El día de la operación y un viaje en el tiempo

Ha llegado el día.

 

Durante todo este tiempo he intentado no pensar en el tema más de lo necesario, pero ahora entre unos y otros ya no puedo seguir con esta actitud de avestruz y he de enfrentarme a la realidad.Con madurez, con aplomo y  elegancia, como es natural en mí.  A esta edad uno ve las cosas con más sosiego y sabe que tal y como avanza la medicina “maloserá”. Y es que es cierto. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo ha avanzado la cosa!

De pequeño recuerdo que si te ponías enfermo todo se solucionaba con dos objetos: un termómetro y un supositorio. Y a tomar por culo. Nunca mejor dicho. ¿Existen aún los supositorios? Aquello era una experiencia íntima que cada uno vivía a su manera. ¿A vosotros también os ayudaba vuestra madre a meter el supositorio en su “funda”?  ¡La medicina! ¡Los supositorios! ¡Las madres! Una fiesta continua.

Y si había sangre de por medio todo se arreglaba con un punto aquí y otro allá.

Una vez, a los 10 años, rompí una ventana de un puñetazo (entre cabreo y arrebato siempre he tenido ese carácter afable y bonachón del que hacemos gala la gente agresiva y desequilibrada). Le di tal leñazo que me corté y la sangre comenzó a salir a borbotones. Me encanta esa expresión: A borbotones. ¿Cómo salía? A borbotones. Es una de esas palabras que se merece que alguien le componga una rumba.

A lo que vamos.

La sangre salía a borbotones y mi cara pasó de la furia envenenada de “La Masa” (Hulk es un invento reciente) al terror absoluto del niño al que le golpea la certeza de una muerte segura.  ¡Qué exagerado!, pensaréis. En absoluto, esa mortal certidumbre tenía una explicación, pero para entenderla…

…tenemos que viajar en el tiempo.

 

Lunes, 10 de marzo de 1986. Segunda hora de clase, Naturales.

Ya estamos aquí, es 1986, la primavera se acerca, el frío aprieta  y durante el recreo me he pegado una buena panzada a correr. ¡Menudo partido! Mejores contra peores. Han ganado los mejores 18 a 1. Hoy me ha tocado ir con los peores por que Valeriano no ha querido jugar. Soy el último de los mejores así que oscilo entre la gloria y la humillación dependiendo de cómo se levante Valeriano. Noto el corazón latiendo como un bombo y como el sudor se enfría en mi enrojecida frente. Don Soto, profesor de Naturales pide silencio con un grito y sin más comienza su explicación.

El aparato circulatorio

Soto baja una lámina que cuelga del encerado y nos dice que abramos los libros por la página 28. Allí está. El aparato circulatorio. Encantado.

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(Acotación del Antón de 2014. Nótese que en el siglo XXI el aparato circulatorio, así en general, pertenece a Microsoft. Lo veía venir.)

 

En cuanto le echo un vistazo me asalta la duda. Ya hemos visto el aparato respiratorio, el digestivo y el aparato de Valeriano que cada vez que se le cruza el cable saca a pasear el nardo hasta que un cura le da con la regla para poner coto a su afán exhibicionista. El cura le da con la regla en la cabeza. No quiero que haya confusiones en este punto.

Mi duda es la siguiente. ¿Cómo pueden estar todos esos aparatos en el cuerpo humano? ¿No somos tan anchos no? Es decir, en el cuerpo de Juan, que es un gordocabrón, sí que pueden caber estos aparatos y muchos más. Juan, el gordo (él se cabrea cuando le llamó así, pero le argumento que es nombre de rey y aquí paz y después gloria) no para de comer y asegura que no está grueso, que su madre le ha dicho que tiene percha. Yo, más que percha, creo que tiene el fondo de armario al completo, pero como tiene un brazo como el cerrojo de un penal, pues me callo no vaya a ser que lo suelte a pasear. A Juan vale, pero ¿cómo pueden caberme a mí que estoy escuhimizado todos esos aparatos dentro? Cuando me doy cuenta ya tengo la mano levantada.

A ver Cruces, ¿qué le inquieta ahora?
Nada profe, es que estaba pensando que cómo nos caben todos esos aparatos en el cuerpo. No logro entenderlo.
Pues muy fácil. ¿Cómo caben metros y metros de hilo en un carrete? Pues ahí tienes la respuesta.
 

Una respuesta guay. Ahora ya entiendo lo del cuerpo, lo que me carcome es quien se encarga de enroscar el hilo en el carrete, pero creo que no es el momento.

Soto nos explica las venas, las arterias, los capilares, que si la aorta, que si la cava, que si el corazón…

Soto, ¿y si uno se corta y sangra mucho durante mucho tiempo qué pasa? – pregunta Valeriano que en esta ocasión no tiene el ciruelo en la mano.

A ver simpático, ¿tú que crees que te va a pasar?

Pues que me moriría.

¡De la tontería que tienes encima te vas a morir! ¡Con un par de puntos listo Valeriano!

