Diario de a bordo: Las aventuras de Ladilla y Ladrillo

Añorado Capitán, hace un par de semanas que no le escribo. Desde la llegada de estos dos seres a nuestras vidas me cuesta mantener una conversación completa con otro humano. Siempre hay un gritito, una lágrima, un ruido gutural no identificado, un biberón o un pedo que me interrumpe. Soy como el chino aquel que tenía 50 platos bailando al mismo tiempo y tenía que hacer que todos siguiesen girando. Así me siento.

Si casi no puedo hablar…imagínese escribir un informe. Aún así, vamos a intentarlo.

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Los bebés siguen creciendo a pasos agigantados. Son de lágrima inquieta y escroto fornido. Bueno, en realidad no debería colgarme medallas, al parecer todos los niños tienen el escroto generoso y ya después, con los meses, va bajando hasta el punto de ser irrisorio. Ya decía yo, Capitán, que ese escroto no era de mi familia, pero en fin, no nos desviemos del tema y prosigamos con el informe.

No vea usted como comen, es algo increíble. Parece mentira que un cuerpo tan pequeño pueda absorber tanto nutriente y escupir semejantes gases.

Son como MiniFaletes.

La naturaleza humana es asombrosa. Hemos descubierto que para apaciguarlos cuando están inquietos (“dan por el culo”, dice su madre, en un lenguaje coloquial y divertido que suele producirse a altas horas de la madrugada) hay que ponerles música. Les encanta Sam Cooke, un humano que cantaba muy bien hace unas décadas. Mientras escribo estas líneas con una mano y uno de los bebés en la otra suena The Twist de Chubby Checker.

Así que es muy sencillo hacer que se tranquilicen. El problema es que como él éxito de la misión llego más tarde que pronto (39 años humanos)  la espalda ya tira. Podrían mandarme un cápsula rejuvenecedora y de paso una faja, que la barriga me ha crecido un poco y no sé por qué.

Nota: Capitán, el estudio secundario que me encargaron sobre el bocata de chorizo, la zorza y los fritos arroja unas conclusiones asombrosas. No hay duda. No adelgazan.

Las personalidades, aunque de manera embrionaria, ya se van formando. Son cambiantes, pero ahí están.

A. es una Drama Queen. Como se le mueva un milímetro el chupete ya hay jarana. Inquieto y despierto de naturaleza, no para de emitir sonidos guturales que posiblemente un delfín entendería, pero que a nosotros se nos escapan. Su nerviosismo le ha hecho ganarse su apodo: Ladilla.

T., por el contrario, es mucho más pachorro, como un concejal de urbanismo jubilado. Es más grande que su hermano, le gusta dormir, que le dejen en paz y eructar como un jeque en un churrasco. Ya puede estar cagado por triplicado, meado y durmiendo encima de un cactus que por él no hay problema. Su saber estar y ansia por engullir le ha hecho ganarse su apodo: Ladrillo.

Somos conscientes de que puede haber fluctuaciones en la personalidad y más a tan tierna edad.

Al parecer han llegado a un acuerdo no verbal entre ellos para que siempre exista un relevo de  Si uno caga el otro espera, sibilino y acechante, a que su hermano esté cambiado, es entonces  y solo entonces el cuando el otro suelta la bomba. Mientras tanto sus padres vivimos en un agujero negro interminable de heces y biberones. Llamadme conspiranoico, pero juraría que les he visto guiñarse un ojo y reírse de nosotros.

Puede que sea temprano para decirlo, pero creo que van a ser guardiaciviles. Es que van a pillarte. Cuando menos te los esperas ahí están. Yo como soy rencoroso, y el rencor no entiende de familias, sacó la guitarra y les cantó un par de canciones humanas. Noto que quieren escapar, pero como sus músculos aún no están formados no tienen a dónde ir. Risa maléfica.

Ser padre de mellizos, Capitán, es toda una aventura y solo acaba de empezar.

Las señoras siguen preguntándonos si son dos niños o dos niñas.

Voy a empezar a llevarlos en el carro con el escroto al aire.

Aunque tal como está este mundo… alguna aún seguiría preguntando.

Seguiremos informando.

 

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