Y el mando por supuesto. En un sitio estratégico. Inalcanzable con una mano o con una escoba. Es la ley de Murphy. Hay gente que ha encontrado de todo debajo del sofá. Hasta había un trozo de galleta a la que Tomás le echo el diente, pero le di una colleja para que la soltase y lo hizo. Todo muy didáctico.

Lo que hay debajo del sofá es otra dimensión. Es como un Triángulo de las Bermudas doméstico en el que todo es posible. Podría montar un rastrillo y sacar pasta incluso.

Los lechones. Esos ayudante de Santa Claus que cambian las cosas de sitio por el mero placer de hacerlo. Próximamente ¿Dónde están las llaves de casa?

Un abrazo.

Diario de a bordo: El incidente del calzoncillo

Estimado Capitán:

Sigo esperando noticias suyas y no es por meter prisa, pero ya van tres años desde el encarguito de procrear con una hembra humana. Como broma no está mal. Supongo que la falta de comunicación se debe a un tema técnico así que mientas lo resuelven yo seguiré mandando mis informes sobre la cría de lechones humanos.

Su vocabulario se ha ampliado hasta límites insospechados y ya son capaces de mantener conversaciones más coherentes que los diputados de VOX. Cada día que pasa adquieren nuevas capacidades y la verdad es que fomento que cada día sean más autónomos. Las mañanas son el mejor ejemplo. Hay dos versiones de nuestra primera hora de la mañana. La primera es esa en la que se despiertan con la energía de Chimo Bayo. Es la versión más divertida ya que les cuelo todos.

—¿Hacemos una carrera a ver quién se saca antes el pijama?

—¡Sí!—exclaman al unísono

Y en un par de minutos están vestidos con la ropa del cole. Poco a poco lo van consiguiendo aunque para ser honestos se puede mejorar un poco. ¡Van al baño solos ya! La parte de sentarse en la taza y lo que sigue la tienen dominada. La de limpiarse no tanto. Hay conceptos aún confusos. Tomás el otro día se limpió con la toalla y nos dimos cuenta tarde. Cosas de críos. Si eso lo hago yo sí tendría un problema, pero a él le explicamos que no y a otra cosa.

La otra versión es en la que se despiertan cansados y vagonetas. Esa se lleva peor. En esta vertiente cuando una pregunta:

—¿Hacemos una carrera a ver quién se saca antes el pijama?

Ellos responden con la misma mirada que Carmen Lomana le pondría a un mendigo. Es así la vida.

Son despistados. Como su padre. Quien quiera que sea. Es broma. Soy yo. Lo de que soy despistado es verdad y a veces al juntar su aprendizaje en el mundo y mi despiste pasan cosas raras, por ejemplo ayer. Podría contarlo de manera graciosa y todo eso, pero he decidido dejarle el teclado a Ovugirl, madre de lechones para que resuma lo ocurrido de manera escueta:

«Hola a todos: Soy Raquel. Ayer el padre mandó a Tomás al cole con el calzoncillo por encima del pantalón del chandal. No da para más»

Fin de la historia. La verdad es que no me di cuenta, pero tampoco fue exactamente así. Existen atenuantes. Tomás fue al baño (yo no me di cuenta, ojo) y al acabar de hacer sus cosas se puso el pantalón del chándal. A continuación se colocó por encima el calzoncillo. Que ya es difícil joder, hay gente en Got Talent que hace cosas más fáciles. Así que parece ser que salí de casa con un niño que llevaba un calzoncillo por encima del pantalón y nadie se dio cuenta. El mundo está loco.

Las profesoras tomaron conciencia del incidente a media mañana . Y Tomás cles contó con sus palabras lo sucedido. Supongo que sería algo así.

«Fui al baño. Calsonsillo. Papá ni idea»

Las profesoras se lo contaron a su madre descojonadas de risa.

—¿Se visten solos los niños?

Y ella, cobarde, no quiso confesar que tiene un marido incompetente y solo acertó a decir:

—Si, je je. Pobriños.

Solo me queda una duda. Espero que lo que hizo Tomás en el baño fuese pis.

Saludos Capitán.

