Inicio » Cine » Desahuciando a Superman (Cap. 4): El Universal

Desahuciando a Superman (Cap. 4): El Universal

En capítulos anteriores de Desahuciando a Superman:

─Fue una de las tardes más calurosas que haya vivido la ciudad… la historia arrancaba siempre de la misma manera y sus ojos sonreían al infinito cada vez que abría esa puerta.

Por esa razón conozco con pelos y señales toda la historia del Universal. La he vivido cientos de veces. Si alguien tiene respuestas, ese es, sin duda, Mr. E.

Capítulo 4: El Universal

He quedado con Mr.E. para dar un largo paseo (es nuestra pequeña tradición) y obtener respuestas. Mientras me dirijo al lugar donde nos hemos citado, caigo en la cuenta de que hace casi dos meses que no nos vemos y eso, para nosotros, es mucho tiempo. Le llamé cuando me enteré de la situación de los cines, pero en aquella conversación se mostró raro y distante… no quiso entrar al trapo ni darme su opinión sobre el tema. Alegó que tenía unos recados urgentes que reclamaban toda su atención y colgó sin más. Este comportamiento, viniendo de él, es sumamente extraño, pero sus motivos tendrá. Además hoy llega cinco minutos tarde y Mr.E. nunca llega tarde a nada. Jamás. En la época en el Universal se hizo famoso por su puntualidad casi enfermiza. Las sesiones empezaban a la hora anunciada, ni un segundo antes ni un segundo después. No falló nunca.  Un par de viajeros en el tiempo que conozco podrían tomar nota.

Una fina lluvia me saca de mis preocupaciones. Parece que el paseo va a quedar para otro día y que tendremos nuestra charla en cualquier cafetería como hacen el resto de los mortales. Me subo la cremallera de la cazadora hasta arriba y me pongo la capucha. Un grito se abre paso entre la banda sonora de la calle formada a partes iguales por los pasos de los peatones, el ruido de los coches y el sonido de la lluvia .

─¡A.!

Ahí llega Mr. E. sonriendo desde el refugio que le proporciona su enorme paraguas. Es curioso como en mi mente siempre tiene la misma edad que tenía en los ochenta. Cada vez que lo veo pienso en lo rápido que pasa el tiempo y me lleva unos segundos reconocerlo tan mayor. No es que Mr. E. se conserve mal, en absoluto, pero 30 años son muchos y lo que vivimos o vimos de pequeños se nos queda grabado en la cabeza para siempre.

calle lluviosa

-¡Querido A! ¡Cómo pasa el tiempo! -me da un fuerte abrazo que me corta la respiración por un segundo. Veo las estrellas. Aún no estoy recuperado del todo del abrazo de Superman pero disimulo. -¡Cada vez que te veo aún puedo ver al chaval de nueve años que se escapaba de casa para venir al Universal!

-Precisamente estaba pensando en eso… –Mr. E. me interrumpe. Parece excitado y contento, nada que ver con nuestra última charla telefónica.

-Tengo una sorpresa para ti A. Lo dice utilzando su mejor tono de espía, casi en un susurro. Sus grandes ojos negros brillan de ilusión.-Sígueme.

No entiendo nada, pero le sigo la corriente. Mi ciudad no es muy grande, así que tras callejear unos minutos bajo la insistente lluvia llegamos a nuestro destino. Mr. E. no ha abierto la boca durante el breve trayecto para darle dramatismo a la escena.

-Ya hemos llegado- me anuncia mientras se para en seco en medio de una de las calles más céntricas de la ciudad.

Busco algo anormal, pero todo parece en orden. La calle es tan gris como siempre. Desconcertado miro hacia un lado y hacia el otro, puede que se me escape algo. Nada. Mi mirada se clava con fuerza, inquisitiva, en Mr E. que abre mucho los ojos mientras espera no sé muy bien qué reacción.

-No entiendo…¿a dónde hemos llegado?

-Piensa – me dice sin borrar esa expresión de colegial de su rostro. Me doy la vuelta y veo una sucursal bancaria, menudo misterio. Paso casi todos los días por aquí.
-Recuerda A. Su voz me llega clara entre el lluvioso sonido de la calle.
Aquí estaba El Universal. En realidad nunca lo he olvidado. Simplemente me parece algo obvio. Sería como olvidar el nombre de mi mascota o mi canción favorita. Al contrario, tengo muy presente lo feliz que fui en este lugar y recuerdo cada detalle a la perfección. Siempre que paso por aquí, lo cual sucede casi a diario, se me escapa una mirada fugaz que busca la cartelera, pero los anuncios de los presuntos productos financieros me devuelven de golpe (más bien de hostia)  a la realidad. Me doy la vuelta y encaro de nuevo a Mr. E, mientras mi mano señala hacia atrás con el pulgar a la diabólica entidad.

-Esta era la puerta de entrada al vestíbulo del Universal, eso ya lo sé, pero sigo sin entender a qué viene tanto teatro. Hemos pasado por aquí cien millones de veces en los últimos años.

Cuando creo que la sonrisa de Mr. E. no se puede estirar más, lo hace. Se pone en movimiento y al pasar por mi lado vuelve a hacer gala del mismo tonito misterioso:

Acompáñame.

Ya se está pasando.

Las taquillas del Universal, como las de casi todos los grandes cines de la época, estaban a cubierto, en unas inmensas galerías. En realidad el cine las ocupaba casi por completo. Había un largo y oscuro pasillo lateral que en 2013 sirve de atajo entre dos calles, pero que a mediados de los ochenta hacía las veces de calabozo en las interminables tardes de policías y ladrones. Dos enormes puertas, cada una de ellas coronada por un inmenso ojo de buey,  se alzaban en el flanco izquierdo de ese pasillo. Un sucio tablón de madera con un cartel de SE ALQUILA medio arrancado es lo único que queda hoy de aquellas puertas mágicas.

CINE GONVIZ

Mr. E. se para ante la segunda puerta, la situada al final del corredor. Mira con precaución hacia los lados y cuando se cerciora de que nadie nos presta atención introduce sus finos dedos en la rendija que queda entre el descascarillado hormigón y la madera. Parece que busca algo. Algo que nadie encontraría, porque nadie en su sano juicio buscaría nada en ese lugar. Mr. E. se muerde el labio y frunce el ceño,mientras sigue palpando con sus dedos el interior de la tabla. La lluvia arrecia en la calle.Un chasquido metálico cambia su cara. Me sonríe. Yo le devuelvo la sonrisa, preocupado por su salud mental. El acomodador retira la mano de la húmeda madera y yo estiro el cuello para ver a qué demonios viene tanta ceremonia.
Me mira de reojo y me hace un gesto para que me calme. Me estoy empezando a poner nervioso. Este hombre lleva el cine en las venas, desde luego sí sabe cómo hacer una buena puesta en escena. Mr. E. cierra el puño sobre el objeto que acaba de rescatar de la fría mazmorra y lo pone delante de mis narices.

-¿Piedra, papel, tijera o qué?

No. Algo mucho mejor. –responde.

El acomodador gira el puño y comienza a abrirlo lentamente delante de mis narices. Algo brilla con mucha fuerza, emana tanta luz que, por un momento, me ciega. El brillo empieza a remitir hasta que se apaga completamente. Entonces puedo verla. Grande, dorada y mágica.

-Es una llave antigua.

-Muy agudo A. Sí. Es una llave antigua.

-¿Y qué abre?, -me siento como Mickey en Los Goonies.

Mi viejo amigo vuelve a sonreír con la ventaja del que conoce el final de la historia.

-Es la llave que abre El Universal.

continued

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s