Diario de a bordo: De madre a abuela

De madre a abuela

Estimado Capitán:

De madre a abuela. No, no es la secuela de aquella canción de Julio Iglesias. Mi informe de hoy Capitán versa sobre los cambios que se producen en una madre, cuando se transforma en abuela. Es como un virus. Vamos con un ejemplo práctico.

Ayer nos tocó comer en casa de mi madre. Comer en casa de una madre siempre es una experiencia intensa, pero si esta madre es abuela primeriza y encima de gemelos la cosa ya puede alcanzar tintes dramáticos.

Cosas que he descubierto en estos casi tres años de paternidad sobre mi madre. La transformación de una madre en abuela es como la transformación del Bruce Banner a Hulk, pero al revés. Se desinflan de amor. Pongamos un ejemplo.

Hora de comer. Un día cualquiera de 1985

Vuelvo del colegio. Dejo el abrigo y la mochila perfectamente tiradas en la escalera y me siento a la mesa. Mi madre me grita con amabilidad para que recoja las cosas.

—Esto no me gusta mamá

—Pues es lo que hay (Frase corta, certera, irrefutable)

—Pero es que la merluza con ajada no…

—¿Y qué quería el señor? (Ironía de madre. De las mejores y más desquiciantes)

—Croquetas

—No puedes vivir a base de croquetas, mira que pintaza tiene la ajada.

—No me gusta

—¿No la quiere el señorito? Pues nada. Para merendar entonces y si no te la acabas a la tarde, para cenar la tendrás. (Ironía+amenaza. Los ochenta en estado puro)

—¿Puedo ver la tele por lo menos?

—Cuando acabes hablamos. (Frase de cierre potente, pero vaga. Es el Yippi Kay ye de las madres)

Hora de comer. Año 2018

Los niños entran como un terremoto en casa de la abuela y revuelven todo. Mi madre sonríe orgullosa. Me mira y asegura que llegamos tarde, que le a las 13:45. Ni de coña, el wassap dice lo contrario (14:15), ahí todo queda grabado, pero un madre es como Dynamo, en la distancia corta te convence de lo que sea. El menú consiste en pechugas empanadas, pechugas sin empanar con patatas fritas o arroz y croquetas de jamón; para Ovugirl ensalada y también hay una crema de verduras. Algo estaremos celebrando.

Tomás no quiere las pechugas.

—Ay que no comen nada, pero bueno si no las quiere no pasa nada. Tengo croquetas.

Tomás escucha la palabra croquetas. La cara le cambia como cuando un borracho escucha de lejos vino gratis.

— No pasa nada cariño. ¿No quieres el pollo? No hay problema. Espera que la abuela te corta las croquetitas cariño. ¡Ay mis niños qué riquiños!

Antón me mira mientras mastica una croqueta como diciendo: ¿Y a ti no te las corta nadie? Pringao.

—A mí no me sacabas ni las espinas del pescado—intervengo.

—Sí que te las sacaba no seas mentiroso— increpa Dynamo.

Mi madre ha mutado en abuela. Hasta a veces les ofrece chocolate antes de comer (WTF?) con las excusa esa tan de moda de que las abuelas están para consentir. En realidad, la torean como quieren. Tomás le pide el móvil para ver Canciones Infantiles pronunciado Casione Ipantiles, es como un argentino en miniatura.

—¡Que no mamá, que después no duermen la siesta! ¡Ni de coña!

Tomás llora. A lágrima viva. Parece un cantaor el día que murió Lola Flores. Mi madre le pone el móvil. Yo no quiero cabrearme, respiro hondo e intento acabarme la merluza con ajada.

Salud Capitán

Mama

P.D. Las pechugas empanadas de mi madre con arroz es mi plato preferido. Madre no hay más que una. No hubo ajada. Era una licencia creativa. Ojalá la ajada desaparezca del Universo.

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