El club de los cuarentones

Acabo de cumplir cuarenta años y la gente me da la bienvenida al Club. Al Club con mayúsculas.  Ni siquiera sabía que había un club así que he salido a la calle a buscarlo, pero de momento nada. No lo encuentro.

¡Bienvenido al club! me dicen en Facebook ese montón de chavalada que (no sé cómo) se ha acordado de que un 19 de julio de 1976 vine al mundo.

Les digo que muchas gracias, pero cuándo les pregunto por la ubicación del club…mutismo absoluto. Quizás como soy un poco raro no me quieran en él. Pregunto a la gente por la calle, pero los jóvenes no saben de qué les hablo.

—Perdona, chaval ¿Sabes dónde está El Club de Los Cuarentones?

—Ni idea señor.

—Señor lo será tu puta madre. Y te lo digo desde el respeto hípster de mierda.

Los señores mayores no recuerdan bien dónde está. Algo les suena, pero lo han dejado atrás hace tanto tiempo que bueno…su memoria ya no es lo que era.

—Disculpe señor…

—Dime chaval.

—¿Recuerda usted las señas de El Club de Los Cuarentones?

El hombre se queda pensativo como el borracho que se levanta al día siguiente sin saber bien qué ha hecho o cómo ha llegado a casa.

—Pues si no recuerdo mal hijo creo que estaba…—se rasca la cabeza—pues no sé. Me has pillado. Hace mucho tiempo que no me dejo caer por ahí.

—Bueno, no pasa nada. Seguiré buscando.

Al final y después de recorrer la ciudad tres veces lo encuentro. Un buen amigo de la infancia me sopla dónde está. La verdad es que El Club de los Cuarentones está bien a la vista, pero no me había dado cuenta que estaba precisamente ahí. Y eso que en los últimos años he pasado cientos de veces por delante. Nunca me había fijado en él. Es un edificio grande, elegante, quizás un poco pasado de moda, pero de momento aguanta con estilo.

El conserje, un tipo pequeño, calvo y barrigudo, me informa de que para acceder a El Club hace falta una contraseña. Le digo que no la tengo y él me responde que sin ella no me puede permitir la entrada. Un club de cuarentones que pide “contraseña” no puede estar formado por gente muy madura.

—Yo creía que para acceder a El Club el único requisito era haber cumplido los cuarenta años.

—Bueno amigo, ese es el requisito indispensable, pero no el único. Si nadie de su entorno le ha soplado la contraseña, puede que sea usted un bicho raro. Y aquí no queremos bichos raros, queremos gente con una crisis de lso cuarenta habitual, de las de toda la vida. Podría darle yo mismo la contraseña, pero primero tengo que hacerle un pequeño test para ver si está usted cualificado física y mentalmente para permanecer a nuestra pequeña familia.

—Venga dispare.

—Empecemos por el test físico.

—Me parece bien Don…

—Puede llamarme Pin Pon.

—Muy bien Don Pin Pon, proceda.

—¿Fuma usted?

—Solo cuando salgo.

—¿Sale usted?

—Solo cuando fumo.

— ¿Hace cuánto tiene esa barriga?

—Unos tres años, certificada oficialmente como barriga dos años y poco. Pero a Dios pongo por testigo que desaparecerá.

—Eso dicen todos.

—¿Todos los de El Club tienen barriga?

—Cada vez menos, hay mucho cuarentañero que se cuida y sale a correr. Una vergüenza. ¿Podemos seguir?

—Sí, perdón, era curiosidad.

—A pesar de tener esa barriga,  ¿Sigue usted poniéndose camisetas ajustadas pensando que nadie se da cuenta?

—Es correcto.

—¿Bebe?

—Si tengo sed sí.

—Me refiero a alcohol.

—Solo cuando salgo.

—¿Y sale mucho?

—Solo si fumo, pero cada vez menos. Me stoy volviendo un asceta.

—¿Y eso?

—He tenido dos hijos. A la vez.

—¿A qué edad?

—No tienen edad son muy pequeños.

—Me refiero a que a qué edad los ha tenido usted.

—Los ha tenido mi mujer.

—Ya me entiende…

—Los tuve a los 39.

Pin Pon me dedica una mirada de admiración (que podría ser de compasión)  mientras asiente en silencio.

—¿Hace usted deporte?

—No. Pero pienso mucho en ello. Durante el día me imagino al menos cuatro veces corriendo, dos nadando y me hago un par de series mentales de pecho y espalda.

—Eso no cuenta.

—Ya, pero cansa.

—¿Cuida su dieta?

—A partir del lunes que viene casi seguro.

—Pasemos al test mental.

—Proceda.

