Diario de a bordo: Reunión de guardería

Estimado Capitán:

El verano arrecia en el planeta Tierra. Las playas llenas de gente aceitosa, las calles inundadas de pantalones cortos, chanclas y helados…Pero los padres primerizos estamos ya pensando en septiembre y en lo que aquí se les da en llamar: La Guardería. Como su nombre indica, la guardería es el lugar en el que se guardan hijos. Es decir, un espacio en el que unas personas ajenas a la familia cuidan de nuestros lechones mientras nosotros trabajamos o estamos ocupados estando en paro. Bien, pues resulta que la jefa de la guardería, La Capitana para que me entienda, convoca una reunión con todos los padres para explicarles el funcionamiento del lugar. Y ahí estoy yo con otros tantos padres; unos con más experiencia Padres Premium (hay gente con cinco hijos algo tan inaudito como nacer con siete testículos) y otros con menos maestría Padres de Hacendado a los que se nos reconoce por la cara de pánfilos y la mirada de búho.

La verdad Capitán es que hacía años que no me sentaba en un pupitre y un montón de recuerdos me arroparon durante la reunión. Delante nuestra estaban ellas. Las profes. Personas que serán una gran influencia para los mellizos durante el próximo año; profesionales con uniforme (que da más seguridad) compuesto por un pantalón rosa fuerte y una alegre camisa multicolor. Deduzco que no son daltónicas y eso está bien. En esta época en que los niños aprenden cosas como los colores se agradece. Trasmiten sensación de equipo; así alineadas parecen las Harlem Globe Trotters de la educación infantil. Me gustan. La Capitana nos habla del funcionamiento de La Guarde. 

Hay algunas normas básicas que no deberían verbalizarse y sin embargo lo hace. Será por algo.

Las normas

Hay tres normas básicas.

Norma nº1: Los niños deben venir limpios a la Guardería

Yo había pensado rebozarlos en unto, barro y después rajar una almohada y soltarles todo el plumón encima. ¡Claro que tienen que ir limpios! Lo que me inquieta qué tendrá que haber visto en su carrera esta mujer para tener que recordarlo de viva voz. Supongo que la frase de Rambo de “He viso cosas que harían vomitar a una cabra” se aplica en este caso.

Norma nº 2: No llevar a los niños con fiebre

Los niños deben ir sanos a la guarde. Y es que hay edades en las que estas criaturas son como fichas de dominó. Cae una y van todas detrás. Como las cervezas.

Norma nº3: Norma Duval.

A continuación La Capitana nos habla del comedor, de los niños celiacos y me pongo muy contento de que haya extranjeros en el centro. La mezcla de culturas y razas es necesaria para el enriquecimiento intelectual de nuestros hijos.  Incluso puede que algún día vayamos de vacaciones a Celia, que supongo que será una isla italiana o griega.

Otro punto en el orden del día fue el tema de los carritos. La responsable nos advierte de la imprudencia de dejar los carritos aparcados en la puerta ya que el centro no dispone de un vigilante para estos menesteres. Yo pondría a Batman. O si no puede ser pues pondría a un aparcacoches vestido como Batman, pero que en realidad no fuese él, no sé si me entiende, Capitán. A eso en La Tierra se le llama señuelo. A mi juicio señuelo es un nombre de mierda para un vigilante, pero buen, a falta de Batman…Lo que nos queda claro es que hay que tener ojo con los carritos que hay mucho pájaro suelto y el curso pasado desapareció alguno.

La Capitana se dispone a anunciar los nombres de los niños y el de su futura profesora que será la encargada de la visita guiada por el centro. Cuando nombra a la profesora yo aplaudo. Nadie me sigue el rollo. No lo entiendo. Se merecen un aplauso. Al fin y al cabo serán parte de la familia durante un año. Seguí aplaudiendo en cada nombre por principios. Algunos padres me miran mal, sobre todo los estrábicos. En fin. No se puede luchar contra ciertos comportamientos, Capitán.

