Leonor “Walking”

Vamos allá.

Vale que los españoles no somos muy buenos en gestionar crisis.

Vale que nuestros políticos no dominan el inglés y que van haciendo el ridículo cada vez que les ponen un micro delante.

Pero si hay algo en lo que los españoles lo petamos es en hacer muñecos de cera. Ahí sí que no tenemos quien nos tosa.

Vamos por partes.

Mirad esta foto de la Princesa Leonor, que si tuviese un nombre más pijo, sería un dibujo animado y no precisamente un Transformer. Sería uno de esos dibujos que comen “emparedados” y dicen “Santo sielo”.

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Angelical, virginal, una niña bonita. ¿Y qué hace el artista español versado en los mil y un secretos de la cera? Pues esto:

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Leonor “Walking”.

¿A qué acojona? A lo mejor es que Leonor se movía mucho y el escultor se salía de los bordes. Pobre Leonor seguro que cuando la vio, prefirió ser cualquier otra persona…hasta Froilán. Pero bueno, no nos pongamos exquisitos que los españoles somos mucho de criticar al vecino sin razón.

Segundo caso: Fernando Alonso.

Aquí nos adentramos en terreno peligroso. Ahí va:

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“Clavao”…a Sloth.

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Tú imagínate que vas al Museo de Cera y te hacen semejante cirugía. Alonso no ganaba nada a propósito para no celebrar. ¡Eh Chicooooooooos!

El Museo de Cera es inquietante. Con esas salas a media luz. Con ese Tío Vivo en el que se dan cita Los Payasos de la Tele y…¡Jesús Hermida!, uno de los grandes misterios de España. ¿Por qué?
Creo que Iker Jiménez lo va a explicar este domingo en Cuarto Milenio. Por favor que no hagan una estatua de él, porque ne cago fijo.

Si la hiciesen seguro que estaría en la sala esa del terror. Esa si que me daba miedo de pequeño. Lo que pasa que las sensaciones oscilan entre la risa y el miedo como olas en el mar. Entras en la sala, todo está oscuro, se oyen aullidos, giras una esquina, y de repente, sin previo aviso…

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Don Pin Pon quemado, pero partiéndose el ojete moreno.

Miradle a los ojos, parece que va a empezar a hacer un Celebrities con la voz de Joaquín Reyes: ¡Hola amigos, soy Freddy Krueger!¡Krrruegerrrrrrr! Anda que no he hecho yo peliculacas buenísimas  a cascoporro: Pesadilla en Elm Street 1, 2, 3, 4, 5 y así sucesivamente.

En fin, un desastre como otro cualquiera.

Te vas por ahí, al extranjero (que es el país más grande que hay) y cuando te metes en un museo de cera de verdad claro, flipas.

Mirad a Ryan Reynolds.

Ryan Reynolds Poses Side By Side With His Madame Tussauds Hollywood Wax Figure

O Johnny Deep (Juan Profundo).

deep

Esto es otro rollo.

Cuando era niño (y hoy en día también) me encantaba Superman. Cuando vislumbré su figura en el museo, corrí hacia ella. Yo pensaba que me iba a encontrar esto:

super good

Pero me encontré a Paco Valladares:

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Pues que queréis que os diga, me jodió sobremanera.

En fin. Igual tampoco somos buenos haciendo muñecos de cera, pero lo seguiremos intentando. Algún día saldrá alguna bien, aunque sea por casualidad y entonces…¡amigo! entonces os vais a cagar.

¡Salud hermanos!

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Man of Steel: Sí, pero…

1982

Tengo seis años. Mi madre me despierta y me arenga para que me levante. Vas a perder el bus. Siempre la misma cantinela. Tras hacerme el remolón asumo que mi destino es enfrentarme a una nueva jornada “laboral”. Como todos los días me enfundo mi traje de Superman y después me pongo la ropa “normal” por encima para preservar mi identidad. A veces llevo la capa y a veces no. Abulta mucho debajo de la ropa y es un poco incómodo.

Todos los días, al volver del colegio hago mis prácticas de vuelo que básicamente consisten en tirarme desde la terraza de la habitación de mis padres al jardín. Nunca lo conseguí, pero tampoco insistí mucho.

2008

Tengo que ir al baño a evacuar la última cerveza que me he tomado. Ya voy calentito. Nadie sabe qué pasa a ciencia cierta en el baño de las tías, pero en el de los hombres se forjan amistades sólidas como el acero. En medio de la jugada noto como mi vecino de necesidad me escruta con atención. Me hago el tonto, pero la situación empieza a tornarse algo incómoda. No puedo evitarlo. Giro la cabeza y le pregunto…

-¿Pasa algo tío?

-¿Tú no eres el colgado que iba con el traje de Superman por debajo al cole?

No hacen falta más palabras. Nos fundimos en un abrazo, pero enseguida nos separamos porque aún no hemos acabado de mear. Me abro la camisa y el símbolo del Hombre de Acero refulge en mi pecho.

