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Un pequeño tren púrpura

Esta es una historia real...

25 de diciembre de 1985

¡Ya es Navidad! Grito entusiasmado. Es muy temprano, el sol apenas está despuntando, pero tengo que saber qué me ha dejado Papa Noel debajo del árbol. Solo deseo que haya una cosa: un pequeño tren púrpura. Le he estado dando la turra a mis padres durante las últimas dos semanas para que le transmitan a Papa Noel lo bien que me he portado este año. ¡Es el tren más chulo que he visto en mi vida! Bajo las escaleras y entro como un búfalo en su habitación al grito de ¿Puedo abrir ya los regalos? Ellos asienten, adormilados, así que corro por el pasillo y me deslizo de rodillas por el parquet, recorro así un par de metros hasta parar justo delante del árbol. Mi perro Rocky viene corriendo y me lame las puntas de los pies como hace siempre que me ve, lo aparto cariñosamente de un manotazo. Hay tres pequeños paquetes. Como una hiena agarro el que me queda más cerca y desgarro el papel con ilusión y ansiedad, bien podría ser el tren. 

Es una colonia.

Miro a mi madre con cara de disgusto. ¿Por qué Santa Claus piensa que necesito una colonia? 

Tomo el segundo entre mis manos, preocupado. No pesa mucho. Me empiezo a temer lo peor. Lo estrujo, un poco y no me hace falta más para saber qué es. Son calcetines. Maldito Papa Noel. Siempre igual. 

El último regalo, sí podría ser el tren, pero en el fondo sé que la cosa pinta mal. Un papel verde y rojo con trineos y elfos sonrientes es la última barrera ente mi pequeño tren púrpura y yo. Miro a mis padres que tienen una enorme sonrisa en la boca. Parecen dos muñecos de cera y la verdad es que me dan un poco de miedo. A medida que rasgo el papel me voy cabreando más. 

Unos tenis.

-¿Te gustan?- dice mi madre que sabe que no, que no me gustan. Manía de las madres de decir siempre algo. Además te van con el chándal del colegio.

Claro. Arriba la psicología infantil. Lo que un niño de nueve años anhela con todas sus fuerzas es ir conjuntado. 

-¿Y el tren púrpura? 

Mis padres se miran desconcertados. Se increpan mutuamente con la mirada, pero parecen sorprendidos de que el tren no esté.

-Pues no sé, hijo. Busca bien. Tiene que estar por ahí.

Busco bien, pero nada. En ese momento me siento el niño más desgraciado del mundo y dos enormes lagrimones caen por mis mejillas. Entonces el tiempo se para.  Lo único que recordaría tiempo después sería la palma de  la mano de mi padre dirigirse hacia mi cara a gran velocidad.

Tras el impacto, oscuridad.

 

25 de diciembre de 2014

Esta noche no he pegado ojo. Han sido días de emociones intensas y a pesar del cansancio me cuesta conciliar el sueño. Justo cuando lo consigo, hacia las cuatro de la mañana un estrépito me despierta y corro hacia el salón. Ahí me encuentro a Papa Noel panza arriba intentando darse la vuelta mientras araña el aire con las manos. 

-¿Qúe te ha pasado?
-No sé, he intentado entrar por la chimenea, pero no ha habido manera.
-No tenemos chimenea.
-Ya decía yo.
 
Le ofrezco un vaso de leche y turrón, pero Noel me dice si sería posible algo un poco más fuerte.
 
-¿Una cerveza?
-¿No tienes nada un poco más fuerte?- me pregunta con ojos de cachorro.
-Un José Cuervo es lo máximo que te puedo ofrecer.
-Me encanta el José Cuervo, en Laponia no creas que se puede conseguir en muchos sitios.
 
Santa deja el enorme saco rojo en el suelo con un bufido y nos sentamos frente a frente en la pequeña mesa de la cocina. Agarro dos pequeños vasos de chupito entre mis dedos y desenrosco el tapón de la botella mientras compruebo como Noel se relame con impaciencia. 
-¿Cómo va la noche?
-Fatal A. Vale que hay crisis y que los chavales piden menos, pero tengo huelga de elfos. Los muy pillos saben elegir el día para hacerme daño. ¿Qué imagen estamos exportando al resto del mundo? ¿Que hay de la Marca Papa Noel? 
Sonrío mientras le escucho y le sirvo otro lingotazo. Puede que el viejo tenga razón. 
 
-Si necesitas ayuda puedo echarte una mano. No me importaría hacer de elfo por una noche.
-¿Lo dices en serio?
-Totalmente. Para que veas que no soy rencoroso.
-¿Y por qué razón ibas a ser rencoroso?
-Por nada, olvídalo. ¿Qué tengo que hacer?
 