—¿Piensa en la muerte más de lo habitual?

—Claro. Tengo cuarenta. Con suerte he pasado el ecuador de mi vida. Eso da que pensar.

—¿Siente la irrefrenable necesidad de comprarse un coche nuevo, un deportivo a poder ser, para paliar esa incipiente falta de vitalidad?

—Pues no.

—¿Ha pensado en cambiar a su novia por dos de veinte años?

—A lo mejor me cambia ella a mí.

—¿Hace usted un balance mental de las cosas que ha conseguido y de los objetivos no alcanzados y se tira de los pelos? ¿Piensa que ha desaprovechado el tiempo?

—A veces sí y a veces no, pero todo lo que decidimos nos lleva a este punto en el que estamos ahora usted y yo, aquí charlando en un amigable tercer grado digno de una cinta titulada “Los mejores momentos de Guantánamo Volumen I.”. Depende del día.

—Y para terminar y certificar que efectivamente es usted un cuarentón vamos con el test de actualidad contrarreloj

—¿Test de actualidad?

—De los ochenta.

—Proceda.

—¡Tiempo! Apellido de Michael en El coche fantástico.

—Knight. Con K.

— Completa la serie: Autopista hacia el…

—Cielo

—Nombre al menos tres Goonies

—Bocazas, Data y Gordi

—En fin de año de 1987 a Sabrina se le salió una teta. ¿La derecha o la izquierda?

—La izquierda.

—¡Noooo! La derecha.

— Completa la frase: Si me queréis…

—Irse.

—¡Tiempo!Bien. Muy bien. Lo has conseguido. Pena que no hicieses pleno.

—Es que a Sabrina se le movían muy rápido.

—Bueno aquí tienes tu carnet de Cuarentón Oficial, puedes pasarte cuando te apetezca. Si quieres echar un vistazo a las instalaciones te acompaño. El Club es en la cuarta planta. Tenemos gimnasio, VHS, sauna y hacemos botellones una vez cada tres meses en los que hablamos de chavalas, de política y de fútbol.

—Pero eso es lo mismo que hacía a los 20.

—Acostúmbrate hombre, es lo que hay.

—Mire, lo he pensado mejor. No quiero pertenecer a este club.

—Disculpe amigo, tiene usted cuarenta años. Tiene que pertenecer a algún club. No puede andar desubicado por ahí como un veinteañero.

—No soy un veinteañero Señor Pin, pero tampoco me siento identificado con este club. Voy a hacer lo que he hecho siempre: Ir a mi bola. Quizás me pase por aquí de vez en cuando, pero no me esperen.

—Está bien, aquí no obligamos a nadie.

Salgo del edificio y enseguida olvido dónde estaba. Si me preguntan no sabría ubicarlo. Me pierdo por la calle, a buscar proyectos, a vivir y a soñar como con veinte, a pelear de nuevo por lo que valga la pena y a esperar la crisis de los cuarenta como un torero en el ruedo.

Hoy me tomaré cuarenta cañas para celebrar que de momento hasta aquí hemos llegado.

Os espero.

 

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Por cierto, la contraseña es: Sambora.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una buena hostia de Bud

Hoy es un día triste para los que como yo vivimos nuestra infancia en este precioso, pequeño e ilógico planeta Tierra a mediados de los ochenta. Dicen que educar en la violencia no es bueno, que los dibujos de hoy en día son un collage de gritos, peleas, persecuciones y tiros. Estoy de acuerdo, seguro que es así, pero hay una violencia con la que me crié de pequeño, una violencia más humorística, familiar y entrañable.

Hay muchos sueños de infancia no cumplidos para los de mi generación.

Conocer a Stallone, montar en el DeLorean y viajar en el tiempo, tocarle un pecho a Sabrina o incluso los dos si hubiese tiempo y capacidad palmaria (palmaria de palma de la mano) y, como no, que Bud Spencer te diese una buena hostia.

Una hostia rica, impertérrita, caliente y sorpresiva; original e hilarante.

bud_spencer_03_97556.jpgEstoy seguro que algunos de esos sueños no los voy a cumplir y otros sí los he conseguido (besos Sabri), pero Bud se nos ha ido para siempre.

Lejos quedan aquellas tarde de cine en las que mi padre me llevaba a ver sus películas “Y si no nos enfadamos”, “Par Impar”, “Banana Joe”…y yo disfrutaba como un enano (que al fin y al cabo es lo que era) del catálogo de sopapos, guantazos, mamporros, reveses, galletas y soplamocos que soltaban Bud y Terence. Ellos sacaban aquella risa inocente, sincera y lejana de todos y cada uno de los esperábamos que empezase la fiesta de golpes de turno. El resto, es decir, los diálogos, era mero relleno entre peleas. Como cuando hablan en una porno que le das para adelante. Supongo que lo que más nos gustaba era que parecían invencibles. Nada podía con ellos y eso, para un chaval de seis o siete años que se identificaba con aquellos extraños heroes, significaba que nosotros también lo eramos. Bud y Terence, Terence y Bud. Muchas risas, muchos golpes.

