Diario de a bordo: Gestión de violencia

Estimado Capitán:

Esta mañana he tenido el privilegio de quedarme por la mañana con los lechones. Ayer fue una jornada de grabación agotadora que acabó especialmente tarde. ¡No se puede imaginar usted la agradable sensación que es despertarse a las siete de la mañana rodeado de dos señores en miniatura que quieren investigar el mundo!

En un rato saldremos de casa y mamá osa me ha dejado la ropa preparada para que los vista. Le dije que no se preocupase, que yo era perfectamente capaz de elegir un vestuario conjuntado y acorde a esta época del año. Ella me miró con una expresión a caballo entre la pena y la incredulidad y, sin decir nada, estalló en carcajadas, abrió la puerta y tras murmurar algo que no pude entender sobre el daltonismo se fue.

Hasta el momento los lechones y yo no hemos hecho gran cosa. Mover la cabeza al ritmo de la música, ver el resumen del debate del PSOE (ellos seguían moviendo la cabeza, pero esta vez cada uno para un lado), cagar mucho (sobre todo ellos) y pelear. Peleas entre ellos. Pensándolo bien, llamar a eso peleas quizás sea muy osado. Son pequeñas cosillas. Que si te pillo la mano con el cesto y aprieto para abajo, que si te tiro del pelo, pues yo te muerdo…Y esto, Capitán, nos lleva al tema de hoy.

¿Cómo gestionar la violencia?

A hostias. Así era en los ochenta. En el colegio caía alguna. Nadie mejor que un cura para mediar en un conflicto y soltar unas buenas hostias. Esto no es un secreto, es conocida la debilidad de curas y algunos profesores no pertenecientes al gremio de Cristo de educar a base de coscorrones, tirones de patillas, bofetadas etc. En algunos casos incluso han utilizado libros de textos y Biblias para calentar mofletes.

¿Cómo tiene que gestionar un padre moderno y daltónico como yo la “violencia” de sus hijos para que no se conviertan en unos ñetas?

Una cosa es la cabeza, que te dice lo mismo que esos gurús de la educación y otra la vida real. Personalmente Capitán me encantaría intentar razonar con ellos cuando por ejemplo Tomás le tira del pelo a Antón. Sería genial ser una especie de negociador, al estilo de las películas americanas.

—Tomás suelta a tu hermano. Haz el favor.

Tomás mira desafiante, se ríe y tira un poco más fuerte. Antón llora.

—Tomás, hijo, verás…Le estás haciendo pupa. Además estás rodeado. Creo que sería una buena idea si lo sueltas, nos vamos todos al salón y olvidamos todo esto. Mamá no tiene que enterarse.

Pero la realidad es otra. Por ejemplo ahora mismo. Tomás golpea el radiador como el simio protagonista de “El planeta de los simios” (la nueva, que es más violenta). No para, cada vez más fuerte. Está en modo asilvestrado. A mí también me dan ganas de golpear como un orangután el radiador cada vez que me llega la factura y no lo hago. No lo suelo hacer. Con gente delante.

Uno piensa. “Bien. ¿Cómo actuaría un padre guay en esta situación? Bill Cosby o el Dr. Seaver, alguien guay de verdad, pero no hay tiempo de maniobra y me sorprende enfilado hacia Tomás y antes de darme cuenta me escucho decir una frase llena de psicología infantil.

—¡Tomás! ¡Cómo no dejes de darle golpes al radiador te corto los huevos!

Ahora mismo está dando golpes a la silla y le dice algo. Está cabreado. Ahora es Antón que lo imita. Da golpes a la misma silla y también grita algo. Creo que es un rito para que llueva.

Buscando en Internet he encontrado unos consejos para estas situaciones.

  • Cuando un niño pegue, hay que decirle con firmeza: ‘no se pega’. Evidentemente. No le vas a decir: “¡Sigue! ¡Dale más fuerte! ¡Eres un flojo! ¡Al hígado!
  • Si persiste en su agresividad, lo que se puede hacer, sin perder la serenidad, es apartarle de nuestro lado, llevarle a su cuarto, o dejarle allí solo si está en él. En Guantánamo hacían algo parecido.
  • Cuando el comportamiento de pegar forma parte de una rabieta, nunca hay que permitir que consiga algún propósito por ese procedimiento. Nivel Hermano Mayor.
  • Una vez que la crisis (se referirá a Cuba o al Brexit) haya pasado, hay que volver a ser cariñosos con el niño (¡Ah vale! Hasta ahora era de mal rollo), sin rencor, como si no hubiese pasado nada. Y, por supuesto, hay que ser cariñosos también el resto del tiempo. (Aclarado queda)

Voy a seguir estas reglas. Aunque las cojo con pinzas Capitán. Ya sabemos que en Internet hay de todo. Desde Arturo Pérez Reverte hasta gente formada de verdad.