 

O sea que la sangre es como la gasolina de un coche, si a uno se le acaba…se acabó el viaje.

 

Fin del viaje en tiempo. 

 

Y esa fue precisamente, la certeza que me golpeo al ver mi mano sangrando a borbotones después de golpear la ventana.

¡Me muero, me desangro! ¡Me muero!

Mi madre alertada por los gritos apareció, como un ángel de la guarda, justo a tiempo. Las lágrimas me nublaban la vista  y sentía el gélido aliento de la parca en mi nuca. ¡Mamá, me muero!, no paraba de gritar, la sangre lo teñía todo de rojo y solo esperaba que mi madre llegase a tiempo para despedirme.

Y llegó a tiempo.

Vaya si llegó.

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En toda la boca.

A partir de este primer golpe el tiempo se paró.  Lo que viene a continuación lo viví a cámara lenta, pero no debió durar más de 15 segundos, pero a una madre con ganas de bronca le sobran diez para dejarte fino filipino.

Pero tú qué has hecho, dijo, aunque la frase tardó diez segundos en decirla y sonaba como un disco que va a la mitad de velocidad. Mientras pronunciaba esas correosas e interminables palabras, me agarró del pelo y me zarandeo, el zarandeo fue a cámara superlenta y vi, desde fuera, mis mofletes ondear debido al ensañamiento. Por burro. Me muero mamá, dije yo , sin entender nada. Si no te mueres te mató yo, a quién se le ocurre. Y entonces soltó uno de sus insultos preferidos, uno de esos que, para ser honestos, no le he escuchado a mucha gente. Un insulto ochentero.

¡Oligofrénico!

Claro que escuchar a alguien llamarte oligofrénico con la cara desencajada y con la voz ralentizada…sin comentarios.

Pongamos todo a velocidad normal de nuevo.

Pim, pam, pum. Golpe. Grito. Zarandeo. Oligofrénico por aquí, cómoseteocurre por allá. Fue entonces, entre esa marabunta de sangre, lágrimas y léxico afilado cuando vi la luz. Puntos. Lo que hacía falta para salvarme la vida eran puntos.

¡Mamá, dame puntos!

Maldita la hora.

(continuará…)

P.d. Este era un post sobre la operación, en principio es dentro de unas horas, pero se me ha ido el hilo argumental. Era un post sobre cosas que pueden salir mal, pero ya lo haré. A no ser que alguna de las cosas que pueden salir mal salga mal. En ese caso es probable que no lo haga.

Lo dicho, a la mesa de operaciones con madurez y elegancia. Os dejo que me tengo que sacar mi pijama de Minion y tirar para Santiago.

 

¡Salud hermanos!

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Ser guay:1989

Septiembre de 1989

Es mi primer día de clase en el nuevo colegio. A pesar de mis intentos nada ha hecho cambiar de opinión a mi familia. A saber qué tipo de gente me encuentro en ese colegio de pijos. Muy inteligentes seguro que no, las pruebas de acceso las pasaría un caimán.

1) Completa la serie: 1,2,3, ?, 5,6.

2) ¿Cuál de estas palabras no debería estar en la siguiente lista?

Amor, paz, cariño, fimosis, concordia.

Segundo punto que no me gusta: hay que llevar uniforme.

¡Uniforme! ¡Pero si estamos entrando en los noventa!

Lo peor de todo es que tengo que llevar corbata…¡Si acabo de cumplir 13 años por el amor de Dios! Odio la corbata, odio el uniforme y me pongo a llorar como un hombre pensando en lo bien que estaba con mi camisa larga desabotonada con camiseta por debajo. Todo muy  estilo Kirk Cameron. Ni siquiera me podré poner los J. Hayber salvo en clase de gimnasia. Un desastre absoluto.

Kirk Camerón conjuntado.
Conjunto de suaves colores que causaba furor en el Marín de finales de los ochenta.

Lo que yo no sabía es que ese año se produciría un gran cambio en mi vida. No por el hecho de cambiar de colegio sino haber cumplido trece años. Ahí empieza la pubertad y es cuando uno tiene que:

Ser guay o morir.

En mi clase se formaron varios grupos desde el principio:

-Los guays: Ya salen de noche, no hasta muy tarde, pero salen. Beben a escondidas, fuman a escondidas y ya empiezan a arrimar la cebolleta.

-Los del baloncesto: En plena fiebre de la NBA lo que les mola es hacer mates, discutir, meter triples y amar ese juego.

-Los chapones: Se sientan tranquilos en grupos de dos (tres a lo sumo) y miran como juegan los del basket. A veces se arman de valor y piden tímidamente si podrían  jugar, pero un buen balonazo en la cara acaba con sus absurdas pretensiones. El balonazo siempre es sin querer pero parece adrede.

Esta división es la misma para las niñas, simplemente hay que cambiar basket por brilé.