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Hay cosas que no cambian. Ya no llevo el traje íntegro por no llamar la atención (ganas no me faltan), pero que no sea por camisetas. Charlamos durante dos minutos y al salir del baño se rompe el etílico hechizo y cada uno tira en una dirección. Sin despedidas ni mariconadas.  Fue bonito mientras duró, no os voy a engañar.

2013

¿Y a mí que me importa que sea usted un tarao y un borracho? ¿Qué me importa su vida? Yo he entrado aquí para leer una reseña sobre Man of  Steel.

Se me calme.

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Toda esta introducción, amigo lector, era necesaria para que comprenda mi nivel de compromiso con el personaje. Una vez dicho esto, vamos al chollo.

Man of Steel es una buena película…de extraterrestres. Al menos eso es lo que me ha parecido a mí. A mitad del metraje me sorprendí recordando la versión de Donner de 1978, la de mi añorado Christopher Reeve. Lejos de ser perfecta, tenía algo vital que Man of Steel no tiene.

Alma.

Superman no es Batman. Es lo contrario, y aquí la Warner nos la quiere colar. Esa es la impresión que me da. Una película de Superman debería tener otro tono. Si juegas a hacerla, respeta las reglas. Salta al vacío. Te sorprenderás volando (o no), pero hay que saltar. Y esta gente ha firmado una gran película, pero desde un planteamiento que no me convence del todo. Aún no lo tengo claro, la verdad. Superman Returns fue un coñazo supremo. Man of Steel es una buena película, pero si cierro los ojos sigo viendo esto…

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¡Salud hermanos!

Efecto Perla

Trabajar de cara al público me ha regalado algunos momentos memorables. Éste es uno de ellos. Sucedió cuando trabajaba como vendedor de una conocida marca de automóviles.

Año 2008

Durante seis meses (que se me hicieron eternos) me veo inmerso casi por casualidad en el desconocido sector de la venta de automóviles.

Yo vendiendo coches.

Yo.

Que me acabo de sacar el carnet de conducir a los 32 años. Sin comentarios.

La L aún cuelga del Ford Ka de mi madre, pero ese detalle trae sin cuidado a mi jefe que me obliga a currarme unas maniobras en un cambio de rasante que a mi se me antoja el Teide.  Mientras me peleo con el cambio automático puedo escuchar su voz de cazallero indicándome cómo debo maniobrar.

-¡Gira todo! ¡Gira! ¡Antóonnnn! ¡Qué haces joder! ¡Gir..! ¡Pal otro lado! ¡Así no! ¡Antóoooon! ¡A la derechaa…la otra derecha animal! ¡Paraaaaa burroooo!

Sus amables palabras de ánimo no me llegan de forma clara, pero las intuyo. Rebotan en las paredes del concesionario y se pierden formando un eco ilegible con el ruido del motor.

El sudor empieza a perlar mi frente y la corbata me aprieta. Me aflojo el nudo. Me doy cuenta de que desde fuera debo parecer un jinete de rodeo que intenta domar al toro más salvaje.

¡Yihaaaa!.

M. ,que así se llama el jefe, se restriega desesperado la palma de la mano por la cara y niega con la cabeza. ¿De dónde habrán sacado a este tío?

El dueño de la empresa permanecerá grabado en mi memoria como el vendedor definitivo, el Rey de Reyes del negocio de la Automoción, solo seguido muy de cerca por mi amigo Cals Plymouth y su historia del colchón ignífugo que os explicaré en otro momento.

Un bonito día de primavera se deja caer por el concesionario un señor de sesenta y pocos años con pinta de abuelete entrañable. Me dice que quiere cambiar su coche que está IMPECABLE (este es, con diferencia, el adjetivo que más veces se escucha en un concesionario de cohes) por un modelo mejor. Entablo conversación con el simpático hombre y le muestro el mejor kilómetro cero que tengo en ese momento en la tienda. Lo camelo sin mentirle y empleo el truco que nunca me falla para deslizar el precio en la conversación y además obtener una sonrisa. Le digo que el coche cuesta 30.000 euros, pero que pilla lo que quiera: Onda Cero, la SER, Radio Nacional…al tío le hace gracia y cuando se quiere dar cuenta ya lo estamos probando por la autopista. Veo que el coche le pone.

Damos una vuelta y me cuenta un poco su vida. Yo como buen comercial finjo que me interesa. Lo tengo en el bote. Me siento sucio, pero el vendedor que va creciendo en mi interior disfruta con la situación. Soy como Superman en Superman III cuando se vuelve MALO.

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No hay nada peor (para los demás) que ser un cabrón con superpoderes. Le miro de reojo. Con codicia.

Cuando bajamos del vehículo, se aleja un par de pasos para tomar perspectiva con el coche, como si de un pintor que observa su obra se tratase. De repente, atisbo la duda en sus ojos. Él me cuenta que el coche le encanta, pero que si aparece en casa con un coche negro su mujer le cuelga. El precio de los 30.000 solo vale para ese coche. No para uno nuevo. Además mi comisión es mayor si vendo éste. Tiene que comprarlo. Me doy asco, pero mi nuevo yo es muy fuerte.

La frase fatídica brota de su boca:

Lo tengo que pensar.

