Desahuciando a Superman (Cap. 6): Don Carlos

En capítulos anteriores de Desahuciando a Superman:

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─ ¡Es el Universal! ¡ No puedo creerlo! ¡Es el Universal!¡Está como siempre!

Hace un par de horas creía que no quedaba nada de este lugar y ahora…

Miro hacia el techo y veo las luces que iluminan la estancia, pequeñas antorchas eléctricas custodian los pasillos laterales y le otorgan un aire señorial. Recuerdo que de pequeño me asustaba el aspecto del cine entre tinieblas. Todo está exactamente tal y cómo lo recordaba. ¡Hace tanto tiempo! Era como sumergirse en una fotografía antigua. El grueso telón morado cubre la pantalla y me da la sensación de que la función va a comenzar en cualquier momento.

─ ¿Sorprendido?

Capítulo 6: Don Carlos

Su voz me sobresalta. Lo tengo justo al lado, pero estoy tan descolocado y abstraído que no me he dado cuenta de que se acercaba. Nos dejamos caer a la vez en las butacas. Sigo mirando, incrédulo, hacia los lados mientras las preguntas se amontonan en mi cabeza como coches en un accidente múltiple, pero no logró articular ningún sonido. Todo esto me supera, es como estar en una enorme máquina del tiempo. Miro mi reloj y la ironía toma la palabra y me saca de un apuro una vez más.

─ ¿Qué peli van a poner Mr.E?─ pregunto con una enorme sonrisa en los labios ─. ¿Me da tiempo a pillar unas palomitas o qué?

Mr. E. sacude la cabeza y asiente divertido mientras Sally reaparece tras haber dado buena cuenta de su banquete. Trepa por el brazo de su dueño y vuelve a acomodarse en su hombro.

─Necesito respuestas Mr.E. Están pasando cosas muy extrañas últimamente.

─Lo sé A, lo sé. ¿Qué quieres saber?

─No, no creo que te hagas una idea la verdad. ¿Cómo has logrado conservar así este lugar? ¿Lo sabe alguien?

─ ¡Sí A. claro que lo sabe alguien!─el hombre hace una pausa y matiza sus palabras─  bueno, más o menos…

─¿Cómo que más o menos? ¡O lo sabe alguien o no!

─Sí lo sabe alguien, es decir… lo sabía, pero murió hace un par de años. Esa es la verdad.

─¿Cómo que murió…de qué hablas?

Mr. E. parece nervioso, pero no para de sonreír entre dientes. Apostaría a que la situación lejos de ser incómoda, en realidad, le divierte.

─Es sencillo. No esperes ninguna historia escabrosa porque no la hay, solo es una gran y conveniente casualidad, como en las películas que tanto te gustan. ¿Recuerdas a Don Carlos?

Mi mente lo localiza enseguida entre mis recuerdos y un nudo se forma en mi estómago. Asiento sorprendido con la cabeza. Don Carlos era otro de los profesores del colegio de curas en el que impartía clase Don Eladio antes de encontrar su verdadera vocación. Según cuenta la leyenda (más bien los chismes), todo el mundo, incluidos los padres y el resto de sus colegas le tenían absoluto terror. Su aliento apestaba a tabaco y tenía la dentadura negra y podrida como la del más feroz de los ogros. Los jueves por la tarde teníamos dos horas de dibujo con él, y lo cierto es que eran un suplicio.

Lo recuerdo vivamente y un escalofrío aún recorre mi espina dorsal al imaginar sus pequeños ojos saltones mirandome a través de las gafas tintadas.  Recuerdo que siempre me temblaban las piernas en la fila del recreo que nos llevaba al matadero. A su clase. Las leyendas sobre auténticas palizas a alumnos de apenas 30 kilos corrían por los pasillos del colegio como la pólvora. Decían que estaba loco.