Me toca una profesora muy maja que nos habla de los horarios, de las necesidades, de la mecánica de la escuela; hago alguna pregunta y me mira como si fuese un padre desinformado. Me ha calado enseguida. Se habla de juguetes, de siestas, de peluches. Una madre preocupada (tenía el ceño fruncido como cuando llevas tres días sin ir al baño) pregunta por el tema del chupete. La profe nos guiña un ojo y nos confiesa con complicidad que en Navidades Papa Noel visita el lugar y se lleva los chupetes de los niños para siempre.  Cojonudo. Un Papa Noel cleptómano. Le digo que a ver si va a ser él el que roba los carritos. El resto de padres se ríen, pero ella no y solo hay una explicación para eso:

Creo que la profe me tiene manía.

 

Un saludo Capitán.

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Diario de a bordo: Gestión de violencia

Estimado Capitán:

Esta mañana he tenido el privilegio de quedarme por la mañana con los lechones. Ayer fue una jornada de grabación agotadora que acabó especialmente tarde. ¡No se puede imaginar usted la agradable sensación que es despertarse a las siete de la mañana rodeado de dos señores en miniatura que quieren investigar el mundo!

En un rato saldremos de casa y mamá osa me ha dejado la ropa preparada para que los vista. Le dije que no se preocupase, que yo era perfectamente capaz de elegir un vestuario conjuntado y acorde a esta época del año. Ella me miró con una expresión a caballo entre la pena y la incredulidad y, sin decir nada, estalló en carcajadas, abrió la puerta y tras murmurar algo que no pude entender sobre el daltonismo se fue.

Hasta el momento los lechones y yo no hemos hecho gran cosa. Mover la cabeza al ritmo de la música, ver el resumen del debate del PSOE (ellos seguían moviendo la cabeza, pero esta vez cada uno para un lado), cagar mucho (sobre todo ellos) y pelear. Peleas entre ellos. Pensándolo bien, llamar a eso peleas quizás sea muy osado. Son pequeñas cosillas. Que si te pillo la mano con el cesto y aprieto para abajo, que si te tiro del pelo, pues yo te muerdo…Y esto, Capitán, nos lleva al tema de hoy.

¿Cómo gestionar la violencia?

A hostias. Así era en los ochenta. En el colegio caía alguna. Nadie mejor que un cura para mediar en un conflicto y soltar unas buenas hostias. Esto no es un secreto, es conocida la debilidad de curas y algunos profesores no pertenecientes al gremio de Cristo de educar a base de coscorrones, tirones de patillas, bofetadas etc. En algunos casos incluso han utilizado libros de textos y Biblias para calentar mofletes.

¿Cómo tiene que gestionar un padre moderno y daltónico como yo la “violencia” de sus hijos para que no se conviertan en unos ñetas?

Una cosa es la cabeza, que te dice lo mismo que esos gurús de la educación y otra la vida real. Personalmente Capitán me encantaría intentar razonar con ellos cuando por ejemplo Tomás le tira del pelo a Antón. Sería genial ser una especie de negociador, al estilo de las películas americanas.

—Tomás suelta a tu hermano. Haz el favor.

Tomás mira desafiante, se ríe y tira un poco más fuerte. Antón llora.

—Tomás, hijo, verás…Le estás haciendo pupa. Además estás rodeado. Creo que sería una buena idea si lo sueltas, nos vamos todos al salón y olvidamos todo esto. Mamá no tiene que enterarse.

Pero la realidad es otra. Por ejemplo ahora mismo. Tomás golpea el radiador como el simio protagonista de “El planeta de los simios” (la nueva, que es más violenta). No para, cada vez más fuerte. Está en modo asilvestrado. A mí también me dan ganas de golpear como un orangután el radiador cada vez que me llega la factura y no lo hago. No lo suelo hacer. Con gente delante.

Uno piensa. “Bien. ¿Cómo actuaría un padre guay en esta situación? Bill Cosby o el Dr. Seaver, alguien guay de verdad, pero no hay tiempo de maniobra y me sorprende enfilado hacia Tomás y antes de darme cuenta me escucho decir una frase llena de psicología infantil.