Bud y Terence eran auténticos, indivisibles…e italianos. No podían ser perfectos.

Yo de pequeño pensaba que eran americanos, claro, con esos nombres, pero no. Resulta que eran italianos, pero hoy no quiero hablar de Italia. Podría hablar como mucho de Sabrina, pero como excepción a la regla.

Cuando leo que Bud ha muerto, aunque yo creo que en realidad se está haciendo el dormido y en cualquier momento le va a soltar un mamporro al cura, uno de esos golpes con el puño cerrado y hacia abajo, me entristezco un poco…¡Allá va mi infancia! ¡Hasta otra Bud!

Nos queda tu legado y con mis hijos prometo ver “Y si no nos enfadamos” mientras estén en esa edad en la que lo único que hace falta para reírse son un buen par de hostias bien dadas.

Yo sigo en ella.

¡Ciao Bambino!

PD: Si tuviese una máquina del tiempo viajaría a 1980 me traería a Bud y a Terence y los soltaría en el Congreso de los Diputados. A ver qué pasaba.

Los del Cielo cuidado, no me lo cabreéis que os monta un Cristo pero de verdad en cero coma.

Saludos.

 

 

 

 

 

 

Adolescencia: Las “bullas”

En los noventa había varios ritos que indicaban que un niño estaba tan solo a un paso de convertirse en un hombre, lo que los mayores llamaban un adulto. Que a uno le empiecen a interesar las chicas es solo una síntoma de que las hormonas están “Living la vida loca”en nuestro interior. En apenas unos años pasamos de los tebeos a las revistas culturales (Playboy, Interviú) que tan bien ilustraban la realidad social, económica y empresarial de nuestro país. Queríamos ser más cultos y esas revistas nos ayudaban a conseguirlo. Otro síntoma era ver los sábados por la mañana “Sensación de vivir” que reflejaban fielmente ese estado atormentado de los adolescentes españoles.

—¿Sabías que Donna se ha liado con David?

—¡Anda ya! ¡No me digas! ¡Qué fuerte tía!

Yo, al acabar cada capítulo, me miraba en el espejo para decidir si me parecía más a Brandon o a Dylan. Hasta muchos años después no descubrí que era una mezcla perfecta de ambos.

Pero sin duda el momento decisivo, el bautismo de fuego, la alternativa como diría un torero se producía el día que te comías una buena hostia en una pelea callejera.

Viajemos al pasado.

21 de febrero de 1991

Llego a casa dolorido. Hoy he tenido mi primera pelea de adolescente. Vamos, que ya soy un hombre. Entro en casa, subo rápido las escaleras y saludo como de refilón. No quiero que mi madre note el ojo morado, chivato traicionero de mi gesta en la calle.

Ella se da cuenta y se lleva la mano a la boca para reprimir un grito de horror.

—¿Qúe te ha pasado?— pregunta alterada.

—Nada mami, me caí contra un puño.

—No me digas más. Te has peleado. No me digas Antonciño que te has peleado.

—Es que mami empezaron “ellos”…

La primera bofetada me pilla de sorpresa y me alcanza de lleno. Está muy disgustada. Se le nota en la pegada. Ríete tú de Mayweather. Por la derecha, por la izquierda. No hay manera de cubrirse. Pero lo que más dolía no eran las perfectas bofetadas sincronizadas de mi querida madre, no. Lo que dolía era aquella pregunta que soltaba entre finta y finta materna.

—¿¿¿¡¡¡Pero a ti cómo se te ocurre!!!???

Es entonces, en ese instante, cuando todo se congela, ya sabéis, como en una película de Matrix. Mi madre me agarra del pelo con una mano mientras la palma de la otra está apenas a tres centímetros de mi perfecta mejilla adolescente de Dylan McKay. Los dos estamos desencajados.

¿Cómo se me ocurre? No entiendo la pregunta. Eses cosas no se le ocurren a nadie simplemente ocurren, sin más.

Se reanuda la acción y recibo la hostia.

—¡No ves que los problemas no se resuelven con violencia!—me dice ella con la templanza de un cura en un prostíbulo.

Buena observación mamá. Puede que te nominen al premio Nobel de la Paz por la leche que me acaba de caer. Es lo que en los ochenta y los noventa se denominaba una hostia formativa. Son para aprender. Otra corriente educacional las llamaba hostias benéficas, ya que siempre, siempre, siempre eran por el bien del receptor.