Sally me lee el pensamiento. Hace un ruidito y salta desde su refugio en el hombro de Mr. E.  hasta la fila delantera de butacas. Entrecierra sus ojos grandes  y me lanza una mirada que interpreto como Tío, no quiero oírlo. A continuación se pierde entre los asientos del Universal.

Afortunadamente Don Carlos nunca me puso la mano encima, aunque poco faltó. Muy poco, pero eso es otra historia. No todos tuvieron mi suerte. Muchos fueron los caídos.

Yo le perdí la pista, gracias a Dios, nada más acabar el colegio. Sabía por los periódicos que acabó teniendo algún despacho en el ayuntamiento por algo relacionado con la cultura. También había tenido noticias de su muerte que se produjo hacía unos años. Sinceramente, no creo que nadie hubiese llorado a semejante hijo de perra la verdad.

─¿Él es el fiambre? ¿Don Carlos?

─¡Correcto A! Él era el encargado de custodiar la llave del Universal. Un día, hace un par de años, hice acopio de valor y me acerqué a su despacho para pedírsela. Hacía casi 30 años que no tenía a esa sabandija cara a cara, pero le reconocí enseguida. A él le costó un poco más. Al principio no cayó en la cuenta de quién era yo, y me miro de arriba abajo un par de veces  con una mezcla de pena y asco. De repente se le debió iluminar la bombilla porque juraría que casi se le sale el corazón por la boca y creo que dio un respingo en su sillón. Intenté explicarle amablemente que estaba trabajando en la conservación de unas películas y que todo apuntaba a que, posiblemente, estuviesen perdidas en algún oscuro lugar del inmueble, pero no quería saber nada. Estaba nervioso e incómodo. Se excusó y salió de la habitación como alma que lleva el diablo. Al cabo de unos segundo regresó con una pequeña caja negra, en su interior brillaba la llave que reconocí enseguida. Asustado y cabizbajo me dijo que podía llevármela, pero que tendría que devolverla en un plazo máximo de 24 horas.

─¿Y?

─Murió esa misma noche.

─Y tú no devolviste la llave claro…

─¡Iba a hacerlo! ¡Te lo juro A!, pero el Universal estaba tan descuidado que no pude evitar hacer algo. Los días fueron pasando y nadie reclamaba la llave. Puede que nadie sepa ni siquiera que la maldita llave existe, pensé. Y hasta ahora.

─¿Así que llevas todo este tiempo restaurando el Universal tú solo?

─Sí─ Sally vuelve a aparecer en escena como recriminándole su falta de tacto al acomodador─.Bueno, lo cierto es que Sally me ha ayudado bastante. El primer día me limité a sacar algo de la basura que se había amontonado durante todos esos años, a limpiar el polvo… ese tipo de cosas ya sabes, pero poco a poco no pude evitar involucrarme cada vez más. Fui muy feliz aquí A. No podía soportar verlo tan sucio, tan muerto.

─Podías haberme pedido ayuda.

─Quise hacerlo en un millón de ocasiones te lo aseguro, pero nunca encontraba el momento adecuado. Bastantes problemas tenías tu por aquella época con el divorcio de tus padres, pensé que no tendrías tiempo para ayudar a un viejo a mover trastos de aquí para allá.

─Pues te equivocaste amigo─pongo mi mano sobre su hombro a modo de cariñosa reprimenda.

─Lo sé. Lo he visto en tu mirada al encender la luz, pero tranquilo, aún puedes ayudarme. ¡Queda muchísimo por hacer! ¡Te has quedado de piedra ¿eh A?!

─Y tanto ─miro de nuevo hacia los lados. Quiero cerciorarme de que no es un sueño. Sally se lanza a mis manos como un ratón kamikaze─. Mr. E. siento ser pesado pero necesito más respuestas. No tienen nada que ver con esto. Verás…

─No─responde tajantemente el acomodador.

─¿Perdón?

─La respuesta es no─repite mi amigo mientras me clava su firme mirada─. Tus nuevos amiguitos no se pueden quedar aquí.

continued

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