—¡Tomás! ¡Cómo no dejes de darle golpes al radiador te corto los huevos!

Ahora mismo está dando golpes a la silla y le dice algo. Está cabreado. Ahora es Antón que lo imita. Da golpes a la misma silla y también grita algo. Creo que es un rito para que llueva.

Buscando en Internet he encontrado unos consejos para estas situaciones.

  • Cuando un niño pegue, hay que decirle con firmeza: ‘no se pega’. Evidentemente. No le vas a decir: “¡Sigue! ¡Dale más fuerte! ¡Eres un flojo! ¡Al hígado!
  • Si persiste en su agresividad, lo que se puede hacer, sin perder la serenidad, es apartarle de nuestro lado, llevarle a su cuarto, o dejarle allí solo si está en él. En Guantánamo hacían algo parecido.
  • Cuando el comportamiento de pegar forma parte de una rabieta, nunca hay que permitir que consiga algún propósito por ese procedimiento. Nivel Hermano Mayor.
  • Una vez que la crisis (se referirá a Cuba o al Brexit) haya pasado, hay que volver a ser cariñosos con el niño (¡Ah vale! Hasta ahora era de mal rollo), sin rencor, como si no hubiese pasado nada. Y, por supuesto, hay que ser cariñosos también el resto del tiempo. (Aclarado queda)

Voy a seguir estas reglas. Aunque las cojo con pinzas Capitán. Ya sabemos que en Internet hay de todo. Desde Arturo Pérez Reverte hasta gente formada de verdad.

Habrá que buscar el equilibrio entre los curas de los ochenta y “Padres Forzosos”.

 

Un saludo.

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Diario de a bordo: Aplausos

Estimado Capitán:

Le escribo con un trancazo del 15 (me refiero a un resfriado). Al final tanto hospital y tantos virus de unos y otros, pues es lo que tiene. Tengo la garganta con placas que a juzgar por el dolor deben ser por lo menos tectónicas.

Hoy le quería hablar del aplauso. Vivimos en esa era. ¿Cada cuánto aplaude usted en su vida normal? Ellos se pasan aplaudiendo la mitad del día.

Parece que estoy criando a Los Chichos.

Aplaudir. verbo transitivo/verbo intransitivo

Chocar repetidamente las palmas de las manos una contra la otra como muestra de aprobación, admiración o acuerdo con una persona o con lo que hace.

Supongo que aplaudir es el primer acto de refuerzo (o de los primeros) que aprenden los lechones humanos. En realidad es culpa nuestra, los padres, que sin darnos cuenta los educamos desde muy pequeños en el aplauso. Si hacen algo bien nosotros aplaudimos confiriéndoles el status de artistas,  divos etc. Son al fin y al cabo las grandes estrellas de nuestras vidas. Y ellos, que son más listos que nosotros, pronto empiezan a imitar ese comportamiento. Con cada aplauso vienen a decir algo así como: “Mira papá, ya está lo he conseguido”.

Estos dos aplauden siempre. Termina una canción…Aplauden. Acaban la merienda…Aplauden. Llega alguien a casa …Aplauden. Se te mean en la cara…Aplauden.

Además tienen varios estilos de aplauso que van desde lo que yo llamo el Lina Morgan (descoordinado y atropellado)  hasta uno mucho más elaborado “el Antonio Carmona” un aplauso tan rítmico y lleno de arte que parece que se van a arrancar por bulerías de un momento a otro. Hay una gran paleta de colores en el mundo del aplauso, pero el que más ha llamado mi atención es el que se podría clasificar como el Aplauso de Pavlov , ya sabe usted Capitán, aquel del experimento con el perro y el filete.

Pues esto es parecido.

Anton Jr. tiene asma y al principio la mascarilla le daba miedo así que Ovugirl (madre de dragones) y un servidor nos pusimos a jugar con él para que lo entendiese como un juego. Después de su paso por El Hospital (The Hospital) ya lo tiene asumido y es él el que busca la mascarilla incluso cuando no le toca. Sabe que cuando acaba el proceso toca un aplauso rico que inunda cada esquina del salón.

