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Desahuciando a Superman: La precuela

Los personajes de las películas están tristes. Todo apunta a que en breve mi ciudad se convertirá en la única capital de provincia de España sin cartelera. Las alarmas han estallado en el gremio de los personajes que rápidamente se han puesto en contacto conmigo. Me piden ayuda. Saben que les tengo simpatía y que haré todo lo que pueda para echarles un cable. Se lo debo por los buenos momentos que me han hecho pasar.

Los primeros en llegar a la cita (he ofrecido mi casa para la reunión) son Marty McFly y el Doctor Emmet Brown que trabajan desde 1985 en la cinta Regreso al Futuro. A pesar de que tienen la pensión máxima asegurada quieren  mostrar su apoyo a los personajes con menos experiencia que ellos.

Marty toca con los nudillos en mi ventana. Ejerce de copiloto del DeLorean que flota a varios metros sobre el asfalto de mi calle. Sorprendido, me dirijo a la ventana y la abro de par en par. Me toco el reloj para indicarle por señas que llegan pronto. Es curiosa la poca puntualidad de la que hacen gala los viajeros en el tiempo. Marty me saluda con la mirada, pone sus manos alrededor de la boca y alza la voz para preguntar:

─¿¡Podemos entrar!?

El ruido del Condensador de Fluzo me está taladrando el oído.

─¡Si! ─le respondo también a voz en grito mientras saludo a Doc con la mano. Él me devuelve el cumplido con una sonrisa─, ¡pero aparcad en la calle como las personas normales y ojo con la zona de carga y descarga, que la local se está inflando a poner multas!

Marty levanta el pulgar en signo de aprobación y extiende la mano buscando la manilla de la puerta que se cierra de arriba a abajo. Por muchas veces que lo vea no deja de sorprenderme.

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Media hora después el salón de mi casa registra un movimiento al que no estoy acostumbrado. Indy departe amigablemente con Tony Montana, a quien le he prohibido expresamente que meta drogas en mi casa.

─Ni se te ocurra-─le advierto antes de dejarle pasar.

─¿Guat da fack?, me increpa con acento cubano mientras se muerde con fuerza el labio inferior y me enseña sus dientes blancos como la coca con la que trafica.

─Si…ya sabes…nada de yeyo in my place, men.

Montana sigue profiriendo amenazas al aire, pero capta el mensaje. Ríete tu de Marcial Dorado, este tipo es una bomba de relojería a punto de estallar, pero nos respetamos. Acabará mal ya veréis.

Los Goonies se meten con la máscara de Hannibal Lecter, que les mira fríamente como si estuviese pensando en cuál sería la mejor manera de cocinarlos. Presta especial atención a Gordi.

Les pido que por favor bajen el volumen y que me expongan el problema.

Darth Vader toma la palabra.

─Cómo sabes Antón ─su voz suena incluso más profunda y metálica que en la saga galáctica─ quieren cerrar los cines de la ciudad. Esas salas son nuestro hogar. Después de la última mudanza pensábamos que podríamos descansar tranquilos, pero parece que esta vez nos quieren poner de patitas en la calle. ¡No podemos permitirlo!

La multitud arropa entre murmullos el discurso y arenga a Lord Vader. Veo como Willow levanta su copa y brinda con Frodo, más que nada por la altura.

─¿Y qué queréis que haga yo? Solo soy un periodista en paro, al borde de la indigencia para ser más preciso.

Alguien se abre paso a trancas y barracas pidiendo disculpas entre el denso corro que invade mi salón.

─Perdón…dejen hueco…lo siento…

Veo como el  capitán Jack Sparrow emerge de entre el tumulto y se acerca a mí con esos andares de pollo mareado que luce en las películas. El pirata sitúa su cara a escasos centímetros de la mía. Apesta a ron. Yo tuerzo el gesto. Sparrow se aproxima un poco más, quiere pincharme, pero lo único que va a conseguir provocarme es una arcada.