Diario de a bordo: Mamá no tiene pilila

Estimado Capitán:

Los lechones crecen y se cortocircuitan. La verdad es que ver su evolución, como crecen y maduran, es un auténtico regalo. Ver como han mutado— con alevosía y nocturnidad— de bebés a niños es uno de los grandes misterios de la vida. Ahora son como duendecillos que aprenden a trancas y a barrancas como vivir en este mundo. De momento tienen aprendida la lección en algunas temáticas esenciales como ir al baño, aunque su técnica no está del todo depurada. Pongo un ejemplo sencillo. Ir al servicio, sentarse en él y hacer sus cosas. Correcto. Acabar y limpiarse con una toalla. Error. Cosas que pasan. Sin malicia. No pasa nada, dice su madre. Lo hago yo y me echan de casa, pero vamos que nadie ha dicho que este sea un mundo justo.

Pero no solo cambian ellos, Capitán, nosotros los padres también. Recuerdo como una vez, hace mucho tiempo, cuando los lechones no eran ni un proyecto Ovugirl me decía:

—Pues yo cuando tenga hijos, les voy a dejar que pintar en la pared para fomentar su creatividad y bla, bla bla…

Y yo pensaba: «Cómo mola esta chica, a ver si la dejo embarazada»

Y la dejé.

El poder de la mente. Soy como Anthony Blake.

Total… que el otro día los lechones decidieron demostrar todo su potencial artístico en la pared de nuestra habitación. Digamos que las críticas no fueron del todo constructivas cuando Ovugirl descubrió la pintada. Y se lo recordé. Y me miró mal. Los años están matando nuestro espíritu hippy.

El vocabulario también es otra faceta en la que estamos trabajando. Frases inolvidables, que ya le gustaría firmar a un escritor de postín.

Ya me lo ponguí: Ya me lo puse

Yo no sabo: Yo no sé

Y como ya tienen tres años y medio saben, por ejemplo, que su madre está enganchada a Juego de Tronos y también saben que cuando falla Internet las imágenes se paran , ellos asocian todo esto en una fabada de ideas y bautizan a la serie como: Internaia, mezcla de Internet e Invernalia.

De hecho cada vez se fijan más en todo. Esta semana de hecho han hecho una observación que era inevitable y que todos hemos hecho en alguna ocasión durante la infancia. Antón se sube a la cama después de la ducha y muy serio me ha informado de lo siguiente.

—Papá

—Dime, hijo

—Mamá no tiene pilila

Pues menos mal,hijo…Menos mal.

Saludos Capitán

Diario de a bordo: Un lechón un voto

Estimados lechones:

La carta de hoy es para vosotros.

Solo quedan unos 14 años para que podáis ejercer vuestro derecho al voto y creo que es mejor que os de mi punto de vista sobre el tema. También quiero dejaros claro que en 2019 vuestro papá no es analista político ni tertuliano. De momento tengo un trabajo digno.

Veréis lechones, en este planeta hay una raza de personas llamadas Candidatos a la Presidencia que cada cuatro años—cuando se acercan las elecciones (ahora os cuento de qué va eso)— se vuelven locos y hacen en público una cosa que papá y mamá os dicen siempre que no debéis hacer nunca: mentir. Y dentro de la mentira practican una variante aún más arriesgada: mentir a la cara.

¿Por qué mienten?

Veréis, dentro de unos días tendrá lugar una cosa que se llama Elecciones Generales que consiste en que cada mayor debe meter un papel con un nombre en un cajón transparente llamado urna. Es como elegir a un delegado de la clase, pero entre todo el país. Estos delegados se agrupan en partidos y una vez organizados y con las elecciones a la vista prometen mirándote a los ojos y sonriendo cosas como:

—Recreo de cuatro horas

—Los Reyes Magos vendrán una vez a la semana (igual Baltasar ya no puede venir, por un tema legal que ya os contaré)

—Clases particulares de Fortnite

—Chuches en el desayuno

Cosas así. Y diréis vosotros desde vuestra cándida ingenuidad: ¡Cómo molan los Candidatos!

