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Un padre de cine

El protagonista:

Érase una vez un hombre que tenía alergia a las salas de cine. Aquello aversión era tal que la última vez que nuestro protagonista puso el pie en una corrían los primeros días de septiembre de 1989. Mi hermano y yo nos empeñamos en ir a ver Indiana Jones y la última cruzada y al acabar la proyección, mi padre cual bruja despechada de cuenta de hadas, promete solemnemente que no volverá a pisar un “un antro” de esos en su vida. Estamos ante una de esas personas que disfruta de una buena película, pero que no soporte el ritual que conlleva “ir al cine”. Poco amigo de las colas, de los vecinos de butaca anónimos, de los escandalosos comedores de palomitas o de las señoras que te cuentan el final, nuestro sabio doctor decidió que nunca jamás pisaría uno de esos lugares.

 

El villano:

Supongo que en este caso el malo de la película (nunca mejor dicho) soy yo. Sabía que el último gran éxito del cine español le iba a hacer reír a mandíbula batiente, así que tracé un plan lleno de mentiras y engaños para conseguir lo imposible. Hay dos tipos de mentiras: la mentira de toda la vida (consciente y perra) y la mentira por omisión. Soy tan maligno que en mi plan se dan cita los dos tipos. Estoy hecho un maestro del engaño.

 

El plan:

Tras un primer contacto para tantear el terreno detecto que (si escojo un buen momento) quizá sea capaz de sentarlo en una de esas butacas por primera vez en 30 años. Le echo un vistazo a su libro de consultas y me cercioro de que esa tarde mi padre no trabaja. Resulta que mi progenitor es un médico de esos buenos (con bata limpia y diplomas a puñados firmados por el Rey aunque cuando sale a la calle parece un indigente sirio). A las seis de la tarde le mando en mensaje al móvil para comunicarle que YA tengo las entradas y que le recogeré en casa a las 19:30 hora zulú.

Primera mentira. No tengo las entradas, pero aquí hay que emplear la política de hechos consumados. Para mi sorpresa me responde que bien que ya se acerca él al cine. ¡No me lo puedo creer, lo he conseguido!

De repente una luz se enciende en el fondo de mi cabeza. Es una luz roja que me recuerda que a esa hora juega el Real Madrid la semifinal de la Champions. Otra mentira. Esta vez por omisión. Si él no lo recuerda no seré yo quien le refresque la memoria.

 

Conversación real en la cola para comprar las entradas:

─Hace 30 años que no vengo al cine─ le dice al señor que despacha y que tiene cara de que se la pela bastante. El hombre hace un esfuerzo y consiga montar una sonrisa que dice exactamente: Calla pesado. Todo el mundo capta su significado menos mi padre. Prosigue con su show.

─¿Tienes precio especial para jubilados?

─ Sí.

Mi padre saca la cartera y me señala con el pulgar.

─¿Y para subnormales?

La verdad que tiene gracia y me río.

Dentro de la sala:

Tras pagar las entradas reducidas por vejez y “por lo mío”, nos adentramos en la sala. De momento solo hay dos señoras a las que, para inmortalizar el momento, les pedimos si serían tan amables de hacernos una foto. Acceden gustosas y mi padre les dice su frase del día:

─Hace 30 años que no vengo al cine.

Las señoras le siguen el rollo y él le comienza a contar la primera vez que me llevó al cine.

─¿En qué cine fue Antón?─ dice mi padre que está de pie en medio de la sala, dando la espalda a la pantalla y hablando con sus nuevas amigas.─¿En el Gonviz?

─En el Victoria papá…

─¿Que tenías dos años?

─Sí, era un embrión no te…cuatro papá.

─¿Y fuimos a ver…?

─Simbad, el Marino.

─¡Eso! ¡No aguantó ni cinco minutos!

─Normal papá, aquello estaba más oscuro que un cargamento de culos. Venga no des el coñazo a esta gente y siéntate hombre…

Las mujeres me aseguran que no pasa nada, que esté tranquilo, pero a mi me suena como cuando se te sube un perro ajeno a olerte toda la mercancía y tú le dices al dueño que “no pasa nada”.

Dos indigentes: uno iraquí y otro sirio en el cine.

Dos indigentes: uno iraquí y otro sirio en el cine.

 

Apagan las luces y al final se cumplen los pronósticos y mi padre se mea de risa con la película, pero cuando ya ha transcurrido media hora de metraje me pregunta:

─Oye, ¿no paran para hacer un descanso?

─Sí, para que te duches. ¿Cómo que un descanso hombre?

─En mi época hacían descansos.

─En tu época si hacen esta película fusilan a alguien.

─Correcto.

Tocata y fuga:

Al final todos felices, sonrisa en boca hasta que al salir de la sala y de camino al coche pasamos enfrente de un bar en el que se da cita el futuro de España: parados cuarentones celebrando el segundo gol de Cristiano Ronaldo. Mi padre se caga en todo el santoral, me pregunta si yo lo sabía y le miento sinceramente mal. Él monta en cólera y después en su coche. Escucho sus blasfemias mientras el Rav4 se aleja a tirones (así conduce él cuando se enerva) y desaparece.

Todo ha vuelto a la normalidad.

Señor Emilio Martínez- Lázaro ha batido usted otro récord. Gracias.

¡Salud hermanos!

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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