Entre bambalinas

Desde hace seis años colaboro con una televisión local haciendo reportajes. Son trabajos puntuales que me han permitido conocer a fondo la comarca del Salnés y ganar algo de dinerillo. Lo mejor que tiene esta zona no es el vino (cojonudo), ni  la comida (exquisita), ni los paisajes, no. Lo mejor es su gente que, en líneas generales, es más buena que el pan y más noble que un escudero.

Evidentemente recorrerse la mitad de las fiestas de la zona en apenas dos meses también tiene efectos negativos.

Por ejemplo: el año pasado tuve que escuchar unas veinte veces “El vals de las mariposas”; creo que he desarrollado una profunda y letal alergia a esta melodía y sé que si la escuchase una sola vez más moriría sin remedio, micro en mano y víctima del más horrible de los dolores (se llamaba Lola).

Durante estos años he tenido la oportunidad de ver de cerca a personajes tan nuestros como Rafael (que me cantó el Antón Pirulero y me dieron ganas de hacerle comer la almohadilla del micro), Manolo Escobar, Soralla, La Oreja de Van Gogh, el alcalde de Poio, pero lo de ayer fue especial.

Ayer conocí a Karina.

KArina

Y os diré la verdad. ¡Qué señora más maja!

Al final te das cuenta de que entre bambalinas es ese lugar en el que el glamour se pierde y el artista es solo uno más, perdido e impaciente antes de salir al escenario. Ahí estaban tres artistas como la copa de un pino: Karina, Chenoa y el cachondo de Civera con quien da gusto hablar, siempre con una sonrisa en la boca el tío.

Entre bambalinas es el rincón en el que los artistas se convierten en currantes y en pacientes de una eterna sala de espera.  Y no sé si me molaría llevar ese tipo de vida la verdad, no me dieron mucha envidia que queréis que os diga, Olvidaos de grupillos de mierda que se emborrachan después de cada concierto (en el caso de Marvelpop bebemos antes para calentar y después para olvidar), estos son profesionales. Mucho más allá de lo que se hubiese podido imaginar Pazos de Airbag. Muy profesionales.

Entre bambalinas me atendieron los tres. Es su trabajo, dice uno, Vale. Pues lo hicieron muy bien, y creedme que en este mundo de la farándula hay mucho soplapollas, incontables drogadictos y un sinfín de estafadores de medio pelo. En casi todas las ocasiones las tres características confluyen.

Por ejemplo, la empresa que organizó el evento hasta hace poco le chupaba la sangre a los grupos locales a base de promesas que no valen nada, mentiras y triquiñuelas varias, Unos bandoleros de cuidado. Gracias a Dios que otro grupo nos avisó  a tiempo que si no probablemente hubiésemos caído en la trampa para ratones. Nos ofrecían el oro y el moro y les dijimos que muy bien, que de acuerdo, pero por escrito.

Hasta hoy.

Lo dicho, ladrones de guante sucio.

A Karina le debió entrar un apretón porque tuvo que meterse en esos horribles baños de plástico que hay en los conciertos a hacer sus cosas de Karina. Desde fuera la estructura se bamboleaba tanto que por un momento visualicé a Karina convertida en Hulk destrozando la cabina en pleno ataque de ira.

Nada más lejos de la realidad.

El meneo cesó, la cisterna sonó y Karina (aliviada) salió, angelical, del ataúd vertical con una sonrisa en la cara y satisfecha por la hazaña.

En ese momento no envidio a Karina.

Poco después sube al escenario y en apenas media hora repasa todos sus éxitos. Mi compañera me dice:

─Media hora…qué corto.

─ ¿Querías más o qué?

─No, pero se me ha hecho corto.

 Karina no es Bruce Springsteen.

No pretenderéis que la señora se marque tres horas y media de concierto (dos del Baúl de los recuerdos y media de Las flechas del amor).¿Qué falta de humanidad!

Toca las suyas y los clásicos de la época en un formato que bautizo mentalmente como “Por mí y por todos mis compañeros”. Y entonces ocurrió.

Comenzó a sonar “Las flechas del amor”

A pesar del play back (la música era play back, la voz en directo), a pesar de que los figurantes parecían los extras de Walking Dead, a pesar de todo eso…

Mi pie se empezó a mover. Primero fue un leve cosquilleo al que no di importancia. Sin previo aviso ese hormigueo derivó en pequeños impulsos eléctricos que dotaban de vida a mi dedo gordo que, cual regordete monstruo de Frankenstein, se retorcía de vida. Los otros cuatro dedos, miraban de reojo y contagiados por la melodía se empezaron a contorsionar en mi zapato mirándose unos a otros, sonriendo como Teleñecos y moviéndose al compás del hipnótico ritmo de la canción.

No me acuerdo de más. Fundido en negro.

Dos minutos después recuperé la conciencia. Seguía bailando como loco  con la cabeza en el pecho de una señora de 65 años con gafas y tres dientes de oro. Era una estampa feliz. Desconcertado miré a mi alrededor y pude ver que toda la plaza mostraba en su rotro la misma sonrisa henchida de optimismo que mi compañera de baile. Ahí no había crisis, ni desgracias, ni ninguna sombra cerniéndose sobre el futuro. Nada. Solo las flechas del amor en el aire.

Y Karina cantándola por enésima vez, defendiendo la canción y dejándola bien arriba. Ya puede venir Julián Ruiz a ladrarme desde su pedestal que esa canción es un temazo.

En ese momento envidio a Karina con todo mi corazón y toda mi inquina (Pareado)

Lo peor de la música son los prejuicios de los que la hacen y de los que la escuchan, Los primeros son peores y más graves. Todos los tenemos en mayor o menor medida y deshacerse de ellos es difícil, puede que imposible. ¡Ojo! No me confundáis prejuicios con gustos que no tiene nada que ver. Dicho esto…

El reto:

Subid el volumen de vuestro ordenador y dadle a Play. Dejaros llevar por Karina y su canción y os veréis avocados sin remedio a la felicidad. Garantizado.

Salud hermanos.

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