Claro que mola, lo que pasa es que es mentira. Y si uno promete lo de arriba, aparece otro que mirándote a los ojos te promete:

—Recreo de seis horas

—Los Reyes ( y las Reyas) vendrán dos veces a la semana

—Clases particulares de Fortnite gratis

—Chuches cinco veces al día

Estoy seguro de que las madres y padres de estos señores están muy decepcionados con ellos y que cuando llegan a casa a media tarde cansados de tanto mentir les cae una bronca buena.

Todas estas mentiras tienen un objetivo: el poder. No, no es un poder como el de Capitán América o Hulk, es otro tipo de poder, pero eso ya os lo contaré otro día.

Lo importante es lo siguiente:

Debéis votar a quien os interese en cada momento de vuestra vida y ese interés puede (y debería) ir cambiando con los años. Un año podéis votar a uno y otro año a otro. Y no pasa nada. Al contrario. Si siempre votáis a lo mismo, por un tema de siglas o de supuesta ideología estáis destinados a pensar que vuestro pensamiento es el único que vale (por desgracia viviréis rodeados de gente así) y de ahí a no escuchar hay un paso. Y después pasa lo que pasa. Que os podríais convertir en tertulianos. Y papi no quiere eso.

Ahora bien, votéis a quien votéis tened claro que el recreo va a durar siempre media hora, los Reyes vendrán una vez al año, las clases particulares serán de matemáticas y las chuches al desayuno va a ser que no.

Es lo que hay.

Utilizad el sentido común.

Os quiere.

Papá.

Diario de a bordo: Vacuna Terror

Estimado Capitán:

Hoy he vuelto a llegar tarde al trabajo por ejercer de buen padre. Cosas que pasan. Y es que mis hijos, los lechones, se hacen mayores y hoy les tocaba vacuna. La tetravírica le llaman. Hasta ahora era solo un combinado de tres, pero ahora la han sumado un cuarto bicho. Una orgía de virus cohabitando en una jeringuilla. Para que después digan que los donuts tienen mierda.

Pues la tetravírica solo Cristo Redentor sabe lo que puede haber flotando en esos botecitos. Pero bueno, se supone que es para bien. Así que allí fuimos los tres a ver a nuestra pediatra preferida.

Ellos ya se olían la tostada desde el principio que no son tontos. Pequeños sí. Tontos no. Además están en esa edad en la que mienten con desfachatez y simpatía, como un concejal primerizo. Lo hacen tan mal que no cuela, pero la mentira, Capitán hay que atajarla como la gangrena, cuanto antes mejor; por eso me dolió sobremanera tener que emplear su misma medicina.

—Pincha no, papá—dijo Antón cariacontecido.

—Claro, que no hijo—primera mentira—. Tú tranquilo que no pasa nada—Dos mentiras en una frase. Ni Adolfo Suárez Illana podría superarlo.

Entramos en la consulta y ellos saludan con la prudencia y el tiento del que sabe que algo mal. Pesan a Antón. 17 kilos. Lo miden. 1,04. Le toman la tensión y después lo bajo de la camilla. Él, iluso y feliz, cree que todo ha terminado y así se lo comunica a Tomás que lleva todo el rato mirándolo, con los ojos abiertos sin perder detalle. Como su madre cuando sale Jon Nieve en la tele.

—Ya está Tomás. No pasa nada—anuncia Antón.

Y un huevo, pienso yo.

Tomás repite la operación y hay están los dos, tranquilos y felices. Y yo pienso que algo parecido debieron sentir en el Titanic después del primer golpecito.

El ayudante saca una jeringuilla y empiezan los llantos. Se ponen rojos y se les hincha la vena. Aquello parece un bis del Cigala. El enfermero pincha a Antón y entonces ya se desata la locura de las masas. Tomás, aterrorizado, dice que a él mejor que no, y unos lagrimones tamaño pistacho le caen por las mejillas. Le pinchan. Y grita. Ahora gritan los dos. Qué relax. Venga tranquilos. Siguen gritando. Les veo las campanillas. No pasa nada. Sois unos campeones. El enfermero abre un libro de pegatinas con leyendas como: Soy un valiente, Ya pasó, Vengo del médico.

—¿Quieres una?—pregunta.

—Sí—respondo.

—Hablo con el niño, señor—aclara.

—Por supuesto.