La sorpresa me la llevé ayer por la noche cuando tuve que darle uno de los inhaladores  y el lechón estaba durmiendo a muslo suelto. Le puse la mascarilla, apreté dos veces el inhalador y él sin abrir los ojos ni moverse al acabar el proceso …¡Aplaudió!. Fue una breve ráfaga que me provocó una carcajada. Como los diputados estos que se duermen y después aplauden como si sí.

Pues que aplaudan claro que sí.

Ya se les irá pasando. Uno con los años pierde la costumbre. Yo he intentado recuperar la costumbre, pero la gente me mira raro. Aplaudí al carnicero cuando me cortó la carne y me miró como si le estuviese puteando, un taxista me dio bien la vuelta y yo paré un segundo para aplaudirle y tampoco sonrío mucho. La gente mayor no se lo toma como un cumplido, se lo toma mal.

Llaman a la puerta  Capitán, debe ser el pizzero seguro que él si me lo sabrá agradecer.

 

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Seguiremos informando.

 

 

 

 

 

 

Diario de a bordo: De hospitales y cárceles

Estimado Capitán:

Estos días han sido días duros, verá, uno de los lechones tiene una cosa que se llama bronquiolitis y lleva seis días en el hospital. Es bastante triste ver a un hijo  con oxígeno, tan pequeño, pero está feliz y poco a poco va mejorando. Es un campéon.

Y este sinvivir  de mascarillas, oxígeno, saturaciones, pitidos y enfermeras ha dado pie a ciertas situaciones y reflexiones que quería compartir con usted.

En primer lugar los hospitales humanos guardan similitudes con las cárceles humanas. Uno por lo general está recluido en ambos centros contra su voluntad. Te dan un uniforme y hay unos horarios preestablecidos: El del tratamiento, el del rancho, el de apagar las luces…Y el pequeño Antonciño pues los cumple todos a rajatabla y con voluntad espartana aunque de vez en cuando se le fuga una mirada por la ventana (su habitación da a la calle) y en sus ojillos se dibuja el brillo nostálgico de la libertad. O a lo mejor es el catarro.

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Con la abuela, ansiando la libertad.

Compañeros de celda

Hasta el momento el pequeño A.  ha tenido dos compañeros “de celda” el pequeño B. que enseguida salió en libertad provisional y la pequeña C. que entró ayer en prisión. Es muy salada, pero tose como un camionero búlgaro. Es reincidente la semana pasada ya estuvo en este módulo, pero se ve que la justicia y las recaídas son implacables. Antón le pone ojitos y ella sonríe. Supongo que eso hace más llevadero el encierro de mi hijo…

Tratamientos

Cada cuatro horas al chaval se le aplica una cosa que se llama nebulización que es un tratamiento que tiene nombre de galaxia. En realidad es tan solo una mascarilla, pero la imagen acojona. Ver a tu hijo así hace que todo se tambaleé, pero hay que tirar para adelante.

No sé Capitán que hay en esa mascarilla, pero le pone como una moto. Desde luego por los efectos uno diría que el chaval acaba de esnifar pegamento por que le da un subidón que parece que viene de Woodstock. Mueve la cabeza, se tira sobra la cama en plancha y  con los brazos abiertos, se ríe y vive la vida loca. Eso le dura un rato y después le da el bajón. Es como Jim Morrison en pequeño.

También le metemos a traición un jarabe que para que las enfermeras te digan que sabe fatal ya debe ser de Hacendado por lo menos. El otro día se lo enchufé como una centella y puso la cara de cuando le das un buen sorbo a la leche y resulta que está cortada. Me miró cómo diciendo: Pero…¿Tú no eres mi padre? ¿Por qué me haces esto?

Enfermeras

Como los pacientes las hay buenas y malas. Más bien las hay buenas y bordes. Y esto es así en toda la galaxia. Es una ley inmutable del Universo.  En el 98% de los casos son atentas, cariñosas, resueltas y grandes profesionales. El otro 2% tiene el carácter (y el aspecto) de un mercenario checheno y más les valía callarse la boquita de vez en cuando. Estoy allí contra mi voluntad y si quiero una charla sobre paternidad ya me voy al TED. Bastante tengo yo con ver a mi hijo ahí postrado para que vengas dando lecciones. Gracias a Dios son excepciones, pero como las meigas…Habelas hainas.

