La leyenda de El cuarto Rey Mago

La historia oficial, los libros y la tradición nos cuentan que los Reyes Magos de Oriente eran tres, pero en ocasiones (o mejor estaría decir casi siempre) la historia está escrita por los ganadores.

Este relato tiene como objetivo reivindicar la existencia e importancia de una figura olvidada, de un hombre que ha sido injustamente borrado del imaginario colectivo, su nombre ha sido cercenado sin compasión de todos los libros, erradicado de todas las películas, de todos los documentos de la época.

Esta es la historia del cuarto Rey Mago.

La historia de Jose Luis.

40 años antes del nacimiento de Jesús.

Centro de Formación para  Reyes Magos de Oriente Herodes, El Grande

Gaspar y Melchor aprovechan los recreos y los tiempos muertos para fumar esas hierbas aromáticas que ha traído Baltasar desde el Norte de África. Baltasar El negro, como le llaman cariñosamente ha sabido hacerse un hueco en sus corazoncitos a base de simpatía y pequeñas dosis de contrabando. Lo cierto es que los tres se han vuelto inseparables desde el comienzo del curso y no se despegan  bajo ningún concepto. Siempre juntos salvo en el vestuario. Allí todo el mundo se aparta de Baltasar para evitar incómodas comparaciones.

El Centro de Formación para Reyes Magos de Oriente Herodes, El Grande tenía un solo objetivo. Formar a cientos de futuros candidatos a Reyes Magos en las muchas disciplinas, oficios y artes necesarias para convertirse en unos de los cuatro elegidos de cara a la inminente advenimiento de Jesús.

Eran doce clases y en cada una de ellas se daban cita a diario doce alumnos de distintas procedencias. Estaban los semitas, que era un poco chulos y sobrados, pero en el fondo buenas personas; los asiáticos, bastante parlanchines y divertidos; y los africanos que eran muy buenos bailando y cantando a capela. Ellos vivían por su propio código y bajo sus propias normas y aunque cada uno tenía su propio nombre, entre ellos se llamaban “Madafacá”. “Madafacá esto”, “Madafacá lo otro”. Un poco agresivos en lo que a la utilización del verbo se refiere, pero a todas luces todo corazón y bondad.

Las asignaturas en el centro eran de lo más variadas. Por ejemplo, en este segundo cuatrimestre las más hueso eran: Sigilo I, Magia II, Protocolo I, Principios Básicos de Orientación y Doma de Camellos. Entre las optativas las más demandas eran sin duda Ubicuidad y Cómo tratar a tu paje.

Y precisamente en una de estas clases empieza nuestra historia quizás no en la más popular, pero el destino quiso que Jose Luis y Baltasar se conociesen “a la fuerza”. Eran los dos únicos inscritos en la asignatura ” Mirra Artesanal”. Así que la conversación surgió de manera natural.

—Vaya, parece que esto de la mirra no es precisamente un éxito. Soy Jose Luis encantado.

—Yo Baltasar—dijo el negro con esa voz grave como un túnel a oscuras mientras le tendía la mano—. ¿De dónde eres?  Nunca te había visto por la escuela.

—Estoy de Erasmus. Mi sueño es ser uno de los Reyes Magos.

—Ja, ja, ja, ja —la carcajada del negro retumbó en todas las  esquinas de la clase como si una docena de truenos hubieses descargado justo encima de ellos en aquel momento

— ¡Ese es el sueño de todos y cada uno de los candidatos  Jose Luis! Y ya sabes que solo pueden quedar cuatro.

—Pues ojalá tú seas uno de ellos— dijo Jose Luis.

Uno de los pajes en prácticas interrumpió la conversación y  anunció que la clase se había cancelado por la poca repercusión y que los trasladaban a “Ubicuidad”.

—Creo que vamos a quedarnos sin saber más de la mirra. Por lo que he leído sobre ella me parece un regalo original y distinto y si yo fuese Rey Mago seguro que sería el regalo que elegiría para Jesús.

—¿La mirra? ¿Qué es eso?

—¡Pero si tú te has apuntado a la clase como yo!

Baltasar sacó un papel arrugado de su casaca morada y leyó con detenimiento, rumiando para sí las palabras: Mirra Artesanal.  Baltasar levantó la cabeza y desplegó una amplia y blanca sonrisa.

—Leí mal tío. Pensaba que ponía “Variedades de Birra”. En ese pesebre va a hacer falta algo de alegría, va a ser todo muy lúgubre.

Los dos rieron a mandíbula batiente que es una expresión muy utilizada desde aquella época y en honor a Baltasar para expresar que se partieron el ojete moreno durante unos minutos. Aquello era el principio de una gran amistad, pero por desgracia no duradera.

Jose Luís, o J.L. como comenzaron a llamarle en el centro, se ganó las simpatías de todos en apenas unos días. Baltasar le invitó a las pequeñas fiestas que organizaba después de clase y allí entabló una relación de camaradería con Gaspar y Melchor. Aunque buena gente, el trío original era bastante malo en los estudios y fue Jose Luis el que les enseñó a sacar más provecho de lo aprendido, les organizó clases particulares, les ayudó con las materias que se les atragantaban y todo por una visión.

—¡Nosotros seremos los Cuatro Reyes Magos de Oriente! Pasaremos a la historia como leyendas, como sabios generosos, magos inigualables y los niños de todo el mundo nos querrán con locura. ¡Haremos felices a todos esos críos empezando por Jesús! ¡Gaspar, Melchor, Baltasar y Jose Luis! ¡Ya puedo verlo!