Uno de los cabecillas de los guays era hijo de médico, como yo. Es más, incluso había algo de Efecto Auster entre nosotros ya que nuestros padres habían estudiado juntos en Santiago. A mí me parecía el más guay de todos. Además era repetidor así que a mis ojos era un tipo peligroso y molón. Él me enseñó algunas de las cosas que no se pueden hacer si quieres ser guay.

1) Jamás preguntar si puedes ir.

─Oye Manu, ¿qué vais a hacer tú y Andrés en el recreo? 

─Vamos al banquito del fondo.

─Jo, qué planazo macho. ¿Puedo ir?

─¿Pero por qué me preguntas tío? No, no puedes…claro que puedes hombre, pero no me preguntes, ven y punto.

Mi amigo nunca vocalizó muy bien al hablar. Así que en realidad sus frases sonaban así:

─¿Propoqué meguntas tío? Nonopuedes, ¡claroder! pronoguntes venyunto.

Puede que  en realidad  me dijese que no fuera, pero yo  entendía lo otro y me acoplaba.

2) Si no sales el fin de semana eres un pardillo.

Mis padres no me dejaron salir hasta los 16 o 17 años y mis amigos salían desde los 12. Las relaciones que se fraguaban en clase se limaban fuera y yo me quedé atrás sin remisión. En el recreo del lunes los guays intercambiaban y recordaban sus vivencias del fin de semana.

Machote 1: Jo, macho, qué risa el sábado ¿eh? Me líe con Fulanita a las seis y a las ocho con Menganita. 

Machote 2: ¡No jodas! ¡Pues yo me lié con Menganita a las seis y con Fulanita a las ocho! ¡Qué casualidad! ¿Y tu Antón qué? ¿Qué tal tu fin de semana?

─¡Guay tíos! Vi Sensación de Vivir, el capítulo en el que Brenda baila en el Peach Pit ¿sabéis cuál os digo no?, pero bueno… ya lo había visto la verdad, y después por la tarde estuve jugando al fútbol en mi casa.

Machote 3: ¿Con quien?

─Con la pared. 

Silencio incómodo.

3) ¡Ojo con la música!

La música ha definido durante generaciones la personalidad de millones de adolescentes en todo el mundo. En más de una ocasión “eso que escuchas” sirve para llevarte a un grupo o al otro, y eso te marcará de por vida. Cuando eres niño no importa, pero con 13 ó 14 es mejor tener cuidado.

Hay que tomar nota que finales de los ochenta y principios de los noventa fue una época especialmente dura para vivir el cambio hormonal. A mí en la adolescencia me dio por bailar así que todo lo que tuviese coreografía me molaba: Michael Jackson, Milli Vanilli, New Kids on the Block, Vanilla Ice.

Los machotes todavía tenían un niño dentro, pero aquel año acabamos bailando  Grease en la obra de fin de curso. Dentro de que bailar era una “mariconada” Travolta aún tenía un pase (manda carallo).

Al llegar a BUP, y salvo contadas excepciones, no volvieron a bailar más.

A mí seguían sin dejarme salir y seguía bailando en casa. Hasta me compré el disco de Kriss Kross.

Kriss Kross álbum.
Sí. Me compré el disco.

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Fueron mis horas más bajas. Lo reconozco, pero las recuerdo con cariño.

¿Vosotros fuisteis guays? ¡Qué suerte!

Salud hermanos.

Post dedicado a mi clase de 1989 y especialmente a Manuel Valenzuela Banet por el pedazo de reconocimiento a su labor como joven (ay que me meo) empresario. Te lo mereces. ¡Enhorabuena! Este artículo vale por una caña.

Mi primera cacería:1985

No tengo hijos.

Al menos que yo sepa.

Supongo que si tuviese un hijo intentaría inculcarle mis aficiones. Le compraría una guitarra o una batería; vería con él mis películas preferidas con la esperanza de que algún día sean las suyas o puede que le prestase mi colección de cómics con el anhelo de que en el futuro (quizás dentro de 20 o 30 años) por fin podríamos tener una conversación seria y madura la noche de año nuevo sobre quién ganaría en una pelea entre Hulk y Lobezno.

Música, cómics y cine. Digamos que podrían entrar perfectamente dentro del ámbito de interés de un chaval.

Mi padre intentó la misma jugada conmigo. Lo que ocurre que a mi padre le gustaba otra cosa.

A mi padre le gustaba la caza.
Yo tenía nueve años.

─¿Quieres venir de caza?

De caza. Ojo. A un niño. Le preguntas eso a un niño que lee libros de aventuras y devora cómics de superhéroes.

Y claro, la imaginación se dispara como una escopeta.

¡Menudo planazo! ¡De caza con papá! ¡Seguro que me llevara a la jungla, veremos tigres y osos! Incluso es posible que encontremos sin querer un mapa del tesoro y se nos haga de noche mientras lo buscamos, pero al final todo saldrá genial y acabaremos tomando un chocolate con churros antes de volver a casa con nuestros trofeos. Asaremos un par de jabalíes en el jardín para, poco después, dar buena cuenta de ellos alrededor de una mesa mientras le contamos la historia a mamá a la luz y el calor de una hoguera.