Régimen de visitas

Somos un montón cuidando del pequeño Antón. Está mamá, papá, las abuelas y abuelos, los tíos…Todos nos convertimos en un gran equipo y eso da gusto, pero hay alguien que está sufriendo bastante con esta situación y que lleva casi una semana sin ver al “preso”: Su hermano Tomás.

Tomás

Está de bajona. Le falta algo. Deambula por la casa como una folclórica sin torero. Un poco tristón por la ausencia prolongada de su querido hermano. Su madre me contó que el otro día le estaba poniendo el pijama y al acabar Tomás le tendió el de su hermano. Es un niño muy sutil. Como un Gila de 80 centímetros. Supongo que de fondo sonaba “Love Story” o algo así. Así que también hay que darle cariño al pequeño Tomás. Estamos deseando asistir al reencuentro, pero si todo va bien nos quedan dos días más de condena como mínimo.

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Tomás posa triste, pero conquistador tras pasar por las manos mágicas de papá que en otra vida fue un gran peluquero creador de tendencias.

Capitán desde aquí quiero mandar mi abrazo a todos aquellos padres que tienen a sus hijos con enfermedades más graves en los hospitales y trasladarles mi más acongojante admiración.

Ellos y sus pequeños son auténticos héroes.

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Va por vosotros.

Seguiremos informando.

 

 

 

Diario de a bordo: Noche sin dormir

Estimado Capitán:

Esta noche la hembra terráquea y yo no hemos pegado ojo. Es lo que tiene que ser padre múltiple.  Ha sido la peor noche desde el advenimiento de los lechones. Le voy a ser sincero. Había escuchado leyendas sobre eternas noches sin dormir, pero hasta este momento no nos había ocurrido nada parecido.

Verá uno de ellos, Antón Jr. está acatarrado, dos velas líquidas  bajan por su nariz, perfilan sus labios y desembocan en su barbilla. Sus ojos están acuosos y un poco rojos. Parece que acaba de llegar a casa de un after. Y está muy incómodo y cuando los bebés están incómodos lloran a mandíbula batiente.

Y así estuvimos toda la noche. Aquí le pasó el resumen de actividad que me pidió.

00:00 No logran dormirse. Tomás está a punto, pero Antón no para.

01:00 Tomás se queda dormido. Antón sigue llorando, a veces se tranquiliza, pero es solo un espejismo como cuando crees que te mira la camarera guapa, pero en realidad no. Te haces ilusiones vanas.

02:00 Antón Jr. por fin se duerme.

02:03 Tres estornudos rompen la noche. Antón se vuelve a despertar.

02:10 La hembra terráquea y yo juramos en arameo. Hine mah tov umah na’im.

02:15 Le damos la Apiretal. Como buen paciente la escupe. Sigue llorando.

03:00 Los lloros no paran. La conversación que tenemos mi mujer y yo es todo lo contrario a la siguiente.

—Uy que a gustito se está así.

—Sí, que noche más genial. Además ardo en deseos de ir a trabajar. ¡Aún quedan cuatro horas!

—Qué guapa estás amor.

—Pues anda que tú, jamás había conocido a nadie tan atractivo y fértil.

—Vuelve a llorar el niño, ya me ocupo yo.

03:20 Antón se relaja. Lo metemos en la cuna. Paz.

03:45 Ella consigue dormir. Yo me desvelo.

03:50 Antón arranca de nuevo con su lloro. Camarón es un flojo a su lado. Su madre se despierta. Impotente y de nuevo muy atractiva. Lo traigo de nuevo a la habitación por voluntad propia.

03:56 Se despierta Tomás.

04:00 Les preparamos un biberón. Es el denominado biberón “A ver si así…”

04:06 Tomás está feliz. Me mira fijamente. Es James Dean con chupete. Su madre y yo notamos que se ha despertado hablando en otro idioma. No es el idioma natural de un bebé español. Es como si fuera una mezcla entre un japonés y R2D2. Nos damos cuenta que toda resistencia es inútil y nos unimos a la fiesta.