Los Mötley Crü se van relajando poco a poco. Solo queda la prueba de daltonismo. Les ponen unas gafas que le dan un aire a Mario Vaquerizo en un cine 3d y tienen que salir unas mariposas y unos cuadrados. Vamos que no es el MIR. Veredicto: No son daltónicos.

Nos fuimos con nuestras pegatinas de Soy un Valiente al colegio y a usted le puede parecer una tontería, pero para ellos es el equivalente a un Corazón Púrpura.

Saludos Capitán

Diario de a bordo: Hablar con los árboles

Estimado Capitán:

Los lechones crecen cada día más. Pensándolo bien lo raro es que fuesen encogiendo. La vorágine laboral no me deja estar con ellos todo el tiempo que me gustaría, pero bueno no hagamos un drama de eso. Mis padres trabajaron los dos toda su vida y yo he salido una persona normal. Lo de los seis testículos no cuenta.

A lo que vamos. Como todo padre sabe— para eso esta Google— un buen padre tiene que inculcarle la naturaleza a sus hijos. El problema es que yo nunca he sido un apasionado del tema. De pequeño mis padres me llevaron a una granja y me enseñaron cómo crecían las fresas. Mi decepción fue monumental. ¿Dónde estaba la nata? Lo pregunté y la gente esa del campo se río. Juré matarlos, pero no lo hice.

Otro día mi padre, que en otra época fue cazador…bueno cazador de palo. Yo creo que no cazó nada en su vida. Estoy seguro de que en su camino de vuelta a casa, humillado por su falta de pericia con la escopeta, paraba en el súper a comprar un conejo, después le metía los perdigones él mismo y hala…a mentir, que ancha es Castilla. Me desvió del tema, perdón Capitán. La cosa es que me llevó a cazar, debería tener nueve años más o menos que es la edad recomendada por cualquier pedagogo que se precie para iniciar a un hijo en el mundo de la crueldad y las armas de fuego. Bajamos del coche, anduve tres metros y pisé un nido de avispas. Y se acabó. Así que entenderá el motivo por el cual cuando pienso en la naturaleza siempre añado el adjetivo puta delante.

Pero con los años uno se da cuenta de que la naturaleza es buena compañera. Y en Netflix dicen que los niños son más listos y felices si de vez en cuando los sacas a pastar al monte y eso hicimos.

—Cari, ¿qué te parece si vamos a dar un paseo con los niños en plena naturaleza?

Qué planazo. A una pregunta así no te dice que no ni Kim Jon Un.

Así que allí fuimos los cuatro a pasear. A campechanos no nos gana ni Dios.

Ellos felices, jugando con las hojas de los árboles, escuchando el agua del pequeño riachuelo que cruzaba nuestra senda, explorando piedras y respirando aire puro. Ya empezaba a notarlos más inteligentes cuando se pararon al lado de un árbol y entonces se me ocurrió una idea brillante:

—Preguntadle al árbol cómo se llama.

—Abol, ¿cómo te ñamas?— preguntaron al unísono agarrando con ilusión el tronco del árbol

Así que yo Capitán, que aprendí el arte de la ventriloquia, analizando a maestros como Mari Carmen o Jose Luis, hablé sin mover los labios y dije:

—Damián.

—¡¡Namián!!

Sus caras se iluminaron. ¡El árbol había hablado! ¡Y se llamaba Damián!

Entonces me golpeó como un tren en marcha. Acababa de cometer un grave error de cálculo. Giré la cabeza y vi el resto de la senda. Había decenas de árboles y que se me gangrene el sexto testículo si miento cuando os digo que tuve que ponerle nombres a todos y cada uno de ellos. Así me pasé la siguiente hora y media.

—Papi, ¿Y este cómo se ñama?

Arturo.

—¡¡Altulo!!!

—Papi, ¿Y este cómo se ñama?

—Julián

—¡¡Hulián!!

Además ponía voces diferentes, vamos que pulí mi técnica en una mañana. Eso sí, ellos súper felices con sus amigos los árboles que es lo más importante y yo encantado de redescubrir la naturaleza y el puto santoral.

Acabamos nuestro paseo sin más sorpresas y por supuesto que volveremos a visitar a nuestros amigos los árboles.

Saludos Capitán.