100% ignífugo (Parte III): Cals Rises

Madrid 2005. Estación de metro Alonso Martínez.

Primer día de trabajo. Cals lleva la friolera de cinco minutos en la calle y ya se ha dado cuenta de la mala idea que ha tenido al mentir sobre el coche. No contaba con las muestras que tiene que llevar a cada visita. Una del colchón y un par de almohadas de regalo para cada cliente. Castigo de Dios por mentir. Al menos es mejor que una Hostia Rayo.

A media mañana los pies y las rodillas empiezan a pasarle factura. Al caer la tarde se encuentra literalmente destrozado. Además no ha vendido ni un solo colchón. En realidad, ni siquiera ha conseguido soltarle a nadie el espectacular guion que tiene preparado. Tony y él estuvieron limándolo hasta las tres de la mañana. Tony podía ser un poco cabrón a veces, pero se veía a la legua que le apasionaba el mundo de los colchones. No paraba de preguntar detalles sobre esto y lo otro mientras veían Los Serrano, sin lugar a dudas la mejor serie de la historia de la televisión. Pronto llegaría el final de la serie y seguro que los guionistas estarán a la altura, pero ese es otro tema.

Hasta el momento no ha tenido la oportunidad de mostrar su gran producto. Eso es lo que más le duele. Y eso que las citas eran concertadas. Menos mal. Una señora le cerró la puerta en las narices, otros dos clientes potenciales no estaban en casa y un par más ni siquiera sabían de les estaba hablando. La vida del vendedor a domicilio es difícil. A la primera y a la última consiguió explicarles por encima de qué iba la historia e incluso les regaló sus correspondientes obsequios. Más que nada para soltar algo de lastre. Cada vez que regala una almohada, vuelve a la taquilla del centro comercial donde tiene su base de operaciones y la repone.

Sin duda es un hombre con un plan.

De momento ya ha aportado algo a la empresa: pérdidas.

Van seis horas de jornada laboral, de ellas al menos tres y media se le han esfumado en metro, en el bus y, sobretodo, andando. No puede con los pies. Echa un vistazo al horario  de las visitas programadas. Quedan seis. Imposible. Aunque alargue la jornada un par de horas, le podría dar tiempo a dos, tres a lo sumo.

«Madrid no es Pontevedra», piensa. «¿Por qué nadie me lo dijo antes?»

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Los conductores de los vehículos no reparan en la figura que divisan en la lontananza, esa a la que se aproximan a gran velocidad. Es el bueno y eficiente Cals que arrastra dos pequeñas maletas de viaje y un par de almohadas más debajo del brazo. A esa hora ya va completamente descamisado, el sudor salpica su frente. De los callos en los pies mejor ni hablar. Nota la sangre seca entre los dedos. Se quiere ir a casa. Está a punto de tirar la toalla. Se sienta a descansar en el borde de una acera y se enciende un cigarro. Ojea de nuevo la lista de direcciones. No hay nada que hacer. Un segundo…espera… sus ojos se abren como platos.¡La última dirección está aquí al lado, apenas a unos cientos de metros! El día aún puede acabar bien. La banda sonora de Rocky, compañera de tantas batallas, comienza a sonar en su cabeza.

Pulsad Play si queréis sentir la sensación que Juan experimentó.

Cals Rises.

Se levanta, recto como un falo, con un solo movimiento. Puede conseguirlo. Recoge sus bártulos como una centella, una nueva fuerza, un segundo aliento le domina y guía sus pasos. Se viene arriba. Madrid es grande sí, pero eso no es excusa para que un tío como él no pueda vender un colchón. Que la cita sea tan cerca (apenas al doblar la esquina) tiene que tratarse de una señal.

Repasa el guion mentalmente por enésima vez y mientras se acerca a la dirección que figura en la tarjeta practica distintos tonos para su presentación. La ficha le informa  que se trata de un señor mayor, su especialidad. A su abuela siempre le saca algo de pasta. Va a ser pan comido.

rocky

Por fin llega al portal. Se ajusta la corbata con un rápido movimiento, se mete la camisa por dentro y se persigna. Es El Paquirri de las Ventas. Puedo conseguirlo todo. Todo va a salir bien, se dice.

Mentira. Nada más lejos de la realidad…el desastre le esperaba al otro lado de esa puerta.

Continuará…

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