El día de la operación y un viaje en el tiempo

Ha llegado el día.

 

Durante todo este tiempo he intentado no pensar en el tema más de lo necesario, pero ahora entre unos y otros ya no puedo seguir con esta actitud de avestruz y he de enfrentarme a la realidad.Con madurez, con aplomo y  elegancia, como es natural en mí.  A esta edad uno ve las cosas con más sosiego y sabe que tal y como avanza la medicina “maloserá”. Y es que es cierto. ¡Qué barbaridad! ¡Cómo ha avanzado la cosa!

De pequeño recuerdo que si te ponías enfermo todo se solucionaba con dos objetos: un termómetro y un supositorio. Y a tomar por culo. Nunca mejor dicho. ¿Existen aún los supositorios? Aquello era una experiencia íntima que cada uno vivía a su manera. ¿A vosotros también os ayudaba vuestra madre a meter el supositorio en su “funda”?  ¡La medicina! ¡Los supositorios! ¡Las madres! Una fiesta continua.

Y si había sangre de por medio todo se arreglaba con un punto aquí y otro allá.

Una vez, a los 10 años, rompí una ventana de un puñetazo (entre cabreo y arrebato siempre he tenido ese carácter afable y bonachón del que hacemos gala la gente agresiva y desequilibrada). Le di tal leñazo que me corté y la sangre comenzó a salir a borbotones. Me encanta esa expresión: A borbotones. ¿Cómo salía? A borbotones. Es una de esas palabras que se merece que alguien le componga una rumba.

A lo que vamos.

La sangre salía a borbotones y mi cara pasó de la furia envenenada de “La Masa” (Hulk es un invento reciente) al terror absoluto del niño al que le golpea la certeza de una muerte segura.  ¡Qué exagerado!, pensaréis. En absoluto, esa mortal certidumbre tenía una explicación, pero para entenderla…

…tenemos que viajar en el tiempo.

 

Lunes, 10 de marzo de 1986. Segunda hora de clase, Naturales.

Ya estamos aquí, es 1986, la primavera se acerca, el frío aprieta  y durante el recreo me he pegado una buena panzada a correr. ¡Menudo partido! Mejores contra peores. Han ganado los mejores 18 a 1. Hoy me ha tocado ir con los peores por que Valeriano no ha querido jugar. Soy el último de los mejores así que oscilo entre la gloria y la humillación dependiendo de cómo se levante Valeriano. Noto el corazón latiendo como un bombo y como el sudor se enfría en mi enrojecida frente. Don Soto, profesor de Naturales pide silencio con un grito y sin más comienza su explicación.

El aparato circulatorio

Soto baja una lámina que cuelga del encerado y nos dice que abramos los libros por la página 28. Allí está. El aparato circulatorio. Encantado.

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(Acotación del Antón de 2014. Nótese que en el siglo XXI el aparato circulatorio, así en general, pertenece a Microsoft. Lo veía venir.)

 

En cuanto le echo un vistazo me asalta la duda. Ya hemos visto el aparato respiratorio, el digestivo y el aparato de Valeriano que cada vez que se le cruza el cable saca a pasear el nardo hasta que un cura le da con la regla para poner coto a su afán exhibicionista. El cura le da con la regla en la cabeza. No quiero que haya confusiones en este punto.

Mi duda es la siguiente. ¿Cómo pueden estar todos esos aparatos en el cuerpo humano? ¿No somos tan anchos no? Es decir, en el cuerpo de Juan, que es un gordocabrón, sí que pueden caber estos aparatos y muchos más. Juan, el gordo (él se cabrea cuando le llamó así, pero le argumento que es nombre de rey y aquí paz y después gloria) no para de comer y asegura que no está grueso, que su madre le ha dicho que tiene percha. Yo, más que percha, creo que tiene el fondo de armario al completo, pero como tiene un brazo como el cerrojo de un penal, pues me callo no vaya a ser que lo suelte a pasear. A Juan vale, pero ¿cómo pueden caberme a mí que estoy escuhimizado todos esos aparatos dentro? Cuando me doy cuenta ya tengo la mano levantada.

A ver Cruces, ¿qué le inquieta ahora?
Nada profe, es que estaba pensando que cómo nos caben todos esos aparatos en el cuerpo. No logro entenderlo.
Pues muy fácil. ¿Cómo caben metros y metros de hilo en un carrete? Pues ahí tienes la respuesta.
 

Una respuesta guay. Ahora ya entiendo lo del cuerpo, lo que me carcome es quien se encarga de enroscar el hilo en el carrete, pero creo que no es el momento.

Soto nos explica las venas, las arterias, los capilares, que si la aorta, que si la cava, que si el corazón…

Soto, ¿y si uno se corta y sangra mucho durante mucho tiempo qué pasa? – pregunta Valeriano que en esta ocasión no tiene el ciruelo en la mano.