05:30 La cosa sigue igual. El japonés no para y Antonciño parece Massiel de resaca. Esto es una pesadilla. Se nos cierran los ojos y estamos algo irascibles.

—Guapa

—Guapo tú. Camelador.

06:00 Por fin se duermen. Y nosotros también.

Puede que haga gracia, pero no es divertido. Es agotador. Aún así al verlo llorando, tan rojo, débil e indefenso, pensé en una cosa que siempre me decía mi madre cuando estaba enfermo: “Si pudiera me cambiaba por ti”. Yo pensaba Capitán que estaba loca. Pero no. Pues eso es justo lo que pensaba yo ayer. Y eso que solo es un catarro. Hay un hacedor de canciones en este planeta llamado David Summers que no podía haberlo descrito mejor en su canción “Multiplicados por nueve”. Dice así…

Yo te pido si es que existes,
Que me duelan sus dolores,
Multiplicados por nueve.

Yo te pido si es que puedes,
Que me quebren sus fracturas,
Y que me suba su fiebre.

Que me de sus malestares,
Su escayola, su jaqueca,
El dolor de sus muñecas,
Casi blancas, casi solas,
Su adicción a la tristeza,
Que me duele mas que nada,
Yo te pido por la almohada,
Donde apoya su cabeza.

Que el mar, entierre su miedo en mí,
Que no llore mas, que no tenga que sufrir.
Que la soledad, no me deje a mi dormir,
Y que el dolor de sus latidos, se mezcle con el mío.

Yo te pido si es que puedes,
Que me duelan sus dolores.
Multiplicados por nueve.

Pues eso Capitán. Que me duela todo a mí.

Buenas noches. (No es un decir. Es un deseo).

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Diario de a bordo: Un año de amor

Estimado Capitán:

Los lechones han cumplido ya un año. ¡Un año! Ha sido un año de amor, heces,  de baños y sonrisas; de ser papá bloguero, de abuelos que ayudan incondicionalmente, de noches sin dormir del tirón; un año de descubrimiento.

Su madre los mira y se le cae la baba.

Yo los miro y se me cae la baba.

Y allí están ellos mirándonos llenos de babas.

Un año. Ahora les quieres poner el pañal y se retuercen. El peligro es que el pastel puede acabar esparcido por la cama como un cuadro al óleo.

Un año. Casi se sostienen sobre sus dos piernas regordetas. Casi. A veces, ellos no se dan cuenta de ese crucial “casi” y acaban en el suelo.

Un año. Esos dientecillos que asoman por la encía y que les dan un aspecto de duendes traviesos. Los pequeños bebés vampiro.

 

Capitán, creo que es una buena fecha para volver la vista atrás…

Todo empezó el seis de octubre de 2015. El día que cambió nuestras vidas. Aquí va una selección de los diez mejores posts de este año de vida.

  1. Tomás y Antón: Day One
  2. Una semana de vida
  3. Bibe…y deja vivir
  4. Las aventuras de Ladilla y Ladrillo
  5. Aprendiéndonos
  6. Operación Alcatraz
  7. Érase una vez la calle
  8. Permiso de maternidad ja ja ja
  9. Abuelos primerizos
  10. 6 meses y un día en La Tierra

 

Estos son algunos Capitán, hay mucho más. Disfrute conmigo de este viaje único e irrepetible.

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Diario de a bordo: El ángel de la guarda

Estimado Capitán:

Los bebés terráqueos conocidos con los nombre de Antón Jr. y Tomás están a punto de cumplir un año. Su crecimiento ha sido pasmoso, rápido e irrepetible. Ya gatean, les han salido dos dientes arriba y dos abajo, comen como presos panameños al salir de aislamiento y ya hace tiempo que muestran rasgos definitorios de su personalidad. Antón, más nervioso y expresivo que Luis Cobos al final de una zarzuela y Tomasete más tranquilo que Piqueras de vacaciones.