Vamos que para mí ir de caza era más o menos esto:

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El día empezó ya torcido. Primer factor por el que la caza no mola: hay que madrugar. Mucho. Mucho más que para ir al colegio. Viajemos al pasado…

                                Noviembre de 1985

Los preparativos

Ok. Ya he llegado. Estoy de nuevo en 1985. Son las siete de la mañana y mi padre me grita desde el baño que llegamos tarde. ¿Tarde? Son las siete de la mañana, no es tarde en ningún sitio. Lo pienso pero no digo nada porque en los ochenta impera la ley de la yoya. Me desabrocho mi cubre-pijama de felpa rojo con rodilleras herméticamente sellado. En Fukushima deberían utilizarlos: no le entra ni frío, ni aire, ni nada, pero yo no sé qué es Fukushima porque soy un niño de nueve años que vive en 1985. Desayuno una tostada y un zumo de naranja y me visto a toda velocidad para que mi padre no bufe más. En media hora estamos ya en el coche con los perros preparados para la aventura. La radio del coche escupe uno tras otros todos los éxitos de Roberto Carlos y poco a poco, a pesar de la hora y el frío, nos vamos animando.

Llevo puesto un chaleco de cazador diez tallas más grande de lo que le corresponde a un niño de mi edad, una gorra enorme en la que se podría preparar un cocido y unas katiuskas de un color indefinido entre el azul marino y el negro.

Mientras los perros ladran y mi padre les grita que se callen, tenemos una animada conversación sobre el colegio y los profesores que deriva de forma natural a una charla sobre las armas de fuego.

MI padre me advierte que no me dejará disparar ni llevar la escopeta, pero me promete que si me porto bien me dejará conducir un poco en un descampado.

¡Brutal!


Los otros cazadores

Ya hemos llegado. Aparcamos, bajamos del coche y nos acercamos a un grupo de cazadores que departe amigablemente a pesar de la helada bruma que les envuelve. Se quedan un poco sorprendidos al verme, pero enseguida me adoptan como mascota y me dan consejos para mi bautismo de fuego: “Haz esto”; “No hagas lo otro”; “No te separes de tu padre”.

Curioseo alrededor y no veo ni rastro de la aventura que días antes poblaba mi cabeza. Ni unicornios, ni osos, ni mapas del tesoro. Solo esto:

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Un enanito llamado Señor Instinto me susurra al oído: ¡Menudo coñazo de día que te espera macho: largo y aburrido!

No podía haber estado más equivocado.

Octubre de 2013

De hecho ese día batí dos récords. El del “cazador” más joven de Placeres y el de la jornada de cacería más corta de la historia. Apenas duró media hora, pero me bastaron cinco minutos para saber que cazar no era lo mío. Andar, andar y andar. Parece que el día se vería reducido a esa actividad.

Echaba de menos mi consola y quería ver la tele, los dibujos, pero no. Mi destino era vagar por el monte como alma en pena, rodeado de frío y humedad y obligado a seguir el ritmo de mi padre para no perderme.

Así que allí estaba yo, compadeciéndome cuando mi katiuska noazul-nonegra piso algo. Solo sentí un leve crack bajo la suela y de repente…

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Allí se desató el puto Pearl Harbour en apenas dos segundos. Decenas de avispas cabreadas por madrugar y porque alguien había destrozado su hogar de un pisotón salieron enfurecidas como cazas americanos. Se enredaban en mi pelo (pelazo por cierto), se metían entre mi ropa (¡cómo echaba de menos mi cubre-pijama hermético!) y se colaban entre mis botas. Sentía sus aguijones clavándose en mi piel, una, dos, tres veces…el zumbido del enjambre a mi alrededor me recordaba a las motos que pasaban a toda velocidad por delante de mi casa, y me las imaginaba con un casco picándome sin compasión. Cuando me tocaba el pelo para sacudirme una, tres más ocupaban su lugar. Mi padre apareció de la nada y me sacó de allí y me desmayé.

Fundido en negro.

Noviembre de 1985

Abro los ojos. Vuelvo a estar en 1985. Voy tumbado en la parte de atrás del coche y me duele todo el cuerpo. Noto hinchada la cara, las manos y tengo picaduras por todo el cuerpo. MI padre conduce a toda velocidad intentando tranquilizarme. Me dice que no pasa nada, que es normal que me duela y que ya llegamos. Dolorido, me sacudo una avispa que  yace muerta, enredada entre mi pelo.

No puedo recordar nada más.

Cuando mi madre me ve al llegar a casa, se acerca corriendo, me da un abrazo y me hace la pregunta de madre que nadie ha podido evitar desde el comienzo de los tiempos:

─ ¿Pero a ti cómo se te ocurre…?

Estoy tan débil que no quiero discutir con ella, así que le suelto un eructo y le sonrío. Me vuelve a abrazar y me lleva a la habitación donde caigo rendido a un profundo sueño en el que encuentro el tesoro, pero en el cofre solo hay avispas, solo que en lugar de avispas son jabalíes diminutos. Roberto Carlos ameniza la escena mientras canta “Yo quiero tener un millón de amigos”.

