Diario de a bordo: Los cochitos

Estimado Capitán:

La verdad es que hecho de menos nuestro planeta; la quietud de su gentes, la armonía entre sus razas, la bondad de nuestro carácter. Aquí, en La Tierra, es todo lo contrario. La gente grita, está todo el día a la gresca y hay gente para todo. Usted se volvería loco por aquí y más en esta época del año: el verano. Ya le he hablado de la costumbre de esta raza de tostarse al sol medio desnudos y untados en aceite, pues aún hay más. Resulta que en esta estación abunda una cosa que se llaman genéricamente «fiestas». Así que es muy normal escuchar frases como «Me voy a la fiesta», «Es que hoy no puedo que son las fiestas de mi pueblo» y cosas así.

Las fiestas se dividen a su vez en:

—Procesiones: Se trata de un desfile de gente disfrazada de cabezudos y de gigantes (80% de cabezudos y 20% de gigantes) más un séquito de gente vestida con sus mejores galas y cara de que se ha muerto el abuelo. Todo muy bipolar.Es como estar en una película de Tim Burton. Además aquí, en Galicia, el lugar en el que aterrizó mi nave hace decenios, a los cabezudos y a los señores serios hay que sumarle a unos gaiteiros lo que aporta más cordura al asunto. A los lechones les encanta esta performance. Será el colorido.

— Atracciones: A las que depende de la edad y la zona en las que uno viva les llama cochitos, atracciones, cahivaches, barracas etc. Pero en realidad es como un Ikea de churrerías. Hay una churrería cada cuatro metros. Todas con el mismo nombre lo que hace pensar que esta gente monopoliza el mercado del churro sí o sí. Entre churrería y churrería hay barracas regentadas por buena gente con mal aspecto. Son muy agradables en general, pero parece que llevan media vida en San Quintín. Si no tienen al menos un tatuaje es que llevan poco en el sector. Montamos a los niños en un Tío Vivo (en su momento se valoró llamarle Tío Muerto pero el gremio de feriantes tatuados decidió por mayoría necesaria que  no era un nombre comercial) y se lo pasaron pipa montados en un barco con forma de Mickey. Me subí con Anton Jr., la sirena ululó como si alguien estuviera matando un cerdo a diez metros (en serio, ¿hay necesidad?) y me empecé a marear en la vuelta número 2.

—¡Me mareo y solo van dos vueltas, cari!— grité alzando la voz sobre la relajante música de Camela.

—¡No las cuentes cariño que es peor!— me respondió ella.

Fueron 37 vueltas.

Y sí. Es peor contarlas.

Pero bueno, todo con tal de ver a mi hijo saludar con la mano al mismo punto 37 veces. Su hermano al principio no quería subir, pero a medida que fueron pasando los días cayó también en esa tentación que es girar, girar y volver a girar. Girar y saludar, girar y saludar, girar y saludar…

— Fuegos artificiales

Los fuegos se dividen en luz y sonido. Creíamos que les iba a hacer ilusión. Además tenemos una posición privilegiada ya que desde nuestro balcón se puede admirar en todo su esplendor. La parte de las luces bien, son como gominolas para los ojos, pero la del sonido mal, son como tumores en los oídos. Y claro, esta es una de esas cosas en las que o te gusta todo el conjunto o no tienen nada que hacer. No se puede. O todo o nada. O al rojo o al negro. O Marta Sánchez o Vicky Larraz. No hay medias tintas.

Empezaron a temblar y a decir no con la cabeza, así que me refugié con ellos en el pasillo. Lo que iban a ser unos minutos familiares se transformaron en Apocalypse Now en cero coma. Quizás el año que viene.

 

Saludos Capitán.

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