Hiperforia

Sábado, 21 de julio de 2012

El jueves fue mi cumpleaños. Desde que hago deporte mi padre me ha vuelto a admitir en la lista de posibles herederos. Me regala un bañador,unos tenis y unas gafas de nadar graduadas. Yo estoy deseando estrenarlas, pero tengo prisa. Acabo de llegar de Moaña, del trabajo, y tengo concierto por la noche y hay que prepararlo todo: cargar el equipo, hacer la prueba sonido, un sinfín de rituales. Meto la bolsa de deporte en el coche y me olvido de ella.

Saltemos unas  horas hacia adelante.

Tras el concierto descargamos las cosas en nuestro local. Ha sido un buen bolo y ya vamos un poco contentillos para celebrarlo. Si hubiese sido malo iríamos igual de contentillos. Para olvidar. En un momento dado me pongo las gafas y acontece el desastre. Se rompen justo por el puente que une los dos cristales.

Me cago en la leche. La montura no está mal, pero los cristales valen una pasta. Tengo una cosa que se llama hiperforia y es un coñazo, además de caro.

En ese momento tras los cubatas también padezco de euforia, lo que minimiza en mi mente el gran problema que tendré  una vez que remita el efecto de los vapores etílicos. Mi amigo Rafa me hace un apaño y me las pega con Loctite.

Están como nuevas, pienso yo imbuido en esa ignorancia etílica tan agradable y optimista.

Rezo para que aguanten hasta el lunes por la tarde. Tengo que ir a trabajar y no puedo conducir sin ellas. Ni conducir, ni trabajar, ni nada.

¡Qué bajón!, pienso por unos segundos.

Al carallo, me voy de fiesta.

Domingo

Fermento la resaca mientras agonizo en la cama. Un día perdido. Qué asco me doy. A mi edad…qué verguenza. Nunca más. Lo juro. Nunca más. No vuelvo a salir. Cuando llegue el viernes que me aten a la cama. Pienso en mi hígado y en lo que le diría si lo tuviese frente a frente:

Te quiero tío. No te lo tomes como nada personal.Tu aguanta macho que está fue la última, de verdad.

Mi hígado me mira, y una lágrima de ginebra cae por su mejilla. Nos abrazamos y prometemos empezar de nuevo. Juntos y desde cero.

Lo dicho nunca más.

Lunes

Suena el despertador muy temprano, me ducho, desayuno y veo las gafas encima de la mesa del salón. Me acerco sigiloso, para que no se asusten. Aguanto la respiración y las tomo entre mis manos. Puedo ver perfectamente t la fractura y la fina capa de pegamento que cubre la herida de guerra.

Buen trabajo Rafa.

Me da confianza, por la tarde ya iré a la óptica. Me las pongo. Siguen resistiendo. Bien.

Bajo a la calle, me meto en el coche y justo en el momento en el que arranco, se despegan. Se separan perfecta y sincronizadamente en dos trozos perfectos. Uno cae a la derecha y el otro a la izquierda, como si alguien me hubiesen dado un hachazo invisible en el medio de la frente . Cojonudo. Ahí estoy yo con las manos en el volante, mirando al frente, negando con la cabeza y jurando en arameo…

No tengo lentillas, no puedo conducir así. Soy un peligro para mí y para los que me rodean.

Espera un segundo…un momento. Se me enciende la bombilla.

Bajo del vehículo y abro el maletero. Rebusco en la bolsa del gimnasio. Ahí están. Las gafas graduadas que me ha regalado mi padre por el cumple. Me meto de nuevo en el coche. Rompo el plástico y las miro. Son azules. Son chulas. Para nadar, claro. Cualquiera que las llevase fuera de ese contexto sería un tarado. Me las pongo y aunque no están graduadas para un tío con hiperforia me pueden sacar del apuro. Veo bien.

Que cojones…¿por qué no?

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Arranco y conduzco hacia el trabajo. Son unos 20 kilómetros. Como todas las mañanas me pongo en la radio mis ejercicios de canto. Es una carretera nueva que han abierto. Me pierdo todos los días. Hoy no es una excepción.

Ahí estoy yo, en mi Saxo blanco, con las gafas de nadar puestas y practicando  mis escalas. Estoy  muy metido en el papel. Espero que no me pare la policía. ¿Qué les voy a contar? En serio, ¿qué les diría?

-¿Voy bien para la piscina?

Si les hablo de la hiperforia igual me corren a hostias. Me harían soplar o me llevarían a una institución especializada en gente como yo.

En el fondo me parece que he tenido una idea brillante, pero de repente los cristales de las gafas se  empañan. Y mucho. Por más que los limpio cada vez se nublan más rápido. Más adelante me doy cuento que no son los cristales, es el parabrisas, pero ya me la pela. Todos estos detalles hacen del camino al trabajo mi Paris-Dakar particular.

No sé cómo pero al final llego a mi destino. Una vez en el casco urbano de Moaña, la gente atraída por el sonido de los ejercicios de canto gira la cabeza hacia el Saxo.  Me doy cuenta de mi error y bajo el volumen de la radio para pasar desapercibido. Aparco con cuidado. Un señor pasa a mi lado y me oberva extrañado. Yo le saludo con la mano y le sonrío como si nada.  ¿A qué me pongo el gorro, cabrón? El tío acelera el ritmo. Me saco las gafas y apago el coche. He llegado sano y salvo.

Y eso es lo importante.

La conclusión es la siguiente:

Nadar es bueno para todo. Hasta para la vista.

¡Salud hermanos!

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