Octubre de 2013.

Nunca más he vuelto a salir de cacería, nunca más me ha vuelto a picar una avispa y sigo es cuchando a Roberto Carlos. Si algún día tengo un hijo le inculcaré actividades más acordes a su edad como parapuenting, mezcla de parapente y puenting.

¡Salud hermanos!

PD: Aquella fue una dura manera de descubrir que las avispas hacen nidos en el suelo. Nunca lo olvidaré.

La vuelta al cole:1985

Pocos días al año pueden rivalizar con la siempre gris, pero excitante vuelta al colegio. En los 80 postgoonies los veranos brillaban con especial candor. Si después de los dos meses de vacaciones uno no empezaba el curso con una costra en las rodillas más gruesa que una tableta de turrón… es que no había disfrutado a fondo de verdad.

El verano de mi yo de 1985 se caracterizaba por las pachangas de fútbol, por las carreras de bicicletas (BH contra Torrot de rueda roja) y por alguna pelea estival digna de recordar.

Así que el primer día de curso y tras hacer inventario de cicatrices y victorias en pachangas y carreras, me colgué mi nueva mochila al hombro y puse rumbo hacia la incertidumbre del primer día de clase.

Material nuevo

Una libreta nueva simboliza la ilusión por hacer las cosas bien. Dentro de unos meses estará hecha un desastre, pero en ese primer momento en el que la abres la intención de todo bicho viviente es la misma: Hacerlo bien.

Con el tema del formato del cuaderno mis amigos, los curas, ya tenían la primera excusa para repartir las primeras hostias no religiosas del curso, ya que la cantidad de tipos y subtipos del producto se prestaba (y se presta) a confusión. Recordemos: de cuadrícula grande, de cuadrícula grande con margen, de cuadrícula pequeña, pequeña con margen, con margen a la izquierda, con margen a la derecha (para los ingleses), de doble pauta también con margen, doble pauta sin margen, de grapas, de anillas, en espiral…su puta madre.

La primera tollina tras las vacaciones es la peor que te pueden dar. Es la pitón de las hostias, el Let it be de los reveses ya que en verano, y salvo excepciones, un cura no tiene la oportunidad de repartir como le gustaría; así que cuando ve la oportunidad de probarse a sí mismo…bueno… solo diré que lo hace con ganas y ensañamiento. Es como el alcoholico al que le pones delante una cerveza fría tras un mes de abstinencia o el futbolista que sale al campo después de una lesión y parece un perro de caza rodeado de perdices.

Viajemos al pasado y miremos por una rendija.

Septiembre de 1985

patio

─ …enelnombredelpadreamén. Supongo que a nadie se le habrá olvidado el cuaderno que figuraba en la carta que recibieron ustedes en sus casas hace un par de semanas.

El cabrón ya suena amenazante y en sus ojos puedo distinguir un brillo de ilusión. Los compañeros nos miramos unos a otros buscando apoyo moral mientras el sonido de la tela de las mochilas se eleva en el aula.

─ A ver Álvarez… a ver qué ha traído usted.

¡Qué cobarde! Sabe que es probable que el bueno de Celso la haya cagado y se la quiere soltar. El pobre siempre atrapa. Mi amigo que se sienta un par de filas delante de mí saca su cuaderno de la bolsa, con las manos temblorosas, y lo coloca sin mucha decisión sobre su pupitre.

─¡Ábralo hombre! Espero que sea cuadrículada y con margen─ puntualiza el padre relamiéndose.

   cura

Celso lanza una última y desesperada mirada a la clase en busca de auxilio. Un auxilio que nunca llega porque a los diez años somos, no vamos a engañarnos ( y más si se está rifando una hostia), unos cobardes.

Pone la mano sobre la cubierta y lentamente abre la primera página, pero mantiene los ojos cerrados y la cara apartada del cuaderno como si la libreta fuese un cadaver putrefacto al que le está robando la cartera. Yo no puedo verlo y me tapo el rostro con las mano, pero como soy un poco gilipollas para mi edad abro un hueco entre dos dedos y veo que sí, que tiene cuadriculas.

Respiro aliviado.

Puedo ver como un amago de sonrisa se asoma a la comisura de los labios de mi colega, pero se contiene. No cantemos victoria. Celso, envalentonado, le echa huevos y se hace la cera de un tirón: abre de golpe la libreta rompiendo el clímax de la escena sorprendiéndonos a todos. Lanza el órdago y …

¡Hay margen!

Recto, preciso y rojo. Un suspiro de alivio recorre como una ola cada uno de los pupitres del aula y mi amigo de la emoción y sin poder evitarlo exclama mientra cierra un puño que dibuja un certero puñetazo en el aire:

─¡Sí coño sí!

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El eco de esa primera hostia del Padre Ángel  resonó con tanta fuerza en el patio del colegio que hasta las palomas (esas que no despegan ni aunque las acaricies) alzaron el vuelo y no volvieron hasta bien entrado marzo. ¿Por miedo? preguntaréis. No. Por precaución.