—De verdad hijo—prosigue—la violencia y las amenazas no llevan a ningún sitio.

Para añadir a continuación:

—Verás cuando se lo diga a tu padre.

Pues vale.

—¡Hijo qué disgustos me das!

—Pero, mamá…

—Ni pero, ni pera, pasa a tu cuarto.

Cuidado al llegar a este punto. “Ni pero, ni pera”. Ojito.

“Ni pero, ni pera” es una frase muy de madre. Quizás a un lector avezado le pueda parecer que no tiene sentido de lo que se puede deducir que ese lector no tiene madre, porque sí que tiene sentido…vaya si lo tiene. “Ni pero, ni pera” encierra mucha magia, sabiduría y tradición en su interior.

“Ni pero, ni pera” es una expresión que delimita como ninguna los roles de padres e hijos que viven bajo el mismo sitio. Habla de respeto, de paciencia ( o la falta de ella) y explica como ninguna otra la capacidad del ser humano para argumentar y llegar a buen puerto en cualquier intercambio dialéctico.

“Ni pero, ni pera” es como cuando Harry el Sucio decía aquello de “Adelante. Alégrame el día”, pero en versión materna.

No hay nada que hacer ante el “Ni pero, ni pera”. Solo apretar los dientes y llorar como adolescente despechado por la injusticia a la que estamos siendo sometidos.

 

Febrero de 2016

Ese día aprendí dos cosas. Una que la violencia genera violencia que a su vez genera violencia que a su vez vuelva a generarla y así hasta que la violencia se cansa de tanto “generar” o hasta que alguien muere y dos, que las calles de Pontevedra son un galimatías. Y me explico.

Habíamos quedado unos contra otros para partirnos la cara porque éramos así de chulito todos.

“A las 20: 00 en punto en Las Palmeras, no faltéis”.

Solo les faltó añadir: “Solo puede quedar uno”.

Y allí que salimos toda nuestra pandilla, un grupo de, por lo menos, 25 chavales decididos a que nadie pusiese en duda nuestro honor y valentía. Esos tíos iban a tener que comer con cucharilla el resto de su vida. Mira que llamarle lo que le llamaron a “La Tacones”, la novia de un colega. ¿De qué van esos tíos? “La Tacones” y mi amigo estaban enamorados de verdad. Esos tíos no respetaban nada.  Se iban a enterar. Giramos la esquina. No hablamos entre nosotros. Tenemos la mirada clavada en un punto fijo del horizonte. Como cuando vas al proctólogo.  Yo, en realidad, estoy seriamente acojonado, así que me pongo detrás de Nacho que mide más de 1,90 y así no se me ve mucho. Miro hacia atrás y me da la sensación de que somos menos. Al menos esa es mi impresión. Recuerdo que alguien dijo que aquellos malotes sin corazón iban a traer cadenas y no sé quién dijo algo de una navaja. Empecé a caminar más lento para no ir delante de todo. En febrero me resfrío enseguida. Juraría que ahora apenas somos diez.

La cosa acabó como acabó. Ni nosotros éramos tan valientes ni ellos tan malotes. Hicimos todos el baile del gallito un rato, forcejeamos y solo hubo una hostia. La que recibí yo que además me la dio mi amigo Nacho sin querer.

Lo pasamos muy bien y al final tan amigos. Hasta se nos unió “La Tacones” que esa misma noche se lío con el jefe del bando contrario.A esa edad el amor no es para siempre. En fin cosas de adolescencia.

Recordad amigos: la violencia no conduce a ningún sitio. Haced el amor y no la guerra.

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¡Saludos hermanos!

 

 

 

 

 

 

Rocky Balboa, Creed y la madre que los parió

Soy fan de Rocky. Creo que casi toda mi generación lo es. Aún recuerdo aquella tarde de 1986 en la que con nueve años compré una entrada para ver Rocky IV. Mi impresionable cerebro salió noqueado por todo lo que estaba pasando en aquella pantalla gigante. Un ruso de dos metros, muy malo malísimo (en los ochenta no había rusos buenos) mataba a golpes a Apollo Creed. La sala contiene la respiración. ¡Tira la toalla!  Pero Rocky no la tiró porque se lo había prometido a su amigo y no lo quería enfadar. Como sabemos, en los ochenta no hay nada más peligroso que un negro cabreado. Bueno, un ruso sí, pero nada más.

Total que Apollo muere (yo creo que de la hostia que se pega contra la lona) y tirado en el ring convulsiona.

—¿Mamá qué le pasa a Apollo? ¿Tiene hipo?

