Velas y cirios

Hoy cumplo 37 años. Creo que es la primera vez en mi vida que me molesta poner una vela más en la tarta. A veces tengo la sensación de que se me está escapando algo, como un globo que se te va un momento y que cuando te das cuenta es inalcanzable. Es una sensación extraña que me pone, no hay que ocultarlo, un poco triste. Así que he decidido afrontarlo como un hombre y mirar al reloj directamente a las manecillas para decirle:

─Sé que me pillarás, pero no va a ser hoy, cabrón cruel.

No pasa nada. Vuestras felicitaciones─ y los regalos de los más allegados─ me han dado un pequeño empujón en el día de hoy. Os lo agradezco de verdad.

A las ocho salgo de trabajar. Hace años os diría:

─ ¡Temblad incautos! ¡En cuanto salga del curro me voy a coser a copas!

¡N0! ¡No debo ceder ante el aliento fétido de la maldad! Esa no es la actitud. Beber no conduce a ninguna parte, además, a medida que se cumplen años uno pasa de ser “ese chaval divertido” a “ese puto borracho”. El vulgo es así de atrevido.

Es precisamente por esto hermanos de Cartas a 1985 que hoy, más que nunca, no tengo otra opción que la de revolverme contra mi destino, caer violentamente sobre mis rodillas, alzar los brazos bien alto en busca del cielo redentor y exclamar con educación:

─ ¡A tomar por el culo! ¡Me mazo como si tuviese 18 años que es mi cumple!

Y punto.

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Podéis pensar que es una decisión inmadura y débil para alguien de mi edad, y lo entiendo, pero es una decisión tomada. No hay vuelta atrás.

Los cumpleaños son como las prácticas en vida que te preparan para el día de tu muerte. Al igual que ocurre con los aniversarios que marcan tu llegada a este planeta, el día de tu deceso todo el mundo se acuerda de ti, te traen regalos (flores básicamente) y durante 24 horas solo se escucha una frase:

─Era un tío cojonudo.

Los cumpleaños igual. Al día siguiente ya nadie se acuerda no de cómo se llamaba el finado y cada uno intenta vivir lo que le queda de vida lo mejor que puede. Si la muerte dura una eternidad, un cumpleaños debería durar al menos un a semana. A eso lo llamo yo un trato justo.

Hablando de cumpleaños y velas. Hoy me ha pasado algo muy curioso en el gimnasio. Os cuento. Salgo de la piscina y en el vestuario me encuentro con un conocido que está como un toro. Charlamos durante unos segundos y de repente me da la sensación de que su aparato se bamboleaba más de lo necesario para las circunstancias.

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Me quedo seriamente preocupado, porque me da la sensación de que su arma me apunta directamente a la cabeza, y eso no es plato de buen gusto. A nadie le gusta que le señalen. Intento disimular, pero nada… que el cacharro cada vez va tomando más forma y el tío como si nada. Igual la tiene así, pensé yo. Una mirada fugaz─ de sincera curiosidad─ me corrobora que la actitud del pene de mi conocido rozaba lo inadecuado en tal situación. Mientras tanto seguíamos hablando.

─ ¿Y qué? ¿Le estás dando mucha caña? (Quizás no sea la mejor de las preguntas, pero esa fue la que me salío).

─ Este fin de semana corro una de relevos─ me dice el péndulo parlante.

En este momento fue cuando mi mirada se desvió al teniente de mi colega, y mi subconsciente me traicionó. Mi respuesta fue la siguiente:

─ Joder, en esas tienes que ir a TODO RABO.

¡Qué dolor! Una historia cierta y fresquita. Un lapsus en toda regla, pero insisto en mi inocencia. Si vas así por la vida, tápate hombre, que puedes sacarle un ojo a alguien.

Me vino a la mente esta historia por lo de los cumples, las velas y de ahí derivó a la palabra cirio. Cosas de la sinapsis que a los 37 funciona como quiere. Gracias por todo.

¡Salud hermanos!

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