Diario de a bordo: El primer día de playa

Estimado Capitán:

Aquí, en La Tierra, existen unos lugares llamados playas. La gente de este planeta es una raza muy muy coherente así que cuando el sol pega fuerte, ellos, los humanos, buscan en estos abarrotados espacios el punto exacto en el que les dé el sol de lleno. Cuanto más mejor. Lo hacen para ponerse morenos. Algunos se pasan y son lunares andantes. Le mando un informe del fenómeno. Y me adelanto a su pregunta. Los negros no están morenos vienen así ya de fábrica.  Lo de que haga calor y ponerse al sol es harto extraño. Esto es como si en invierno empezase a llover y la gente se tírase al río.

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Lo dicho Capitán, uno sabe que es verano en La Tierra porque puede ver un montón de humanos semidesnudos de todas las edades y tamaños asándose al sol durante horas; tumbados encima de una de las sustancias más incómodas de toda la galaxia: La arena. Nunca he sido un gran asiduo a los arenales terrestres lo cual me ha granjeado cierta fama de bicho raro entre mis amigos. Nunca me han gustado. Y las playas tampoco.

Pero los lechones están como locos. Para ellos la playa ha sido un gran descubrimiento comparable al chocolate o a la espuma. Verá Capitán, el otro día en un ataque de padre molón me arranqué con un imprevisto “¡Vamos a la playa!”. Mi mujer terráquea me miró mal. Peor que lo de costumbre quiero decir. Tenía una expresión en la cara idéntica a la que pondría uno si se le acercase un Inspector de Hacienda y le regalase 500 euros. Pero yo lo tenía claro. Quería comprobar el impacto que la arena, el agua y las algas tenían sobre mis hijos. ¿Les gustaría? ¿O por el contrario preferirán como su padre arder en el infierno y perder un testículo entre las puertas de un ascensor antes de asistir a esas fiestas de lorza, tangas y aceite?

Gracias a Dios parece que los niños son normales y les encantó. En las dos horas que estuvimos (bien caída la tarde) descubrieron en su primera clase de playa los Conceptos Generales de La Arena. Se resumen así.

La arena es maleable. La arena es divertida. La arena es blandita. La arena no se come. La arena cruje en tus dientes.

COMER ARENA

Esta última apreciación la descubrieron al introducirse un buen puñado de arena en la boca sin contemplaciones. La cara les cambió de golpe, como cuando descubres de primera mano qué es un supositorio. Ahí estaban los dos comiendo arena. Aquello parecía una cata.

—Ummm… ¡Esta tiene extra de feldespato!

—¿Feldespato? Un amigo tenía un abuelo que se llamaba así.

Cosas de críos.

Básicamente la lección más importante es que las playas no son comestibles. Así en general. La arena no se come y el agua no se bebe. Con esas dos directrices básicas aprendidas el primer día es más que suficiente.

Eso desde su punto vista.

Desde el mío, la experiencia fue distinta. En mi época de crío llevaba a la playa un bocata y una toalla y punto, pero en el mundo padre todo crece y se multiplica exponencialmente. Parecíamos los Gipsy Kings. Palas, rastrillos, cubos, bolsa, otra bolsa, un neceser, una sombrilla, una neverita, una silla, más juguetes. Si hubiese dos familias más que fuesen así de cargadas podríamos juntarnos, fundar un país nuevo o conquistar un islote pequeño. Tanta chatarrada y total para nada. Las palas no las usan, los rastrillos tampoco, el cubo de sombrero, la bolsa se llena de arena, la sombrilla que va mal y da menos sombra que Esther Cañadas, la nevera enfría pero solo un rato etc.

Lo que sí es cierto es que descubrí otra manera de ver la playa a través de sus ojos. Hicimos la croqueta, paseamos por la arena, disfrutamos de las vistas a La Celulosa (que es una fábrica que hay en medio de la ría de Pontevedra por que los políticos son más listos de lo que parece) y lo pasamos como nunca.

Ya tengo ganas de volver.

 

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