El curso 1985/1986 fue un año especial. Fue el año de Europe, de Regreso al Futuro, fue el curso en que entraron cuatro chicas en el colegio por vez primera con los consiguientes efectos colaterales en nuestras aún adormiladas hormonas, fue el año de México 1986 y del Buitre. Hay más historias de aquella vuelta al cole.

Seguiremos informando.

¡Salud hermanos!

Fin de curso: el efecto Balboa

¡Qué nervios pasa uno en fin de curso!

Ese día es una especie de agujero negro en la vida de un crío. Evidentemente la felicidad se impone porque se acaban las clases, y tan solo el miedo a algún posible suspenso empaña semejante perspectiva de ocio y libertad.

Estudié en un colegio de marcado carácter religioso: en los Paules. El último día lectivo del curso nuestros queridos y peligrosos curas siempre tenían algún detalle especial con nosotros.

Recuerdo que siempre impartían un par de horas de clase innecesarias por la mañana (ya eran ganas de flagelar), y después, sobre las once, nos ponían una película educativa.

Por ejemplo, Rocky III. Así salimos todos: medio tarados.

Para un chaval de nueve años que vive en 1985 no hay nada más genial que ver a Stallone y a Mr.T. poniéndose finos el día de fin de curso. Además, para nosotros aquello era como un documental ya que aprendíamos las técnicas básicas y necesarias para cubrirnos de los golpes del Padre Borrajo, el Padre Ángel o el temido Macario (una máquina de soltar hostias, y eso que no era cura). En definitiva, que lo pasábamos en grande y además aprendíamos defensa personal. La mañana perfecta.

Rocky-Vs-Clubber

Aquí va una propuesta de experimento para El Hormiguero. Meta a usted a unos 500 niños de entre 6 y 13 años en un cine y proyécteles Rocky III. Una vez acabado el metraje dígales usted, Biblia en mano, que hay recreo hasta la hora de irse a casa.

Non Stop Party. ¡Ojo que esos niños van dopados hombre!

Ahora abra las puertas del salón de actos.

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Ni una manada de bisontes en celo. Los putos Critters.

Aquello era la Tercera Guerra Mundial. ¿Por qué los niños gritan tanto? Ni idea, pero aquello era una jauría imparable. Una marea de mocosos que en apenas un par de minutos tomaban las pistas de basket, el campo de fútbol y Gibraltar si era necesario.

Solo el miedo al NM (Necesita Mejorar) encapotaba las nubes del incipiente verano. El NM nos podía fastidiar completamente. Los dedos cruzados por si acaso. Si tenía que haber algo malo que fuese un – (menos) que no sé porque razón a los padres le sentaba mejor, pero un NM era bronca, castigo y exilio seguro.

Allí estaba el cura repartiendo las notas….

Año 1985 a.C (antes de la Crisis)

-¡Amado Touriño…!

-¡Barreiro Fernández..!

-¡Cruces Vergara..!

Me acerco con miedo en el cuerpo por si me cae una buena hostia de despedida, pero gracias a Dios no ocurre nada. El hombre de Cristo me tiende la cartulina de color amarillo pálido y me sonríe. Yo le devuelvo el cumplido y pongo mi mejor cara de niño bueno. No me atrevo a abrirlas.

-¡Domínguez Gestido…!

Mi amigo Carlos siempre suspende alguna y veo como el padre le tiende las notas. Le cae una bofetada que tiembla el cemento. Ya lo he dicho en alguna otra ocasión, el peligro acechaba en cualquier parte. No hay que hacer nada malo para atrapar. A alguien le tenía que tocar, y como Celso (que era el que recibía normalmente sin razón) ya había pasado, pues…tú la llevas. De regalo para el verano. Carlos le obsequia con una amenazante mirada mientras se amasa la roja mejilla con la mano como diciendo: “Ya creceré ya…”

Se acerca a mí y abre sus notas. Todo aprobado. Por los pelos, pero aprobado. Eso me envalentona y justo cuando estoy a punto de abrirlas, me las saca de las manos. Las abre y las mira. Su cara cambia.

-¡Qué burro…te han quedado tres! ¡Te han quedado tres! -bien, con empatía… burlándose y señalando con el dedo.

Cierro los ojos y mi vida pasa delante de mí en apenas un segundo, es como una película. En casa me matan, aunque quizás sea mejor no volver nunca a casa. A partir de ahora el bosque será mi hogar, como Rambo. Mi padre me mata.

Un grito me saca de mi ensoñación. Abro los ojos y veo como el cura (The Cure) tiene a Carlos agarrado por la patilla izquierda. El Padre tira del pelo hacia arriba y mi amigo tuerce el cuello, abre la boca y se pone de puntillas cual bailarina. Casi levita.

-¿De quién son esas notas Gestido? ¿Son suyas?

-No Padre... -balbucea el ladrón de calificaciones en un gritosusurro.