—No, hijo, convulsiona.

—¿Y eso qué es?

—Lo que le pasa a tu padre cuando llega el recibo de la luz.

Sigo embobado con la película. Rocky está muy cabreado, pero mucho. Y Rocky cabreado cuidado. Total que se va a Rusia a entrenar en comunión con la naturaleza. Tala árboles, escala montañas, hace dibujos con el pis en la nieve. Mientras que el ruso cabrón se dopa y entrena en una discoteca, porque eso de gimnasio tiene poco.

El momento de la venganza llega y claro el combate es la repera. Hay más hostias que en el Vaticano y el cine vibra con cada puñetazo de Rocky que ha conseguido abrirle el pómulo a Ivan Drago. ¡De repente Moscú está con Rocky!

Este Rocky es mi ídolo. Golpe a golpe, puñetazo a puñetazo, con valentía y voluntad logra derribar al coloso ruso.

—”Si yo puedo cambiar. Y vosotros podéis cambiar…¡Todos pueden cambiar!”

Rocky debería ser presidente del mundo. Muy americano, primero te forra a hostias y luego habla. Lo amo.

Salí del cine haciendo sombra, pegando puñetazos al aire, con la música en mi cabeza. Mi padre un mes después compró un perrito al que llamamos Rocky. Y el resto de películas de la saga fueron cayendo poco a poco. Los curas nos pusieron la III. Supongo que en comparación con Mr. T el padre Ángel no pegaba tan fuerte. Aquello fue unánime.

Después la I, la II en las que comprendí quien era ese tal Apollo y lo importante que era para Rocky.

Cuando uno es pequeño cuatro años son mucho tiempo y ese fue el tiempo que tuve que esperar para Rocky V. Salí del cine decepcionado y con la seguridad de que Rocky había pasado ya a mejor vida.

Y en 2006 llega a las pantallas la inesperada Rocky Balboa. La gente se ríe, pero Stallone, recupera a Rocky; calla a aquellos que le daban por derrotado y firma una película en el que tiene lugar el mejor combate de la saga. Y no es en el ring. Se trata de un combate dialéctico contra su hijo.

Rocky ya ha generado más frases inspiradoras que Paulo Coelho

Y es que si queremos a Rocky no es por los combates épicos, que también, sino por que sus películas durante 40 años hablan de segundas oportunidades, de amor, de padres e hijos, de miedos, de valor, de creer en uno mismo, de la muerte y de victorias. Quedarse con el boxeo es como decir que un cocido solo lleva garbanzos. Eso es Rocky.

 

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Y después de recuperar al personaje y darle un final a la altura de su legado…llega Creed.

A priori un boxeador con apellido de grillo no parece destinado a muchas cosas, pero resulta que Stallone da un paso más y gana el Globo de Oro al mejor actor secundario. Además está nominado al Óscar. Esto hace años sería como si nominasen a Torrebruno a un Grammy. Pues ahí está, callando bocas. Y lo que me alegro. Un tío que no tenía un duro cuando escribió “Rocky” y que a pesar de todo el dinero que le ofrecían para NO interpretar al personaje dijo cruzado de brazos y con morritos: “O lo interpreto yo o no hay película”. Y mirad lo que ha pasado.

Así que ya he visto Creed, pero antes me he metido entre pecho y espalda, una vez más, toda la saga. Esta vez acompañado por mis dos pequeños campeones. A ellos también les ha gustado. Aquí tenéis sus primeras impresiones.

Algún día subiré con ellos esas escaleras del museo de Filadelfia.

 

 

 

 

 

 

Regreso al futuro: 21 de octubre de 2015

Llevo una hora y media mirando al cielo por la ventana de mi casa y nada. Soy uno de los muchos seguidores de “Regreso al futuro” que quieren darle la bienvenida a Marty McFly y Doc, pero de momento se están haciendo de rogar. Mi novia me pregunta si me pasa algo y si he tomado la medicación. Se ríe de mí. Está convencida de que Marty no va a aparecer alegando que no es real, que es solo un personaje de ficción. La miro con una expresión muy de aquí, ladeando la cabeza ligeramente hacia un lado. “Pobriña”, pienso. Mis dos hijos, que apenas tienen dos semanas de vida sí que me siguen el rollo, viven con tanta intensidad la llegada de Marty que se han quedado dormidos y babean.

—Cierra la ventana ya, cariño. No seas friqui.

Un romántico “No tienes ni puta idea” se escapa de mis labios. Ella está a punto de increparme cuando un destello azul blanquecino ilumina el cielo tres metros por encima de la terraza de mi habitación y dos estelas de fuego calientan el aire nocturno. Reconocería ese coche en cualquier lado. ¡El DeLorean! ¡Al fin!