Sus notas subieron como la marea en luna nueva y pronto los cuatro se colocaron en las primeras posiciones del RRM (El Ranking de  los Reyes Magos) que hacía una media ponderada de habilidades, notas y popularidad.  Jose Luis encabezaba con holgura ese ranking y le seguían Baltasar, Melchor y luego Gaspar.

El día de la gran elección se acercaba, pero la gente tenía la sensación de que la suerte estaba echada desde hacía tiempo. Todo el mundo sabía quiénes serían los elegidos.

Pero entonces Herodes cambió sus destinos para siempre.

Herodes, El grande

Herodes, El Grande medía en realidad 1,53. Por eso se puso el apodo de El Grande. A nadie le gusta pasar a la historia como Herodes, el tapón o Herodes, el que no tiene ni media hostia.

Sus apariciones públicas eran muy muy pocas y aunque tenía claro que lo del Mesías era una amenaza para sus intereses nada mejor que financiar ese centro para despejar cualquier duda sobre sus intenciones. Mandaría matar a todos los niños menores de dos años para evitar problemas eso por supuesto, pero cada cosa a su tiempo. De momento quería disfrutar de la admiración de su pueblo y rebajar su fama de sanguinario. “Matas a un niño y te llaman matan niños” decía siempre. Además según la profecía, aquellos Reyes Magos les guiarían sin saberlo hasta la ubicación exacta del crío. Su plan era perfecto.

Por todo salvo por una cosa. Ese tal Jose Luis. Ese tipo había revolucionado el centro.

Ese candidato era un peligro. Creía de verdad en el papel de los Reyes Magos. Si sospechaba de sus intenciones tendría problemas. Era un hombre con principios, valores e ideales y eso no era nada bueno para sus intereses. Si por Herodes fuese quemaría a todos los soñadores y haría que se comiesen sus propios testículos. Los otros Reyes eran buena gente también, de aquello no había duda, pero eran mucho más fáciles de manipular. Un poco de fama por allí, algo de reconocimiento por allá y cumplirían, sin saberlo, su papel a la perfección.

El gran día

Todos estaban nervioso aquella mañana. Herodes ya estaba en el centro y el salón de actos estaba abarrotado. Los compañeros felicitaban ya a los ganadores con deportividad y todo estaba a punto para el discurso del Rey de Reyes.

Herodes subió a la palestra, se acercó al atril y mandó que bajarán el micrófono que le quedaba un poco alto. Mandó que le amputasen los brazos y la nariz al responsable y con una sonrisa en la cara comenzó su charla.

—Estimados profesores, alumnos y pajes. Esta es sin duda la mejor promoción de Reyes Magos de la historia y tengo el placer de comunicaros los nombres de los elegidos. Por desgracia ha habido un pequeño cambio en las reglas y no serán cuatro los Reyes Magos de Oriente sino tres.

Un murmullo barrió la sala como una ola. La gente estaba desconcertada.

—Los elegidos son: ¡Gaspar, Melchor y Baltasar!. Un aplauso para ellos.

Pero nadie aplaudió. El público enmudeció. Los elegidos se miraron entre sí, pero las miradas se centraron en Jose Luis que notaba como las lágrimas comenzaban un camino imparable desde su corazón hasta sus ojos.

—¡Pero eso no es justo!—exclamó alguien desde el público.

—Por favor verdugo, córtale los huevos al que acaba de decir eso y mata a su hijo de una pedrada en la cabeza. ¿Alguna voz más que quiera compartir sus inquietudes con nosotros?

—Señor—dijo Baltasar—. Jose Luis se lo merece más que nadie.

—Bien, pues si tanto lo queréis podéis dejar el puesto vacante, por candidatos no va a ser.

Jose Luis se acercó a sus compañeros.

— No se os ocurra abdicar. Os lo merecéis más que nadie. Sé que lo haréis bien. Haced que me sienta orgulloso.

—Pero Jose Luis…— dijo Melchor—.

—Necesito irme de aquí. Pero seguro que volveremos a vernos.

—¿A dónde irás?

—Tengo un par de ideas, pero ahora necesito estar solo.

Herodes reía al ver la escena y levantó una mano. En apenas una décima de segundo uno de sus sirvientes apareció a su lado.

—Borra todos los registros de José Luis, aquí y en su tierra. Cuando lo hayas conseguido córtale los huevos.

—Sí su majestad.

El sirviente borró todo registro del centro, la partida del nacimiento, hechizo a sus familiares y amigos e incluso a los tres Reyes Magos con La Poción del Olvido y claro, todos se olvidaron del bueno de  Jose Luis. Era como si nunca hubiese existido. De tanto manipular la poción hasta el mismo sirviente se olvidó de Jose Luis y no lo mató. Aunque no le habría servido de nada buscarlo ya que J.L. había huido muy lejos de allí. Atravesó, desiertos, océanos y montañas;  valles y ciudades en busca del lugar más recóndito en el que un hombre podría vivir. Después de 1.000 días de viajes había conseguido llegar a su nuevo hogar. Allí podría empezar de nuevo y perseguir su sueño.

Laponia sería su casa.

—¿Busca algo amigo?—dijo un señor al ver al extraño en un camino colapsado por la nieve.

—Quizás un poco de paz y empezar de cero.

— Vaya…—. dijo el hombre mesándose la barba—. ¿Cómo se llama?

—Puede llamarme…Nicolás.

Nicolás. Era un buen nombre para esa nueva etapa.

Y como suelen decirse el resto…Es historia.

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