A ver simpático, ¿tú que crees que te va a pasar?

Pues que me moriría.

¡De la tontería que tienes encima te vas a morir! ¡Con un par de puntos listo Valeriano!

 

O sea que la sangre es como la gasolina de un coche, si a uno se le acaba…se acabó el viaje.

 

Fin del viaje en tiempo. 

 

Y esa fue precisamente, la certeza que me golpeo al ver mi mano sangrando a borbotones después de golpear la ventana.

¡Me muero, me desangro! ¡Me muero!

Mi madre alertada por los gritos apareció, como un ángel de la guarda, justo a tiempo. Las lágrimas me nublaban la vista  y sentía el gélido aliento de la parca en mi nuca. ¡Mamá, me muero!, no paraba de gritar, la sangre lo teñía todo de rojo y solo esperaba que mi madre llegase a tiempo para despedirme.

Y llegó a tiempo.

Vaya si llegó.

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En toda la boca.

A partir de este primer golpe el tiempo se paró.  Lo que viene a continuación lo viví a cámara lenta, pero no debió durar más de 15 segundos, pero a una madre con ganas de bronca le sobran diez para dejarte fino filipino.

Pero tú qué has hecho, dijo, aunque la frase tardó diez segundos en decirla y sonaba como un disco que va a la mitad de velocidad. Mientras pronunciaba esas correosas e interminables palabras, me agarró del pelo y me zarandeo, el zarandeo fue a cámara superlenta y vi, desde fuera, mis mofletes ondear debido al ensañamiento. Por burro. Me muero mamá, dije yo , sin entender nada. Si no te mueres te mató yo, a quién se le ocurre. Y entonces soltó uno de sus insultos preferidos, uno de esos que, para ser honestos, no le he escuchado a mucha gente. Un insulto ochentero.

¡Oligofrénico!

Claro que escuchar a alguien llamarte oligofrénico con la cara desencajada y con la voz ralentizada…sin comentarios.

Pongamos todo a velocidad normal de nuevo.

Pim, pam, pum. Golpe. Grito. Zarandeo. Oligofrénico por aquí, cómoseteocurre por allá. Fue entonces, entre esa marabunta de sangre, lágrimas y léxico afilado cuando vi la luz. Puntos. Lo que hacía falta para salvarme la vida eran puntos.

¡Mamá, dame puntos!

Maldita la hora.

(continuará…)

P.d. Este era un post sobre la operación, en principio es dentro de unas horas, pero se me ha ido el hilo argumental. Era un post sobre cosas que pueden salir mal, pero ya lo haré. A no ser que alguna de las cosas que pueden salir mal salga mal. En ese caso es probable que no lo haga.

Lo dicho, a la mesa de operaciones con madurez y elegancia. Os dejo que me tengo que sacar mi pijama de Minion y tirar para Santiago.

 

¡Salud hermanos!

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Puntos de sutura: 1985

A la cabeza de la lista de miedos infantiles figura el terror a los puntos de sutura. El primer contacto con este concepto es inocente e inocuo ya que suele ser de oídas. Viajemos al pasado…

1985

─¡Jorge se ha caído en el recreo! ─ grita el portador de malas noticias.

─¿Y qué le ha pasado?

─¡Se ha rascado la rodilla y le han dado tres puntos!─ el niño se da una palmada en la frente y repite con más énfasis─ ¡Tres puntos!

No entiendo lo de los puntos. ¿Por caerte en el recreo te dan puntos? Pues no sabía nada. ¿Puntos para qué? ¿Qué te dan a cambio? ¿Yo cuántos tengo? ¿Hasta cuándo dura el concurso? 

Todas estas preguntas se amontonan en mi cerebro de nueve años, pero no digo nada. He hecho cálculos y si por cada caída te dan tres puntos yo he acumulado de momento 39. Intentó averiguar cuántos puntos tienen mis compañeros pero nadie suelta prenda o me miran raro. Al final de la jornada escolar tengo claro que quizás no exista ningún concurso así que recurro a mis padres.

─¿Qué son puntos papá?─ pregunto en la mesa.

─¿Puntos? ¿Cómo puntos?

Pues si él no lo sabe estamos listos.

 ─Hoy se ha caído Jorge en el recreo (es un chulito) y le dieron tres puntos.

─Eso se llaman puntos de sutura.

─ Vale.

Seis segundos de silencio.

─¿Y eso qué es?

─A ver, si te haces una herida profunda pues hay que coserte con hilo y aguja…

Aguja. Palabra funesta y tabú para un niño (y muchos mayores).

─…como a Frankenstein─añade con naturalidad para rematar la faena.