Hemos tenido que blindar el salón para reducir lo más posible (es decir que tiendan a cero) el número de incidentes que provocan a diario. Y cuando escribo “incidente” quiero decir “hostia que te crió” que es como denominan a estas pequeñas caídas de aprendizaje y ensayo los humanos.

Hemos comprado una cosa que los padres de este planeta denoniman “protectores de esquinas” que por usar un término científico no valen una mierda. A lo mejor un poco sí, pero nosotros los hemos puesto y los chavales los quitan sin esfuerzo lo cual posiblemente nos convierte en malos padres que arderán en el averno para siempre.

También hemos comprado una cosa que sirve para tapar los enchufes que en un alarde de creatividad humana reciben el nombre de tapaenchufes. Los niños no son capaces de sacarlos.

Y yo tampoco.

Lo cierto Capitán es que llevo una semana sin ver la televisión, pero es que me da vergüenza pedir ayuda. El mecanismo está muy bien pensado por estos humanos que cuando quieren bien que se las apañan para hacer las cosas bien.

Otro de los elementos indispensables para eliminar riesgos son los bloqueadores de cajones. Cuando los humanos se hacen mayores sienten un deseo irrefrenable, casi sexual, por encontrar un punto de la calle en el que puedan supervisar obras (así en general) con tranquilidad. Los cajones es el equivalente infantil a estas obras. Si hay un cajón allá van a abrirlo. Pues bien, con el bloqueador de cajones todo está solucionado. Serán incapaces de abrirlo. Bastante me cuesta cerrarlos (según su madre) como para que ellos vengan a deshacerme el trabajo. Para ser sinceros he metido todo lo que me importa en cajas de cartón ya que tampoco creo estar capacitado para desbloquear el bloqueador de enchufes. Soy de letras.

Más cosas. El salón ya no parece un salón. Más bien es como el país aquel del cuento de Pinocho al que iban todos los niños drogadictos en potencia carne de “Hermano Mayor”. Juguetes y más juguetes, peluches y más peluches y un sofisticado sistema de cojines, alfombras y piezas acolchadas creadas por la sinigual Ovugirl para evitar que los lechones se hagan daño. Vivo en un Chiquipark.

Puede parecerle Capitán que hacerse daño en estas circunstancias es imposible. Pero se lo hacen. Se lo hacen porque no paran. No paran porque son niños. Y son inquietos como militantes del PSOE en estas fechas. No saben qué hacer y claro…De vez en cuando atrapan.

Chocan contra la pared, caen de espaldas en la alfombra, aterrizar con el culo también se estila mucho, de cabeza a la alfombra es un clásico…El 99% de las veces se ríen y pienso Capitán que si me meto yo esa hostia estoy un mes en el Hospital. Causa efecto que se llama. Pero ellos, pequeños Lobeznos, se recomponen felices, giran sobre sí mismos y continuán con su fiesta gitana en el salón, que solo falta Camarón.

El otro 1% de las veces la cosa cambia. Se hacen daño y  lloran. Y aquí los padres hacemos una cosa harto curiosa. Nos echamos a reír como si no hubiese pasado nada. A ver si cuela y ellos también se ríen. Pero aunque pequeños capitán, no son gilipollas y cuando algo duele, pues duele. Imagínese usted que le atropella un coche y el conductor sale descojonándose a ver si le contagia la risa. ¿A qué no? Pues eso.

Además ojo. Son rápidos como centellas. A la que te descuidas te la lían. Hoy Antón se cayó de la cama. Y descubrí que en casa no somos cuatro… Somos seis. Hay dos ángeles de la guarda. En su caída pude ver como algo o alguien la ralentizaba para que mi lechón no se hiciese daño. Espero que  estos ángeles estén con un contrato en condiciones para que se queden por aquí muchos años. Si son autónomos ya me pongo a temblar.

Bueno le dejó a ver si soy capaz de cambiar de canal que llevo dos semanas en Telecinco…Se me quedó el mando en el cajón y eso no lo abre ni Jason Bourne.img-20160929-wa0003