─Escribe un artículo que cuente que nosotros también existimos más allá de la gran pantalla─suelta mientras hace una reverencia.

─¿¡Qué!? ¿Esa es vuestra brillante idea? ¡No va a servir para nada y lo sabéis!

─Al menos podrías intentarlo, gilipollas.

-─No me insultes McClane y tira el cigarro por Dios!

Este poli es un maleducado. No lo tira. Camina hacia mí. Otro que busca lío. Da una calada y me escupe el humo en toda la cara. Mucho ego hay por aquí…

─No llores nenaza -me susurra al pasar por mi lado. Se pierde entre sus colegas mientras su risa socarrona resuena en mis oídos.

Toso y me abanico con la mano para despejar la calada que John me ha dejado como souvenir.

─Chicos, chicos… en serio, aunque escriba un artículo no va a cambiar absolutamente nada. Me gustaría ayudaros, pero no tengo mucha fe en que se puedan cambiar las cosas a golpe de teclado en los tiempos que corren.

─Mucho que aprender todavía tienes ─me apunta Yoda, que peca de bajito,  más incluso que en las pelis.

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─Está bien… discutir con un maestro Jedi no me va a llevar a ningún sitio…mañana mi columna en el periódico hablará de vuestro problema.

Los aplausos y vítores estallan en el salón.

─Por favor, bajad el volumen que el vecino de abajo se me cabrea a la mínima, pero tranquilos… lo haré. Lo prometo.

Todos parecen satisfechos por mi decisión, pero Superman ni se inmuta. Me acerco a él mientras el resto de sus compañeros celebran mi decisión. El único hijo de Jor-El está sentado en una silla, cabizbajo y con los hombres caídos.

─¿Y a ti qué te pasa machote?─ le doy un puñetazo en el hombro, en plan colega. Casi me rompo un dedo. Es como golpear un bloque de acero.

─Tengo miedo ─me comenta ido, sin mirarme a la cara-─estreno en junio mi nueva película y por esa época puede que ya no haya ninguna sala en la ciudad donde pueda enseñar mi trabajo.

─Eso no va a pasar, tranquilo ─ le consuelo.

Superman levanta un poco la cabeza y me mira con sus superpoderosos ojos que en ese instante parecen los de un niño perdido. Al fin y al cabo, eso es lo que realmente es.

─¿Y tú cómo lo sabes?─ me pregunta ansioso por conocer la respuesta.

─En realidad no lo sé, pero…¿quién iba a tener el valor de desahuciar a Superman?

Él sonríe y sus ojos vuelven a brillar. Se levanta de golpe de la silla, que se hace pedazos,  y me da un abrazo. Un abrazo fuerte, un superabrazo.

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Me rompe dos costillas y el esternón. Estas tres fracturas acaban con la fiesta en mi salón. Gandalf me proporciona unas hierbas, pero las rechazo. Montana, sin embargo, quiere probarlas. Superman se disculpa una y mil veces. ¡Menudo revuelo se ha formado! Les digo que no se preocupen, que esta noche cumplo con mi parte del trato. Los veo a todos apiñados en plena calle observandome mientras los operarios me suben en camilla a la ambulancia.

─¡Tranquilos que no pasa nada! – alcanzo a decir antes de que los hombres de blanco cierren las puertas y mis amigos desaparezcan como por arte de magia.

─¿Con quién habla amigo? Aquí no hay nadie─-intento responderle, pero no soy capaz. Los ojos se me cierran y caigo en un profundo sueño.

Unas horas después escribo el artículo desde la habitación del hospital. Lo título: El desahucio de Superman.

Contínua en: Desahuciando a  Superman: Capítulo 1

continued

13 pensamientos en “Desahuciando a Superman: La precuela

  1. Pingback: Desahuciando a Superman: Capítulo 1 | Cartas a 1985

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