21 de octubre de 2015.

El futuro se ha vuelto presente sin darnos cuenta y de la misma manera, en breve, todo será un recuerdo. Han pasado 30 años, así, de un plumazo, pero para Marty y Doc solo ha sido un centelleo en el continuo espacio/tiempo.

—¡Hola chico, cuánto tiempo! ¿Vamos bien para Hill Valley? — exclama Doc al verme mientras me guiña un ojo y abre la puerta de mariposa de acero inoxidable de la máquina del tiempo.—La última vez que te vi no levantabas un palmo del suelo…

—¡Doc! ¡Marty! ¡Se me ha hecho largo, chicos!

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Marty, da un pequeño y grácil salto desde el habitáculo del coche hasta la terraza de mi habitación y le da un beso a mi novia —que tiene la boca abierta como una muñeca hinchable— en la mejilla.

—Veo que has sido papi…al cuadrado. Buen trabajo Tony…

—Ya ves Marty, Sperman me llaman. Y eso que no estaba concentrado que si me pongo de verdad hago media docena.

Les hago pasar y durante un rato nos ponemos al día. Les cuento todo lo que ha pasado en los últimos 30 años: les descubro Internet y debido a sus insistencia acabo haciéndoles una dirección de correo electrónico a cada uno: martymcfly@gmail.com y doc@gmail.com. Niegan con la cabeza, en silencio cuando les cuento las guerras del Golfo y la de Irak y se les pone el vello de punta cuando les anuncio el atentado a las Torres Gemelas. Marty le implora con la mirada, pero Doc niega, con gesto grave, con la cabeza. “No podemos intervenir”.

La crónica deportiva pasa por la Roja y sus gestas. Por el gol de Abreu. Les sorprenden que Bill Cosby sea un violador casi tanto como que esté a punto de estrenarse el Episodio VII de La Guerra de las Galaxias; nos reímos cuando les cuento que a Sabrina se le escapo una teta en fin de año y le doy un sobre a Marty para que lo lea cuando pueda. En la carta le cuento que el actor que le encarna, Michael J. Fox, padecerá dentro de muy poco la enfermedad de Parkinson. En una escena familiar, rompe la carta en muchos trocitos y me dice lo que ya sé. “No debemos saber nada sobre nuestro futuro”.

Raquel nos ofrece unas Coca Colas zero con cafeína, pero las rechazan.

—Somos más de Pepsi Perfect.

Aseguran que el futuro no es como se lo esperaban y hacemos una lista de cosas que deberían haber sido y no son. Ellos preguntan y yo respondo.

—¿Hoverboard?

—Estamos trabajando en ello.

—¿Videoconferencia?

—Sí, eso sí. Se llama Skype.

—¿La mujer explosiva?

—Tenemos Badoo.

Debido a su insistencia también acabo abriéndoles una cuenta a cada uno. Marty1985 y DocPerillón.

—¿Robocordones?

—Ummmm, no exactamente. Se está volviendo al velcro.

—Coches voladores sí, ¿no?

—Pues la verdad es que no. Ni patinetes, ni coches. No hay nada que vuele, pero hemos inventado los drones.

—¿Drones? ¿Y para que sirven?—pregunta el inventor curioso que es Doc Brown. No para de tomar notas de lo que le cuento.

—Para llevar cosas de un sitio a otro, tienen aplicaciones militares, para llevar órganos en operaciones…

—Qué fuerte…—susurra sorprendido Marty.

Ponemos la tele, quizás un informativo les haga ver cómo es de verdad el siglo XXI. Los bebés duermen plácidamente en el salón y mi novia sigue con la boca abierta sin pestañear. Ahora es ella la que  parece una friqui.

—¿Ese quién es?—pregunta Marty.

—Es Pablo Iglesias. Paul Churches.

—¿Y en qué grupo toca?

—No es un artista. Es un político. Pero si tocase algo yo diría que sería la armónica.

—¿Qué tal los políticos del futuro?

_ Bueno… Digamos que a más de uno le hacía falta una descarga de 1,21 gigavatios… Vía anal.

_Comprendo.

Hacemos zapping y se quedan maravillados de lo mucho que ha cambiado el mundo y lo poco que lo ha hecho Jordi Hurtado.

—Es más— apostilla Doc— creo que está exactamente en la misma posición que en 1985. La sonrisa es exactamente la misma, en serio, soy muy bueno con las caras.

