Diario de a bordo: ¿Señor? Tu puta madre

Estimado Capitán:

Los lechones siguen creciendo tanto en volumen como en inteligencia. La verdad es que no paran. Todo el día para arriba y para abajo. Gritando. Salir a la calle con ellos es un deporte de alto riesgo y debería estar bonificado en la renta o algo. Tomás está en la edad que quiere hacer todo él solo, como Cospedal, y claro no está capacitado. «No yo, yo» dice para que ni se me ocurra sentarlo en la silla del coche. Le digo que está bien, que venga para arriba él solo; me despisto un segundo y me lo encuentro atrapado en la silla en una posición que me recuerda a una tortuga intentando dar la vuelta. Tomás el Independiente.

Y después está Antón que es pura alegría, felicidad y nervio que está pasando por una etapa de caprichos que habrá que ponerle fin de alguna manera. Tiene una traviesa y expresiva caída de ojos que le confiere un porte de un galán. Si los galanes se cagasen encima, claro.

El reto de este verano es librarse del chupete y el pañal, pero no es tan fácil. ¿ Te entregaría un caballero con facilidad su lanza y su escudo? ¿Y un poli su placa y su pistola? Pues un niño defenderá con uñas y dientes su chupete y su puñal.

Y en eso estamos. El reto del verano.

El sábado pasado fuimos a la playa. No la soporto. O la silla del año pasado ha encogido o no encuentro explicación.  Ovugirl, madre de lechones, ha diseñado un método apasionante en el que tras abrir la sombrilla no nos da la sombra a ninguno. Y me cabreo. Pero se me pasa porque los veo tan felices que no seré el yo el que fastidie la fiesta. El sol aprieta. La sombrilla sale volando como el tejado de la casa del cerdito aquel que era más vago que la chaqueta de un guardia. Y rueda por la playa a saltos, yo la miro  impasible dar vueltas sobre sí misma acercándose a la orilla. Ovugirl exclama ¡La sombrilla¡ A mí la sombrilla me la pela. It peels me. Pero me levanto para que nadie piense que soy un psicópata. Se aleja a tumbos. Por cada paso, sudoroso y desganado, que doy la sombrilla de Dios avanza quince metros. Hago que corro y llego a una zona en la que la arena está plagad de conchas. Apoyo el pie. Me duele. No soy un faquir joder. Pienso en John McClane descalzo por el Nakatomi. Otro paso. Chillo con virilidad. Entonces aparece un chaval de unos diez u once años que como una gacela pasa sobre las esquirlas de conchas con una agilidad que me pone de mala hostia y para rematar exclama:

—¡Tranquilo señor! ¡Yo se la traigo!

Señor tu puta madre niño-gacela.

Sonrío y me muerdo el labio por haber envejecido sin darme cuenta. Miro hacia el lugar de la playa y Ovugirl y mis hijos se ríen de mí. Qué va. Será conmigo. Analizo la situación: Dos niños, una nevera, una silla para anoréxicos, y un gordo con camiseta. Correcto. Soy un señor.

El chaval-gacela me tiende la sombrilla.

—Tenga «señor».

Otra vez. No sé si comprarle un helado (el que menos se venda) o clavarle el palo de la sombrilla en el pecho. Mejor el helado que la madre está mirando. Va, que se joda. No hay helado.

Y así es la vida.

Un día te están quitando el pañal y al otro un chaval bien educado y de gran valía para la sociedad te llama «señor».

Abrazo Capitán.

 

 

 

 

 

 

 

Anuncios