Diario de a bordo: Y yo allí con mi flor como un gilipollas….

Estimado Capitán:

Hoy he vivido un malentendido que me ha colocado, sin comerlo ni beberlo, en una situación comprometida de la que he salido como he podido.

Verá, el pasado viernes al dejar a los niños en el colegio un discreto cartel gigante de cartulina amarilla y azul lucía colgado en la puerta de entrada a la guardería. El objetivo de la existencia de cualquier cartel —su fin último— es ser leído y aportar información a los despistados padres que dejamos a nuestros vástagos en el centro a primera hora de la mañana.

Qué alegría al leer que hoy, los padres podíamos asistir a la elaboración de los mayos. Si puedo me paso, pensé de refilón. La verdad es que tenía ganas de ver como se desenvuelven mis hijos con otros lechones de similar edad y complexión.

Hete aquí Capitán que el destino quiso que esta mañana tuve una reunión muy importante al lado de la guardería y, casualidad de nuevo, el destino quiso que la cita rematase a la hora a la que estaba previsto el evento de la guardería.

Me da tiempo a pasar un rato. Me hace ilusión y a ellos también les hará ilusión. Diez minutitos y me piro.

Pues allí que fui con paso decidido, sonrisa en la boca, abro la puerta y me encuentra a unas seis mujeres, sentadas, enhebrando flores. Un bodegón vaya.

—¡Hola!—digo yo.

Ellas me miran extrañadas mientras ensartan margaritas con un arte que yo nunca tendré. De la nada surge una amable profesora que exclama:

—¡Ay qué bien! ¡Un hombre por fin!

De adolescente había deseado cientos de ocasiones a la semana escuchar esta frase, pero no así. ¡Esto está mal!

—¡Eres el único padre que ha venido!

¿Por qué soy el único padre que ha venido? Un error fijo. La alarma antiaérea estalla en mi cabeza. In my head.

—¿Y los niños?—pregunto—. Yo venía a ver a mis hijos.

—Los niños están en clase. Esta reunión es para hacer los mayos.

¿Qué es exactamente un mayo? ¿Podría definirlo? ¿Un collar de flores? ¿Una alfombra¿ ¡Qué hostias es! Por eso no hay padres. Un padre con flores es como ver a Trump con un libro de Antonio Gala. Imposible.

—¿Y no van a bajar?— acierto a balbucear.

—No, no qué va…

De repente visualizo un agujero en la pared con forma de Antón Cruces, pero no me da tiempo a echar a correr. Soy muy cobarde, pero no muy rápido.La buena maestra me tiende hilo y una aguja. Mi sueño. Las madres/chicas/señoras me miran y se ríen. Podría decir que disimuladamente, pero mentiría. No disimulaban. Creo que disfrutaban con mi cara de panoli.

—¿Qué prefieres ensartar naranjas o huevos?

La decisión de Sofie.

—Si yo venía a saludar, en serio no hace falta…

—Pues ahora ya que estás…¿huevos o naranjas?

—Naranjas supongo…

Por decir algo.

Enhebro la aguja com un profesional, a la quinta vez, y atravieso la naranja pero la aguja no asoma por el otro lado. Una de las madres sentencia.

—Es que deberían ser más grandes, así no te da para atravesarla.

Observadora. Tú a lo tuyo joder. O las naranjas deberían ser más pequeñas, lista. Sonrío por no romper a llorar.

Dejo la naranja y pillo un huevo. Idem.

Al final una profesora me señala las margaritas como diciendo: Con las flores no puedes cagarla puto inútil. 

Enseguida le demostré que estaba equivocada.

Me pinché a la segunda y de las ocho que ensarté cinco iban torcidas. Una canción resuena en mi cabeza…

Y yo allí con mi flor como un gilipollas madre

Y yo allí con mi flor como un gilipollas madre

Y así, ensartando margaritas al lado de unas señoras geniales y varias maestras competentes y cariñosas pasaron lentos los seis minutos y medio que estuve ayudando con el mayo. Me hubiese quedado un poco más…y es que ensartar engancha, por un momento incluso me relaje y escuche un coro de ángeles que entonaba un acorde perfecto. Sentí la llamada, pero claro el trabajo es el trabajo y por muy bien que uno se lo pase ensartando naranjas todo tiene un límite.

 

Una experiencia genial, intensa y corta.

Irrepetible.

 

 

 

 

 

 

 

 

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