Nos despedimos. Los echaré de menos. Marty le da un beso a los bebés en la frente y Doc hace una reverencia a Raquel que parece que empieza a reaccionar. La pareja de viajeros en el tiempo se sube al coche y el rugido del motor inunda el bloque de edificios. No me acabo de acostumbrar a verlo elevarse en la noche; el zumbido  del motor va en aumento: el destello blanco y azul inunda de nuevo la calle y la onda expansiva de la turbulencia espacio temporal me levanta el pelo y mueve mi camiseta.

Supongo que habrán vuelto a 1985, a la época de Reagan, de Michael Jackson, del VHS…

Yo me quedo de momento en 2015. Por fin he llegado.

Estoy en el futuro.

 

 

 

 

 

 

El día de la operación y un viaje en el tiempo

Ha llegado el día.

 

Durante todo este tiempo he intentado no pensar en el tema más de lo necesario, pero ahora entre unos y otros ya no puedo seguir con esta actitud de avestruz y he de enfrentarme a la realidad.Con madurez, con aplomo y  elegancia, como es natural en mí.  A esta edad uno ve las cosas con más sosiego y sabe que tal y como avanza la medicina “maloserá”. Y es que es cierto. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo ha avanzado la cosa!

De pequeño recuerdo que si te ponías enfermo todo se solucionaba con dos objetos: un termómetro y un supositorio. Y a tomar por culo. Nunca mejor dicho. ¿Existen aún los supositorios? Aquello era una experiencia íntima que cada uno vivía a su manera. ¿A vosotros también os ayudaba vuestra madre a meter el supositorio en su “funda”?  ¡La medicina! ¡Los supositorios! ¡Las madres! Una fiesta continua.

Y si había sangre de por medio todo se arreglaba con un punto aquí y otro allá.

Una vez, a los 10 años, rompí una ventana de un puñetazo (entre cabreo y arrebato siempre he tenido ese carácter afable y bonachón del que hacemos gala la gente agresiva y desequilibrada). Le di tal leñazo que me corté y la sangre comenzó a salir a borbotones. Me encanta esa expresión: A borbotones. ¿Cómo salía? A borbotones. Es una de esas palabras que se merece que alguien le componga una rumba.

A lo que vamos.

La sangre salía a borbotones y mi cara pasó de la furia envenenada de “La Masa” (Hulk es un invento reciente) al terror absoluto del niño al que le golpea la certeza de una muerte segura.  ¡Qué exagerado!, pensaréis. En absoluto, esa mortal certidumbre tenía una explicación, pero para entenderla…

…tenemos que viajar en el tiempo.

 

Lunes, 10 de marzo de 1986. Segunda hora de clase, Naturales.

Ya estamos aquí, es 1986, la primavera se acerca, el frío aprieta  y durante el recreo me he pegado una buena panzada a correr. ¡Menudo partido! Mejores contra peores. Han ganado los mejores 18 a 1. Hoy me ha tocado ir con los peores por que Valeriano no ha querido jugar. Soy el último de los mejores así que oscilo entre la gloria y la humillación dependiendo de cómo se levante Valeriano. Noto el corazón latiendo como un bombo y como el sudor se enfría en mi enrojecida frente. Don Soto, profesor de Naturales pide silencio con un grito y sin más comienza su explicación.

El aparato circulatorio

Soto baja una lámina que cuelga del encerado y nos dice que abramos los libros por la página 28. Allí está. El aparato circulatorio. Encantado.

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(Acotación del Antón de 2014. Nótese que en el siglo XXI el aparato circulatorio, así en general, pertenece a Microsoft. Lo veía venir.)

 

En cuanto le echo un vistazo me asalta la duda. Ya hemos visto el aparato respiratorio, el digestivo y el aparato de Valeriano que cada vez que se le cruza el cable saca a pasear el nardo hasta que un cura le da con la regla para poner coto a su afán exhibicionista. El cura le da con la regla en la cabeza. No quiero que haya confusiones en este punto.

Mi duda es la siguiente. ¿Cómo pueden estar todos esos aparatos en el cuerpo humano? ¿No somos tan anchos no? Es decir, en el cuerpo de Juan, que es un gordocabrón, sí que pueden caber estos aparatos y muchos más. Juan, el gordo (él se cabrea cuando le llamó así, pero le argumento que es nombre de rey y aquí paz y después gloria) no para de comer y asegura que no está grueso, que su madre le ha dicho que tiene percha. Yo, más que percha, creo que tiene el fondo de armario al completo, pero como tiene un brazo como el cerrojo de un penal, pues me callo no vaya a ser que lo suelte a pasear. A Juan vale, pero ¿cómo pueden caberme a mí que estoy escuhimizado todos esos aparatos dentro? Cuando me doy cuenta ya tengo la mano levantada.