Papa Noel se sirve un tercer disparo de José Cuervo y la nariz se le enciende como al muñeco de Operación. Se mete la mano dentro de su chaqueta y saca un Ipad. Comienza a hipar, mientras desliza sus dedos con firmeza sobre la pantalla y me explica que soy el primer humano que tiene el privilegio de ayudar en “La noche del reparto”. Noel me explica que se pasa todo el año preparándola con mimo para que todos los niños del mundo tengan los regalos que han pedido a primera hora de la mañana. Pienso en mi pequeño tren púrpura que descarrila en mi mente una vez más, pero no digo nada. Algo falló en tu sistema, viejo. 
 
Me explica que durante “La noche del reparto” Papa Noel no solo tiene el poder de desplazarse a toda velocidad (no, no es teletransportación) por todo el mundo. El reparto también se produce a través del tiempo. Esta noche soy su ayudante personal. El orondo hombre me cuenta que nos quedan tan solo tres horas y me dice que extienda la palma de la mano. De la nada se forma una brillante bola de fuego del tamaño de una canica que arde a escasos centímetros de mi mano, pero no me quema. Las llamas se consumen sobre si mismas y de repente un enorme flash ilumina la noche con tanta intensidad que parece de día.
 
Noel no está y la bola me marca el rumbo. Grabado sobre su superficie se puede leer: San Francisco 1.993. Agarro el saco que se ha materializado a mi lado que aunque enorme, a penas pesa. Algo se agita en mi bolsillo, meto la mano en mi pantalón y saco una lista de papel con al menos dos centenas de nombres. La bola me guía y comienza el reparto. Visito las casas una a una. Me cuelo por las chimeneas sin problemas, da igual el diámetro que tengan, es parte de la magia, soy joven y gozo de una magia vigorosa, fuerte, poderosa…voy muy rápido. Es curioso como cambia la decoración de los regalos de una casa a otra. Unos apuestan por las luces de colores, otras por las bolas, pero todos los hogares tienen algo en común, el silencio de la expectación. 
Sigo repartiendo a un ritmo vertiginoso y me pregunto como le irá a Noel. Visito Argentina en plena dictadura, viajo a Londres en 1967, París en 2010, todo fluye sin complicaciones. Todos los niños tienen lo que han pedido.
Solo quedan un reparto más. 
 
Conozco este sitio. La bola dice que estamos en mi ciudad, en 1985. Abro la lista y encuentro en ella mi nombre. ¡No puede ser! Hay cuatro regalos para mi. Reparto a toda velocidad y dejo mi casa de última. Me cuelo sigilosamente por una ventana y me invaden los recuerdos. Debería dejar los regalos y salir de allí pitando, pero la curiosidad puede más. Me doy una vuelta por la casa y veo objetos que se habían borrado de mi mente: unas figuras de porcelana, un reloj de cuco… Rocky, viene corriendo como siempre a lamerme los pies y le acarició el lomo, mi viejo amigo. ¡Cuántos recuerdos! Me siento en el sofá que hay en frente del árbol, aquel que mi padre me tenía prohibido y me quedo dormido.  Me despierta una voz que había olvidado por completo ¡Ya es Navidad! 
Tal y como lo recuerdo tengo muy poco tiempo para dejar los regalos bajo el árbol, en apenas unos segundos mi yo de 1985 entrará deslizándose por el parquet y acabará a escasos centímetros del árbol. Con prisas y resoplando dejo las regalos bajo el árbol. Casi noto mi propio aliento en la espalda. Si me pilla mi yo del pasado, seré el peor Papa Noel de todos los tiempos. Oigo los pasos que se acercan. La bola se enciende de nuevo y tras el flash vuelvo a estar en mi cocina.
Estoy desorientado. Papa Noel sigue dando buena cuenta de la botella de José Cuervo. 
-¿Qué tal ha ido?
-Bien, bien, ha sido…extraño.
-Siempre es extraño la primera vez.
Papa Noel se levanta y me pellizca la mejilla. 
-Lo has hecho bien A.
Puedes quedarte el saco de regalo.
-Pero tengo mil preguntas…
 
Papa Noel ya no está. La única prueba de que todo eso ha sido real son dos vasos y una botella de tequila. Me siento me pongo otro chupito y tiro el saco que emite un ruido seco al chocar con el suelo. Me agacho y lo abro. Hay un pequeño paquete. Lo saco con cuidado y lo pongo encima de la mesa. Suspiro y empiezo a despegar el papel. Me lleva unos segundos desenvolverlo.  Ahí está. El regalo que nunca fue.
 
Un pequeño tren púrpura.
 
 
 
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