Habrá que buscar el equilibrio entre los curas de los ochenta y “Padres Forzosos”.

 

Un saludo.

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Diario de a bordo: ¡Guuuuuu!

¡Capitán! ¡La hembra del planeta Tierra y yo estamos sumamente emocionados. ¡Los pequeños lechones no solo responden a ciertos estímulos sino que ya hablan!

Bueno, quizás hablar sea una descripción bastante optimista de lo acaecido, pero la cosa ya va más allá de ruidos, eso se lo aseguro. Ahora dicen la palabra:

Gu.

Que entiendo que usted diga: “Pues que bien, oiga”.

Pero es que no solo es gu.  También hacen un guuuuu más largo, con más sentimiento y más contenido.

Gu es un primer intento de comunicación cuando menos inquietante. Me asomo a sus hamaquitas, pongo caras y les pregunto que tal el día. Ellos sonríen y soy consciente del gran esfuerzo que hacen por comunicarse. Y es que no es fácil. Para un bebé hacer un guuu es sumamente complicado las primeras veces. Es, para que os hagáis una idea, como cuando Pedro Piqueras intenta sonreír y  asusta.

Que sí, que no. Al final lo consiguen y un guuuu maravilloso y sin sentido de ningún tipo brota de sus gargantas e inunda la invitación.

¿Que querrán decir con gu? No tengo ni puta idea. A ver, en italiano gu es la abreviación de Gazzetta Ufficiale, pero para mí que ellos no quieren decir eso. A veces me pongo nervioso y les escruto (que no escroto) profundamente a ver si acaban la palabra de una vez.

—¡Guuuuuu!

— ¿Guuu qué cariño?

El bebé se parte su pequeño ojete moreno y me dedica una sonrisa como diciendo:

—¿Qué mas quieres friqui? ¿No te llega un gu? Tengo tres meses tontolaba.

Yo, ajeno a sus pensamientos, sigo a lo mío que básicamente es una retahíla de carantoñas y preguntas absurdas, tipo: ¿Quien se come este piececito? ¿Quien se come estos testíconos? Su madre me increpa con la mirada y me dice que eso no se le dice a un niño. Sin lugar a dudas exagera.  Piececito es una palabra inocua, sin maldad, pero ella sabrá que es la jefa. El chaval parece entender y le da la razón a la madre con un sonoro…

—Guuuuu

—A ver tío, ¿guuu qué?

A lo mejor van a ser jueces y quieren decir Gurtel; quizás sea el comienzo de guardamarina,  Gutiérrez o guacamole…¡Vaya usted a saber!

¿Que será lo próximo?

No me quiero imaginar cuando digan una palabra entera: ya no digo los legendarios papá o mamá, algo no tan reseñable, algo como como aceituna o cebolla. El día que digan Sarandonga hago el pino puente.

En definitiva que se mueren por ganas de comunicarse y expresan así la alegría de ver a su madre haciendo el ridículo con canciones inventadas con letras tan cuidadas y de mensaje universal como:

Duerme amor,

duerme ya

huevitos pequeños

como los de papá

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Pequeños sí pero a juzgar por los resultados sumamente efectivos. Como Messi. Me habrían dado el huevo de oro si existiese tal galardón, puede que incluso los dos.

Bueno, pues eso Capitán que un gu le puede cambiar el día para bien y abrir nuevos horizontes. Tengo mucho que descifrar de este enigma que es el vocabulario bebé, pero creo que le voy pillando el truco. De momento he llegado a las siguientes conclusiones.

Un gu simple podría significar: pis o maceta. No lo sé con seguridad.

Un gu doble podría querer decir: tengo cacá o pon la Sexta. Estamos estudiándolo.

En fin , seguiremos informando.

 

Capitán le mando un vídeo-informe del momento.