-¿Se estaba haciendo el gracioso?

-No Padre, le juro que no…

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Hostia en la cara. Por jurar. Como encaja el Carlos. Ni Stallone. Al padre se le escapa la patilla por un segundo y se queda con un par de pelos entre los dedos, pero enseguida la engancha de nuevo cual cocodrilo salvaje en un rápido movimiento que me recuerda a Pat Morita, el señor Miyagi.

-No se jura…

-Vale Padre vale…no lo vuelvo a hacer más…se lo juro.

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Hostia en la cara número dos. En este punto dos lagrimones empiezan a bajar por la cara incandescente de mi amigo.

-¡Que no se jura…devuélvale las notas a Cruces y váyase a casa!

-Sí Padre sí. Se lo j…se lo prometo.

El dolor desaparece como vino y a Carlos solo le queda un leve picor cerca de la oreja. Me da las notas, pero se enfada conmigo. Como si fuera culpa mía. No pasa nada, seguro que esta tarde los resolvemos con una buena pelea cerca de su casa.

Abro las notas.

Respiro hondo, el corazón me cabalga en el pecho…abro los ojos y…no doy crédito. ¿¡He aprobado todo!? ¡Era bola! ¡He aprobado! No puedo ser más feliz. ¡Menudo verano! ¡Y qué ganas de ver a mis padres!

2013 d.C

En fin amigos…un final feliz a la antigua usanza. Hoy he vivido mi primer fin de curso en diez años. Aún no tengo las calificaciones del curso de Community Manager, pero como me lo pagué yo, si suspendo me castigo a mí mismo y pelillos a la mar. Ahora el recreo se le llama paro y dura más de lo habitual. Ni siquiera conozco a mis profesores ni a mis compañeros, ya que es un curso online. No me gastan bromas y los profes no pegan, y eso mola, pero es todo un poco raro…lo único que me queda es Rocky III, así que os dejo que empieza ya…

¡Salud hermanos!

La revolución de los peores

Junio de 2013

No soy muy futbolero. Esa es la verdad. Me parece que el fútbol está sobrevalorado en todos los sentidos. Solo sigo con ilusión los devenires de La Roja. Debe de tratarse de un legado de mi infancia cuando era un crack con el balón, bueno…más o menos.

Estudié en un colegio de curas hasta los 13 años. Lo único que saqué en claro es que Dios creo los recreos para jugar al fútbol. El que no lo hacía o era un raro, o padecía un gordismo severo. Es cruel, lo sé, pero es la realidad.

Como decía Pablo Abraira. Lo siento mucho. La vida es así. No la he inventado yo.

Pablo “El Excusas” que le llamaban.

Los niños serán el futuro y todo lo que queráis, pero en general son unos cabrones sin corazón. Para contaros esta historia en condiciones necesito que viajemos hacia atrás en el tiempo…

Febrero de 1985

FASE I. LA PREPARACIÓN

El recreo suele comenzar en torno a las 11:20 de la mañana. Los últimos diez minutos de clase se destinan a fraguar clandestinamente la letra pequeña del partido. Vivimos rodeados de curas así que no enfrentamos a una empresa muy arriesgada. Los hombres de Dios son unos tipos más listos que el Diablo. Tienen un radar perfectamente calibrado para dar hostias no sacramentales con presteza y precisión. Afinado a la micra. A pesar de ser un colegio religioso solo rezo cuando pasan por mi lado, como ahora, solo espero que pase de largo y…

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-Me ha caído. Hoy me ha tocado a mí. Me quema la cara. Me cago en &%&$ por primera vez en mi vida. Qué ironía.

No fallan una. Mejor andarse con ojo para la próxima.

FASE II. TIPOS DE PARTIDO

Ya en el patio, y una vez superado el escollo de la planificación, los líderes eligen entre dos posibles formatos de partido:

a) Real Madrid-F.C. Barcelona: Un clásico. Nunca mejor dicho. No tengo muy claro de qué equipo soy, así que dependo del día y de las necesidades del encuentro. A veces milito en las filas blaugranas y en otras ocasiones pongo mis servicios a disposición de los merengues. No hay problema. Soy un mercenario. Creo un precedente. Años después Figo me robaría la idea.

b) Mejores contra peores: Así cómo suena. Y a tomar por culo. Si la cuestión va de humillar desde el principio, no puedo imaginar un escenario mejor. Objetivo conseguido. Aquí también me debato entre dos mundos. No soy Butragueño de acuerdo, pero tampoco un paquete, así que me utilizan a su antojo. Nunca me han valorado. Soy un gran delantero y poseo un regate espectacular.Ellos no lo aprecian, pero…

… poco después estoy a punto de disputar un partido con el legendario club San Andrés de Placeres. Por fin…un campo de verdad acorde con mis habilidades.

CAMPO DE PLACERES

Porto el número 2 a la espalda. La camiseta me queda al menos dos tallas más grande. Soy pequeño y escurridizo. Igual es cosa mía, pero me da la sensación de que los del otro equipo tienen ya pelos en las pelotas. El más bajo me saca dos cabezas y masca tabaco.