A ver Cruces, ¿qué le inquieta ahora?
Nada profe, es que estaba pensando que cómo nos caben todos esos aparatos en el cuerpo. No logro entenderlo.
Pues muy fácil. ¿Cómo caben metros y metros de hilo en un carrete? Pues ahí tienes la respuesta.
 

Una respuesta guay. Ahora ya entiendo lo del cuerpo, lo que me carcome es quien se encarga de enroscar el hilo en el carrete, pero creo que no es el momento.

Soto nos explica las venas, las arterias, los capilares, que si la aorta, que si la cava, que si el corazón…

Soto, ¿y si uno se corta y sangra mucho durante mucho tiempo qué pasa? – pregunta Valeriano que en esta ocasión no tiene el ciruelo en la mano.

A ver simpático, ¿tú que crees que te va a pasar?

Pues que me moriría.

¡De la tontería que tienes encima te vas a morir! ¡Con un par de puntos listo Valeriano!

 

O sea que la sangre es como la gasolina de un coche, si a uno se le acaba…se acabó el viaje.

 

Fin del viaje en tiempo. 

 

Y esa fue precisamente, la certeza que me golpeo al ver mi mano sangrando a borbotones después de golpear la ventana.

¡Me muero, me desangro! ¡Me muero!

Mi madre alertada por los gritos apareció, como un ángel de la guarda, justo a tiempo. Las lágrimas me nublaban la vista  y sentía el gélido aliento de la parca en mi nuca. ¡Mamá, me muero!, no paraba de gritar, la sangre lo teñía todo de rojo y solo esperaba que mi madre llegase a tiempo para despedirme.

Y llegó a tiempo.

Vaya si llegó.

descarga

 

En toda la boca.

A partir de este primer golpe el tiempo se paró.  Lo que viene a continuación lo viví a cámara lenta, pero no debió durar más de 15 segundos, pero a una madre con ganas de bronca le sobran diez para dejarte fino filipino.

Pero tú qué has hecho, dijo, aunque la frase tardó diez segundos en decirla y sonaba como un disco que va a la mitad de velocidad. Mientras pronunciaba esas correosas e interminables palabras, me agarró del pelo y me zarandeo, el zarandeo fue a cámara superlenta y vi, desde fuera, mis mofletes ondear debido al ensañamiento. Por burro. Me muero mamá, dije yo , sin entender nada. Si no te mueres te mató yo, a quién se le ocurre. Y entonces soltó uno de sus insultos preferidos, uno de esos que, para ser honestos, no le he escuchado a mucha gente. Un insulto ochentero.

¡Oligofrénico!

Claro que escuchar a alguien llamarte oligofrénico con la cara desencajada y con la voz ralentizada…sin comentarios.

Pongamos todo a velocidad normal de nuevo.

Pim, pam, pum. Golpe. Grito. Zarandeo. Oligofrénico por aquí, cómoseteocurre por allá. Fue entonces, entre esa marabunta de sangre, lágrimas y léxico afilado cuando vi la luz. Puntos. Lo que hacía falta para salvarme la vida eran puntos.

¡Mamá, dame puntos!

Maldita la hora.

(continuará…)

P.d. Este era un post sobre la operación, en principio es dentro de unas horas, pero se me ha ido el hilo argumental. Era un post sobre cosas que pueden salir mal, pero ya lo haré. A no ser que alguna de las cosas que pueden salir mal salga mal. En ese caso es probable que no lo haga.

Lo dicho, a la mesa de operaciones con madurez y elegancia. Os dejo que me tengo que sacar mi pijama de Minion y tirar para Santiago.

 

¡Salud hermanos!

En la puerta del sol…

Queridos amigos:

Estoy a punto de viajar de nuevo en el tiempo, a punto de llegar a 2014. Desde hace unas horas 1985 queda un poquito más lejos.

Si miro por el espejo retrovisor de mi imaginación cada vez lo veo más pequeñito, se difumina sí, pero de momento sigue presente, con fuerza y resonando en mi cabeza.

2013 fue al año en que arrancó esta aventura de Cartas a 1985 la cual os aseguro que es gratificante y sorpredente aunque da más chollo que un Gremlin en un Aquapark.

Ahora encaramos 2014 con ilusión y los huevos de corbata ante el panorama (no os voy a mentir), pero hay que mirar hacia adelante y moverse en espiral. Durante este 2014 habrá momentos duros, pero que sepáis que esta ventana a 1985 seguirá abierta para todos vosotros.

bill murray

Sin más, recibid un cordial saludo de mi yo de 2013.

¡Feliz 2014!

P.D: Como dice el niño en la última escena de “Los fantasmas atacan al jefe”:

…y que Dios nos bendiga a todos.

Lagrimón cada vez que lo veo.

¡Salud hermanos!