La explicación del concepto "sutura" a un niño no debe incluir jamás el término Frankenstein o similares.
La explicación del concepto “sutura” a un niño no debe incluir jamás el término Frankenstein o similares.

En ese momento la cuchara se me cae de la mano y se pierde en los abismos del plato sopero. Me quedó paralizado. No había estado tan sorprendido desde que en la última cabalgata me di cuenta de que Baltasar se hace el negro pero no lo es. Va pintado. Nadie más se percató de aquello y yo no dije nada por no desilusionar a mis padres que sí piensan que es de color.

─¿Y eso duele?─pregunto con tiento temiendo la respuesta.

─No, no duele nada─ responde mi padre mientras desvía la vista a otro lado.

¡Menuda bola me acaba de soltar mi progenitor! Siempre que dicen (los padres/médicos) que no va a doler (inyecciones, agua oxigenada, alcohol…) duele y mucho. Tengo que confirmarlo.

─Mama, los puntos de sutura…¿ duelen?

─No Antonciño, no duelen nada.

¡Tremenda bola!¡Cómo me los tengan que dar voy listo! Esto de los puntos es una pesadilla. 

¿Sabéis cuando uno solo ve recién nacidos por todas partes? Pues esto fue el equivalente de 1985. Una epidemia de puntos se extendió por el colegio. La gente se caía en el patio o se peleaba; se tropezaba con un cura o se caía de la bici, pero el ratio de cosidos por clase aumentaba de manera exponencial. Aquello era una plaga en toda regla y a pesar de que cuando se levantaban sangrando tras la caída lo hacían llorando a moco tendido, su expresión y su mirada al volver de la enfermería era la del soldado que regresa a casa, victorioso, del frente .

Así descubrí que los cosidos buscan compartir experiencias con otros cosidos. Lo de los puntos era un bautismo de fuego y yo no tenía ninguna marca cosa que me estaba empezando a molestar. Entonces llegó el día…

17 de abril de 1985

Mi madre me encarga comprar un par de botellas de Coca Cola de litro. Me da una moneda de 200 pesetas y me manda a la tienda del señor Manolo que es como el Harrods de Placeres.

Ultramarinos
Me río de Harrods. En la tienda del señor Manolo había más cosas y más peligrosas.

El matarratas podía estar al lado de los potitos de bebé y no pasaba nada. Un bebé no é unha rata dice en su defensa el hombre. Ni Paulo Coelho lo hubiera explicado peor. Me da las botellas y las mete en una bolsa de plástico. Me despido de Manolo y me dispongo a recorrer los 200 metros que me separan de mi casa, de mi habitación y de mi tebeo.

La tragedia sobrevino a mitad del camino…

La bolsa cedió, las botellas se estrellaron contra el asfalto y estallaron en pedazos uno de los cuales se clavó en el lateral de mi muslo a la altura de la rodilla. La sangre empezó a empapar mi pantalón y me di cuenta que en Coca Cola son imbéciles por hacer las botellas de cristal. Toda la información de “El aparato circulatorio” de la lección 3 del libro de Naturales acudió en tromba a mi cabeza y me di cuenta de que mi muerte estaba cerca. No estaba seguro si conseguiría llegar a casa para despedirme de mis padres y decirles que Baltasar no era negro, se lo hacía.

Cojeo, lloro y cuando mi madre me ve llegar me suelta su clásico, ¿Pero cómo se te ocurre?. Le digo que me estoy desangrando y ella me saca el pantalón y observa de cerca la herida.

Una pregunta revolotea entre el dolor y la certeza de mi oscuro desenlace:

─¿Hay que dar puntos?

─Sí. Eso parece.

Una sensación de alegría amaina por unos segundos la corriente de terror que me invade. Al menos moriré como un hombre. Mi madre me tumba en la camilla de la consulta de mi padre, saca la aguja, el hilo y me doy cuenta de que no quiero entrar en el club de los cosidos bajo ningún concepto.

─Estate quieto.

─¡Nooo! Seguro que me duele…¿me va a doler?

─No Antonciño. No duele nada.

─¡Mentira!

Lo último que recuerdo fue mi cuerpo en tensión y la aguja acercándose a mi cercenada piel de la que salían pequeños bultos blancos de grasa. Un pinchazo y…

Fundido a negro

Me desperté minutos después en la camilla y por fin me di cuenta de porque mi madre no operaba a sus pacientes. Ni Picasso ni Dalí hubiesen cosido aquella herida con tanta imaginación. ¡Vaya si aquello dejaría cicatriz!

Cuatro puntos preciosos. Los primeros, los que no se olvidan. Sin anestesia, a carne viva. En casa de herrero cuchillo palo.

Espero que vuestros primeros puntos no fuesen así.

¡Salud hermanos!