El berrinche

 

Estimado Capitán:

Miro el reloj.

Las doce y cuarto de la mañana. El sospechoso atraviesa un pico de gritos, tos y lloros. Quiero respetar la intimidad de mis hijos así que bajo ningún concepto desvelaría que el que llora es Tomás. Vaya. Se me ha escapado. El sujeto se pone rojo, sigo chillando a intervalos rítmicos mientras con una mano intenta abrir la puerta del baño. Yo hago fuerza  para impedirlo.

Llevamos así unos veinte minutos. Todos empezó cuando algo cruzó por la mente del lechón y decidió unilateralmente que quería bañarse. «Abua». Como el borracho que vuelve a casa cuando amanece y se cruza con una  playa. Así que antes de darme cuenta lo veo con el pijama medio bajado y decidido a bañarse. Le digo que no es el momento y entonces se lía.

«¡Abuaaa!».

Una vocecilla en mi interior me dice que no pasa nada que deje que el niño se bañe que estar limpio no mata a nadie, pero otra, más firme y seca, me dice que no me deje manipular que hay que marcar los límites y que no es no. Una tercera voz se abre paso y me pregunta de dónde cojones sale la segunda voz y le confieso que de un artículo de Internet. Las tres voces se descojonan de mí a la vez y las aparto de mi con un pensamiento. Haré lo que todo buen padre haría. Educar. El lechón sigue llorando como loco, cada vez más. Es como una crisis de rehenes, pero con hijos. No debo perder la calma. Entro en modo cortés y educado. Yo le llamo el modo Carles Francino.

Decido que la paciencia y la tranquilidad serán mi bandera en esta negociación. El tira hacia abajo de la manilla, pero yo impido que la abra, utilizando una ventaja tan paternal como infalible: Soy más fuerte. Me siento a lo indio y Antón Jr. se sienta en el hueco que forman mis piernas.

—Tranquilo Tomás—le digo—. Tienes que tranquilizarte. Relájate. Tranquilo cariño.

—¡Omá! Anqilo…—repite Antón.

Pero Tomás no se tranquiliza y sigue rojo, llorando como una folclórica en el entierro de Paquirri. Se muerde la mano de rabia. Estamos ante un berrinche agudo de libro.

—¡Abuaaaaaa!

—¡Tomás! Tranquilo. Tienes que relajarte—le hablo como a una persona mayor que sé que entiende y le hago un gesto con la mano de que pare el carro.

—¡Omá! Anqilo…—repite Antón que también mueve la mano.

—¡Abuaaaaaa!

Antón y yo intercambiamos miradas de impotencia, pero estamos decididos a marcar los límites.

—Tomás, si no te tranquilizas te voy a meter en la cuna—Antón me mira con ojos de cordero degollado.

—Cuna no—dice.

—No va por ti, tranquilo.

—¡Omá Anquilo!

Como no se tranquiliza lo meto en la cuna. Yo me siento a lo indio en la habitación y Antón de nuevo en el hueco entre mis piernas.

Tomás no se relaja. Menudo berrinche. Seguimos dialogantes, inflexibles, pero cercanos y de repente al cabo de tan solo 23 minutos de serenata Tomás aunque sin parar de llorar parece que reacciona.

—¿Vamos al salón?

Tomás extiende sus brazitos sabiendo que no consigue nada gritando y me dice que sí sorbiendo los mocos. Se olvida del agua y se pone a otra cosa.

Me cuelgo la medalla de padre y cuando la legendaria Ovugirl llega a casa le cuento orgulloso mi victoria. Ella me mira y creo que no escucha bien mi historia porque lo único que me pregunta es cuántos días llevo con el pijama de Hulk puesto.

—¡No lo entiendes cariño!—digo— .Es un hito en mi paternidad. ¡Hoy he obrado sabiamente! Y tú hablando de chorradas…

—Me quedo en R , nos ponen más megas—interrumpe ella.

—¿Más megas? ¡Cojonudo!

—Por cierto, ¿bañarías a los niños, no?

 

Y así va la cosa Capitán.

 

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