¡Da igual! ¡Pelearé hasta el final! pienso mientras me ato las botas en el vestuario. Puedo conseguirlo, he de dejar mi nombre grabado en la historia del club. ¡Tengo la fuerza de un tren y el espíritu de un campeón y…

Tropiezo y me lesiono nada más salir. No me da tiempo ni a llegar al campo.

No me llaman nunca más, pero yo vuelvo cada sábado porque Luis, el entrenador, me prometió que contaba conmigo.

“Si eso ya eso” fueron sus palabras exactas.

Pero volvamos al recreo…

Los autoproclamados mejores se dan cuenta rápidamente, que jugar contra los peores resulta bueno para su ego, pero un poco aburrido. Tras reunirse en corro de emergencia deciden salpimentar a los paquetes con algún mejor para así dar un poco de alegría al evento. El experimento resulta un éxito. Todos felices. Los mejores se divierten más y continúan ganando mientras que los peores se creen más competitivos y también saborean mejor sus palizas.

Junio de 2013

Este extraño equilibrio nos favorecía a todos. A los buenos, a los malos y a mí, pero entonces ocurrió.

Todo se fue al traste con:

La revolución de los peores

(Continuará…)

Cartas a 1985: Ciencias o letras (Parte II)

Cartas a 1985: Ciencias o letras (Parte 2)

Hay otros métodos igual de ineficaces, pero muy utilizados a la hora de elegir entre Ciencias o Letras.

Averiguar qué va a cursar la tía buena de clase o preguntarle a tus amigos (igual de descerebrados que tú por cierto) qué han elegido ellos son algunas de las ocurrencias más socorridas. Ante la duda…ya se sabe.

En ese momento no importa el tiempo de trabajo cotizado, el salario, las vacaciones o la calidad de vida. Así que como no tienes ni idea de qué camino elegir, le preguntas a tu colega quien, a su vez, te iba a preguntar a ti lo mismo. Es como mear con el viento en contra. En el fondo sabes que ese tío, por muy amigo tuyo que sea, no tiene la respuesta, pero como repite curso algo sabrá. Otro error. En fin, un cúmulo de despropósitos.
La cuestión es que elegiste Ciencias Puras por qué no entendiste nada de lo que te contó tu Jefa de Estudios en su despacho durante la charla orientativa.Al ser un colegio privado y tratarse de una decisión crucial para los estudiantes, el claustro de profesores decidió que sería una buena idea ir llamado una por uno a los alumnos para asesorarles lo mejor posible en su decisión.
Cuando llegue ese momento no sabrás qué elegir.

Dirás que quieres ser médico, pero es harto improbable. Parece mentira, pero no lo llevas en los genes. La sangre no es lo tuyo y eres bastante hipocondríaco.Si tuvieses que operar a alguien de vida o muerte. Muerte sin duda.

¿Abogado? El que tengo aquí colgado. Sin comentarios. Son unos liantes. De hecho si lo piensas bien, parte de su profesión consiste precisamente en eso, en liarla.
Al final el mecanismo de defensa de tu cerebro sacó una conclusión errónea de esa reunión con tu tutora, que como tenía mucho pecho le llamábamos La Tetora.

-Si eliges Ciencias Puras puedes hacer Derecho o Medicina

Esa fue la frase que se grabó en mi cabeza. Si tuviésemos una cinta de video grabada de ese ya lejano encuentro podríamos comprobar que en ningún momento del tête à tête La Tetora apuntó o insinuó tal posibilidad.

También puede que en la cinta se apreciase tu mirada perdida por unos instantes en su improbable escote (a los 16 años un jersey de cuello vuelto puede ser un escote si se dan las circunstancias adecuadas). Incluso es posible que esos dos segundos de ausencia tetil fueran suficientes para montarte un lío tremendo en la cabeza.

-A ver A. ¿Cuál eliges?

Las dos profe…las dos, pronunciarás con la baba cayendo y la mirada aún secuestrada por aquellos globos.

-¡Ay Cruces pobre da muller que te leve!

El caso es que salí de allí convencido de que podía elegir ciencia puras y sí me equivocaba podría rectificar el rumbo. Al fin y al cabo Naturales sí que se me daban de miedo en EGB y las Naturales son ciencias.

Silogismo inútil pero a todas luces reconfortante en ese momento.

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En definitiva, me volví a equivocar, pero en selectivo saque un 5,5 (sumando los tres exámenes de ciencias)
PD: Dentro de las asignaturas de ciencias hay una para la que serás especialmente inútil. Dibujo Técnico. La elegirás.

La profesora estaba como un tren. Tranquilo A, no estarás solo en el reto de trazar una línea recta, en esa clase estarán todos tus amigos. Ninguno sabía dibujar, ninguno quería aprender. El poder del escote.

Mientras tanto mis padres…pagaban…

¡Salud hermanos!

(Extraído de Cartas a 1985)