Efecto Perla

Trabajar de cara al público me ha regalado algunos momentos memorables. Éste es uno de ellos. Sucedió cuando trabajaba como vendedor de una conocida marca de automóviles.

Año 2008

Durante seis meses (que se me hicieron eternos) me veo inmerso casi por casualidad en el desconocido sector de la venta de automóviles.

Yo vendiendo coches.

Yo.

Que me acabo de sacar el carnet de conducir a los 32 años. Sin comentarios.

La L aún cuelga del Ford Ka de mi madre, pero ese detalle trae sin cuidado a mi jefe que me obliga a currarme unas maniobras en un cambio de rasante que a mi se me antoja el Teide.  Mientras me peleo con el cambio automático puedo escuchar su voz de cazallero indicándome cómo debo maniobrar.

-¡Gira todo! ¡Gira! ¡Antóonnnn! ¡Qué haces joder! ¡Gir..! ¡Pal otro lado! ¡Así no! ¡Antóoooon! ¡A la derechaa…la otra derecha animal! ¡Paraaaaa burroooo!

Sus amables palabras de ánimo no me llegan de forma clara, pero las intuyo. Rebotan en las paredes del concesionario y se pierden formando un eco ilegible con el ruido del motor.

El sudor empieza a perlar mi frente y la corbata me aprieta. Me aflojo el nudo. Me doy cuenta de que desde fuera debo parecer un jinete de rodeo que intenta domar al toro más salvaje.

¡Yihaaaa!.

M. ,que así se llama el jefe, se restriega desesperado la palma de la mano por la cara y niega con la cabeza. ¿De dónde habrán sacado a este tío?

El dueño de la empresa permanecerá grabado en mi memoria como el vendedor definitivo, el Rey de Reyes del negocio de la Automoción, solo seguido muy de cerca por mi amigo Cals Plymouth y su historia del colchón ignífugo que os explicaré en otro momento.

Un bonito día de primavera se deja caer por el concesionario un señor de sesenta y pocos años con pinta de abuelete entrañable. Me dice que quiere cambiar su coche que está IMPECABLE (este es, con diferencia, el adjetivo que más veces se escucha en un concesionario de cohes) por un modelo mejor. Entablo conversación con el simpático hombre y le muestro el mejor kilómetro cero que tengo en ese momento en la tienda. Lo camelo sin mentirle y empleo el truco que nunca me falla para deslizar el precio en la conversación y además obtener una sonrisa. Le digo que el coche cuesta 30.000 euros, pero que pilla lo que quiera: Onda Cero, la SER, Radio Nacional…al tío le hace gracia y cuando se quiere dar cuenta ya lo estamos probando por la autopista. Veo que el coche le pone.

Damos una vuelta y me cuenta un poco su vida. Yo como buen comercial finjo que me interesa. Lo tengo en el bote. Me siento sucio, pero el vendedor que va creciendo en mi interior disfruta con la situación. Soy como Superman en Superman III cuando se vuelve MALO.

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No hay nada peor (para los demás) que ser un cabrón con superpoderes. Le miro de reojo. Con codicia.

Cuando bajamos del vehículo, se aleja un par de pasos para tomar perspectiva con el coche, como si de un pintor que observa su obra se tratase. De repente, atisbo la duda en sus ojos. Él me cuenta que el coche le encanta, pero que si aparece en casa con un coche negro su mujer le cuelga. El precio de los 30.000 solo vale para ese coche. No para uno nuevo. Además mi comisión es mayor si vendo éste. Tiene que comprarlo. Me doy asco, pero mi nuevo yo es muy fuerte.

La frase fatídica brota de su boca:

Lo tengo que pensar.

¡Lo que tienes es que ir al oculista cabrón que el coche ya era negro hace media hora! No lo digo. Me callo. El ente que vive en mi quiero estrangularlo para cobrar la comisión , pero misteriosamente solo puedo sonreír. Me doy miedo.

Cuando todo parece perdido M. surge de la nada. Lo recuerdo saliendo del concesionario hacia nuestra posición. Es el héroe que entra en batalla cuando más falta hace. Con su barriga asomando, el palillo en la boca y medio calzado por haberse tomado algún Sol y Sombra de más. Solo le falta tocarse las pelotas a dos manos…un momento…no…ahí está…se las toca. Lo contrario a James Bond. Ese es mi jefe.

Aquí llega uno de esos momentos inolvidables. El hombre le explica el motivo de su duda y mi jefe con sus dos cojones curtidos en mil y una ventas suelta:

-¿Cómo que negro hombre? ¡Es Efecto Perla!

Una chicuelina digna de José Tomás. Lo peor de todo esto es que mi superior se lo cree de verdad.

A mi juicio, y sin ser un experto en colorimetría, pienso que nunca antes ni después he visto un negro más oscuro. Jamás.

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-Parece negro por el sol – argumentó el encantador de serpientes. Es Efecto Perla hombre…

Asisto atónito a esta orgía de mentiras sin dar crédito. Empiezo a admirar a ese hombre, no como vendedor, pero sí como humorista. No logró contener la risa y me retiro a mi cubículo sin llamar la atención. Menuda treta más absurda para colocar el coche. Imposible, pienso.

A los diez minutos mi jefe tenía el coche vendido. Sabe más el diablo…

Epílogo 2013.

M. no era mala persona. Hizo una gran corrida esa tarde y me brindó las dos orejas y el rabo, es decir, me apuntó a mi la venta y  la comisión subió a mi marcador. Poco después, el Superman bueno ganó al malo y dejé ese (en mi experiencia) horrible y lucrativo negocio. Eso sí, siempre me ha quedado una duda:

¿Cómo le explicas a tu mujer que te acabas de gastar 30.000 euros en un coche del único color que ella te ha prohibido expresamente?

Cuéntale tú que el coche no es negro, que es Efecto Perla…

La historia acabaría así…

Mujer golpea hombre

Salud hermanos.

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