Diario de a bordo: Los niños del lloro

Estimado Capitán:

Un año y medio de viaje y la ruta no deja de sorprenderme.

Los lechones ya caminan, corren y yo diría que en ciertos tramos con pendiente incluso esprintan. El tempo de la convivencia va in crescendo y en más de una ocasión me siento como Indiana Jones en En busca del arca perdida.

Yo soy Indiana. Ellos son la bola.

Hace un año eran unos seres que se entretenían con un eructo aquí, un bibe allá y todos tan tranquilos, pero ahora no paran. Suben, bajan, abren, corretean, cierran, ríen, corren, golpean, rompen, saludan, salpican, gritan, trepan, escalan,  exploran, estrujan y lloran.

Casi cualquier verbo que denote movimiento y/o destrucción valdría.

Llorar siempre han llorado. Eso sí, el llanto ha evolucionado y tiene más matices que los filtros de Instagram, que parece que no pero al final sí.  He estudiado durante estos meses los llantos y los he categorizado en los siguientes tipos. Helos aquí Capitán.

1. Llanto “Trata de arrancarlo”

Es ese llanto que sí, pero como que no. Ese llanto que siempre produce la misma reacción en los padres, bien sean múltiples o padres simplones de esos que solo tienen un hijo por parto. Uno de los niños (o ambos) comienzan con un quejido intercalado con silencios de blanca, negra o corchea. ¿Es un lloro o una queja? ¡Ah! Ahí está el misterio y la chicha de la cuestión. Veamos un caso real, pero con nombre ficticios para preservar el anonimato de los protagonistas.

Tomás Cruces llora de manera intermitente. Son las 4:17 de la mañana. Sus padres Antón Cruces y Raquel Lubiáns están agotados y no se percatan del lloro hasta las 4:21. Bueno en realidad papá si se da cuenta a las 4:19, pero, empleando un término científico, le tira de un huevo ya que son solo pequeños quejidos, como cuando afinaba Camarón de la Isla. Mamá, que duerme como King Kong después de una boda, hace un sonido con la garganta que se podría definir como una protopetición, un: “Llora el niño”, pero sin palabras ni sílabas. Papá que tiene un ojo abierto sigue haciéndose el dormido y suelta un ronquido sobreactuado para dejar patente que está durmiendo.

Nuevo quejido de Tomás en re menor.

—Vete tú— dice ella.

Ronquido.

—Sé que te estás haciendo el dormido.

Dos ronquidos.

—¿No estarás jugando a la tontería esa de “Un ronquido significa no y dos significan sí?

Dos ronquidos.

Aquí pueden pasar dos cosas. El niño se calma y se vuelve a quedar dormido o el niño se arranca definitivamente y entonces ya sí que sí. ¿Que se duerme? Pues todos felices y descansados. ¿Que aquello crece? Pues eso nos lleva al segundo tipo de llanto.

 

2. Llanto “Stradivarius”

Es un llanto muy complicado de ejecutar a posta, pero viene de serie, está grabado en su código genético. El niño está durmiendo a pierna suelta y de repente un diminuto Julio Iglesias, padre de padres, resuena en la cabeza del bebé y dice: “Estarías mejor entre papá y mamá. Y lo sabes”. Y ya está liada. El niño llora a ver qué pasa.

Y lo que pasa es después de un rato tomas a tu pequeño lechón entre los brazos y él apoya su cabeza en tu hombro. Y tú, en un movimiento involuntario también inclinas tu cabeza y la pegas a la suya. Entonces te das cuenta de que pareces un violinista. Tanto por la postura como por que lo tienes entre los brazos es de un valor incalculable.

Acomodas al lechón en tu cama (justo en la parte que más moleste a tu pareja, ya que no se ha levantado por lo menos que se joda un rato). Tu pequeño se queda dormido con una sonrisilla en los labios. Todos felices nos dormimos y en ese preciso momento en el que el sueño fluye…Se despierta el otro.

 

3. Llanto “El Cigala”

Este es con energía y arte. Es repentino y puede el niño que solo quiera que lo cojas. Es un llanto con arte, frustración e impotencia. Como si Mozart acabara de escuchar a Pitbull. Aquí hay que calmar al niño. Viene acompañado de un movimiento de manos que parecen el cangrejo de La Sirenita. Es un llanto irresistible. Siempre acaba igual. El niño tranquilo y el padre con dolor de espalda.

 

4. Llanto “El Padrino III”

Este solo ocurre en dos situaciones. Después de la vacuna o después de una caída. El llanto es una réplica exacta del llanto de Michael Corleone en El Padrino III al final de la película cuando se arrodilla y toma a su hija muerta entre sus brazos. Atención spoiler. Nunca sé si hay que ponerlo antes o después. Este llanto tiene una cualidad diferenciadora del resto: Empieza con un largo grito sin sonido, como si alguien le hubiese bajado el sonido al bebé, mute que se llama. Y solo al cabo de un rato el lechón vuelve a coger aire y libera ese grito rumiado en la desesperación y el dolor durante los segundos previos.  A veces acojona. Ni Freddy Mercury. Gracias a Dios hay remedio para esto. Hay que decir las siguientes palabras:

Sana, sana culito de rana

si no sana hoy sanará mañana.

Paquirrín ha escrito canciones mejores.

Pero no seré yo el que rompa la tradición. Este pareado denota que en la época de antaño tenían una buena mierda para fumar negrata.

