En los años noventa, la época de mi adolescencia, había varios ritos que indicaban que un niño estaba a tan solo un paso de convertirse en un hombre: lo que los mayores llamaban un adulto. Que a uno le empiecen a interesar las chicas es solo una síntoma de que las hormonas están jugando al Tetris en nuestro interior. En apenas unos años pasamos de los tebeos a las revistas culturales (Playboy, Interviú) que tan bien ilustraban con sus reportajes la realidad social, económica y empresarial de nuestro país. Queríamos ser más cultos, y esas revistas nos ayudaban a conseguirlo.

Otro síntoma era ver los sábados por la mañana Sensación de vivir que reflejaba con fidelidad ese estado atormentado de los adolescentes españoles.

—¿Sabías que Donna se ha liado con David?

—¡Anda ya! ¡No me digas! ¡Qué fuerte tía!

Al acabar cada capítulo, me miraba en el espejo para decidir si me parecía más a Brandon o a Dylan. No fue hasta muchos años después que descubrí que, en realidad, era una mezcla perfecta de ambos. Pero, sin duda, el momento decisivo, el bautismo de fuego, la alternativa, como diría un torero, se producía el día que te comías una buena pelea callejera.

Viajemos al pasado.

21 de febrero de 1991

Llego a casa dolorido. Acabo de experimentar mi primera pelea de adolescente. Ya soy un hombre. Subo rápido las escaleras y saludo de refilón. No quiero que mi madre note el ojo morado, chivato traicionero de mi correrías en la calle. Ella se da cuenta, para eso es madre, y se lleva la mano a la boca para reprimir un grito de horror.

—¿Qúe te ha pasado?— pregunta alterada—. No me digas más. Te has peleado. ¡Ay que disgusto!

—Es que mami empezaron ellos

La primera bofetada me pilla de sorpresa y me alcanza de lleno. Está muy disgustada. Se le nota en la pegada. Ríete tú de Iván Drago. Por la derecha, por la izquierda. No hay manera de cubrirse. Lo que más dolía no eran las perfectas bofetadas sincronizadas de mi querida madre, no; lo que escocía era la pregunta que soltaba entre finta y finta materna.

—¿¿¿¡¡¡Pero a ti cómo se te ocurre!!!???

Es entonces, en ese instante, cuando todo se congela, ya sabéis, como en una película de Matrix. Mi madre me agarra del pelo con una mano, mientras la palma de la otra está apenas a tres centímetros de mi perfecta mejilla adolescente de Dylan McKay. Los dos estamos desencajados.

¿Cómo se me ocurre? No entiendo la pregunta. Eses cosas no se le ocurren a nadie simplemente ocurren, sin más.

Se reanuda la acción y recibo la hostia.

—¡No ves que los problemas no se resuelven con violencia!—me dice ella mientras me tapo la cara cubriéndome con los dos brazos. Sus brazos se mueven como molinos, llevan tal velocidad que con la energía eólica que generan se podría abastecer de energía a un pueblo pequeño.

Es lo que en los ochenta y los noventa se denominaba una hostia formativa. Eran educativas, para aprender. Leches con moraleja. Otra corriente educacional las llamaba hostias benéficas, ya que siempre, siempre, siempre eran por el bien del receptor.

—De verdad hijo—prosigue—la violencia y las amenazas no llevan a ningún sitio.

Para añadir a continuación:

—Verás cuando se lo diga a tu padre.

Pues vale.

—¡Hijo qué disgustos me das!

—Pero, mamá…

—Ni pero, ni pera, pasa a tu cuarto.

«Ni pero, ni pera» marca un punto final en cualquier discusión paternofilial.

LA BULLA

Todo comenzó por unan tontería. Habíamos quedado unos contra otros para partirnos la cara porque éramos así de chulitos todos.

»A las 20: 00 en punto en Las Palmeras, no faltéis».

En aquella época las pandillas quedaba para partirse la cara en Las Palmeras, que siempre otorgan un toque exótico a cualquier evento cultural.

Y allí salimos toda nuestra pandilla, un grupo de, por lo menos, veinticinco chavales decididos a que nadie ponga en duda nuestro honor y valentía. Esos tíos van a tener que comer con cucharilla el resto de su vida. Mira que llamarle lo que le llamaron a La Tacones, la novia de un colega. ¿De qué van esos tíos? La Tacones y mi amigo están enamorados de verdad. Esa gente son animales, no respetan nada. Se van a enterar. Giramos la esquina. No hablamos entre nosotros. Tenemos la mirada clavada en un punto fijo del horizonte. Como cuando vas al proctólogo. Yo, en realidad, estoy acojonado, ya que a los quince años no tengo ni medio hostia, no como ahora que tengo hostia y media. Disimulo y me pongo detrás de Nacho que mide 1,90 y come bocadillos de jabalí. Miro hacia atrás y tengo la sensación de que somos menos que hace cinco minutos. Recuerdo que alguien dijo que aquellos tipos tenían cadenas y una navaja. Empecé a caminar más lento, que tampoco hay que ser un ansias. Al girar la siguiente esquina somos seis…

La cosa acabó como acabó. Ni nosotros éramos tan valientes, ni ellos tan malotes. Perpetramos el baile del gallito un rato, forcejeamos y solo hubo una hostia. La que recibí yo, que además me la dio mi amigo Nacho sin querer.

Lo pasamos muy bien, nos pusimos a hablar y al final tan amigos. Hasta se nos unió La Tacones que esa misma noche se lío con el jefe del bando contrario. Aquello era amor del bueno.

Como Kelly y Dylan.

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