5. Llanto Fake

Es un fake. Es mentira. No hay lágrimas. Quieren algo. No les hagas caso. Algo quieren de ti. Fíjate bien.  Te enseñaré una regla “memotécnica” regla para memos, para que la recuerdes: “Mejillas secas, mentira y tretas”.

Mi mierda también es buena.

Un saludo Capitán.

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Diario de a bordo: Juego de Tronas

Estimado Capitán:

Sé que últimamente no he podido escribir los informes con la misma asiduidad de siempre, pero es que estoy tramando algo que me consume todo el tiempo y energía, pero de eso le hablaré en breve.

 

Los lechones crecen muy deprisa y sus piernas se han convertido en unos carnosos muslos de pollo que mujeres de toda edad y condición quieren saborear. Se les ve en la cara.

También tengo que comunicarle que el otro día tres personas creímos ver un diente en la encía superior de uno de los lechones. Este avistamiento resultó ser falso (a saber) y aunque la visión duró solo un par de minutos nos vimos obligados a rellamar a amigos, conocidos y a algún que otro desconocido íntimo para desmentir tal espejismo. Es increíble la cantidad de números de teléfono que un padre ansioso puede marcar en 67 segundos que fue lo que duró el encuentro con el falso diente.
Hasta llamé a Vodafone.
—iA mi hijo le ha salido un diente!
—Y a mí que me importa señor.
—¿Ve usted? ¿A qué jode?

Le juro que ahí estaba el diente. Incipiente, blanco, en el lugar perfecto. Pero en realiad no había nada. Se esfumó en unos segundos. ¿Qué sería? Quizás estemos ante una nueva mutación en la especie humana: la de los incisivos retractiles. Sé que este capítulo pasará a ese sitio tan sucio (los anales) como nuestro Roswell particular.

En el futuro habrá documentales sobre el tema. “Expediente Piño”

Las alucinanciones acústicas también están a la orden del día. Cuando no era padre y veía a mis amigos desencajados al escuchar las primeras palabras de sus vástagos no daba crédito. Aquello se me antojaba un poquito exagerado.

—¿¡Ha dicho papá!? ¡Ha dicho papá!

Hombre, no va a decir “Bitelchús”. Papá no es para tanto, Papá entra dentro de lo previsible. Lo raro es que dijese “testículo” o “Ramadán”.

Pero ahora les entiendo a la perfección. Verá Capitán, el otro día Antón Jr. dijo Papá, pero en realidad no lo dijo. Dijo primero pa…y unos segundos después otro pa…pero no quería decir papá, ni siquiera aquello tenía pinta de ser una palabra. Ese fonema era a una palabra lo que el regalo del día del padre es a un regalo de verdad. Pero por un momento me dio subidón. ¡Ha dicho papá!

Ovugirl ni se inmutó.

—¡Que ha dicho papá!

—No, no lo ha hecho.

—¡Que sí!

—Venga pues sí.

—No lo ha dicho ¿no?

—No cariño, no. Para eso aún falta.

Y me fui desdichado a la habitación como un jugador que abandona el campo humillado tras el cambio.

Lo de “papá” lo puedo aceptar, pero el diente lo vi. Y su madre también lo vio. En eso nos hemos puesto de acuerdo. Bueno, en eso y en lo de que los niños se tenían que ir ya a su habitación.

—Cari, los niños deberían ir ya a su habitación.

—No saben andar, dejálos un poco más aqui.

—¿Hasta cuando?

—Hasta la segunda vez que hagan primero de carrera.

—Cari, lo siento, pero no. Se tienen que ir ya, que ya son mayores.

—Claro que se tienen que ir, pero mañana que esta noche ya se ha hecho tarde. Que se vayan el lunes.

—Cari, esto no es como ir al gimnasio. Como cabeza de familia exijo…

Y me cerró la puerta en las narices mientras que desde el otro lado me llegaban las risas de mis hijos y la madre que los parió.

Pero al final se impuso la razón y los niños ya llevan una temporada en su nueva habitación.

Cuando digo temporada no me refiero a temporada en plan “temporada de una serie”, ni siquiera llevamos una de esas como padres. Ahora mismo debemos andar por el capitulo 13 de la primera, pero con buenos índices de audiencia. Espero renovar.

Además su dieta se va ampliando: frutas, verduras, galletitas…y todo eso lo toman ahora sentados en sus tronas. Que para un bebé es como cuando un adolescente se deja un poco de bigote ridículo/pelusilla  para parecer mayor y entrar en una discoteca.

Pues es el mismo principio.

Las tronas les hacen parecer “mayores” pero no lo son. Siguen meneando la cabeza para los lados, se baban y se lo pasan pipa tirando los juguetes al suelo. Desde las tronas todo se ve de otra manera, las tronas dan poder a los hijos y enorgullecen a los padres que ven a esos dos mocos levantando sus rollizas manitos pidiendo que alguien les tome en brazos, pero nosotros no caemos en la tentación de esos ojos grandes que piden “colo”. Al menos en primera instancia, después caemos sin remisión y obedecemos sus deseos, que para eso son los bebés más guapos del mundo. Ojo no es un decir, tenemos un certificado expedido por las dos abuelas, siete vecinas vírgenes, un concejal de festejos, un DJ ruso y un autónomo. Todos coinciden.

Han nacido para ser reyes.

 

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¡Saludos!