¡Lo que tienes es que ir al oculista cabrón que el coche ya era negro hace media hora! No lo digo. Me callo. El ente que vive en mi quiero estrangularlo para cobrar la comisión , pero misteriosamente solo puedo sonreír. Me doy miedo.

Cuando todo parece perdido M. surge de la nada. Lo recuerdo saliendo del concesionario hacia nuestra posición. Es el héroe que entra en batalla cuando más falta hace. Con su barriga asomando, el palillo en la boca y medio calzado por haberse tomado algún Sol y Sombra de más. Solo le falta tocarse las pelotas a dos manos…un momento…no…ahí está…se las toca. Lo contrario a James Bond. Ese es mi jefe.

Aquí llega uno de esos momentos inolvidables. El hombre le explica el motivo de su duda y mi jefe con sus dos cojones curtidos en mil y una ventas suelta:

-¿Cómo que negro hombre? ¡Es Efecto Perla!

Una chicuelina digna de José Tomás. Lo peor de todo esto es que mi superior se lo cree de verdad.

A mi juicio, y sin ser un experto en colorimetría, pienso que nunca antes ni después he visto un negro más oscuro. Jamás.

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-Parece negro por el sol – argumentó el encantador de serpientes. Es Efecto Perla hombre…

Asisto atónito a esta orgía de mentiras sin dar crédito. Empiezo a admirar a ese hombre, no como vendedor, pero sí como humorista. No logró contener la risa y me retiro a mi cubículo sin llamar la atención. Menuda treta más absurda para colocar el coche. Imposible, pienso.

A los diez minutos mi jefe tenía el coche vendido. Sabe más el diablo…

Epílogo 2013.

M. no era mala persona. Hizo una gran corrida esa tarde y me brindó las dos orejas y el rabo, es decir, me apuntó a mi la venta y  la comisión subió a mi marcador. Poco después, el Superman bueno ganó al malo y dejé ese (en mi experiencia) horrible y lucrativo negocio. Eso sí, siempre me ha quedado una duda:

¿Cómo le explicas a tu mujer que te acabas de gastar 30.000 euros en un coche del único color que ella te ha prohibido expresamente?

Cuéntale tú que el coche no es negro, que es Efecto Perla…

La historia acabaría así…

Mujer golpea hombre

Salud hermanos.

Generación Goonie

Algo tienen las películas de los ochenta que siguen atrapando a toda mi generación. Bueno, en realidad era esa generación la que tenía algo en los ochenta que hace tiempo que se perdió: la infancia.

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Regreso al futuro, Rocky, La Guerra de las Galaxias, Superman, La Jungla de Cristal…poco a poco os  iré hablando de todas. Entre ellas hay una que es sin duda la joya de la corona.

La que marcó a toda una generación de mocosos, a mi generación:

Los Goonies.

El mundo se divide en los que la han visto (y la adoran) y los que nunca la verán. De hecho hay una frase tabú que no debes pronunciar jamás, bajo ningún concepto, si en la habitación se dan cita más de 10 o 12 personas de entre 30 y 40 años. Es la siguiente:

-Joder, pues yo NO he visto Los Goonies

La has cagado macho.

Las cabezas se giran en plan la niña de El Exorcista. No es para menos.

-¿Cómo que no has visto Los Goonies?

-No tío…no la he visto…

Eso, en vez de retractarte, tú insiste y sincérate. No es el momento; di que era una broma y sigue con tu vida. Aún estás a tiempo.

-En serio… no la he visto, murmuras cada vez más acobardado mientras tu falsa y nerviosa sonrisa  delata un ¿de qué coño os reís me he perdido algo?

Este indeseable realmente no entiende la gravedad del asunto. Ajeno a la vida interior que todo Goonie que se precie derrocha la remata:

-Pero si es una puta peli para niños.

Momento de reflexión. Podéis negar con la cabeza como yo. El silencio se hace tan denso como incómodo.

Ahora ya caes mal seguro. Además la palabra puta y la palabra niños jamás deberían ir en la misma frase. ¿De que vas tío? Te has cargado la fiesta.

Esto es un insulto muy fuerte para nosotros La Generación Goonie, posiblemente el más grave.

El que no se sentó de niño en la cómoda butaca de un cine con un kilo de palomitas después de hacer cola durante quince minutos nunca podrá ver Los Goonies. Aunque quiera. No por ellos, por nosotros. Ellos siguen ahí, los muy cabrones, con la misma ropa, la misma naturalidad y con las mismas ganas de encontrar a Willy (silencio) El (silencio) Tuerto (silencio de nuevo).

Cuando la vi por primera vez, ellos tenían mi edad, puede que incluso fuesen algo más mayores. Quería ser Bocazas. Lo estoy consiguiendo.

Si tuviste la suerte de verla de pequeño y corriste a pillar tu bici para buscar en el desván a ver si había suerte te felicito. Siempre podrás volver a tener esa sensación, solo tienes que darle a play y volverás a tener ocho, nueve o diez años. Pero con 20 ó 30…eso es ya imposible. El cerebro humano no está suficientemente evolucionado como para hacer ese ejercicio. Sacar el niño que llevamos dentro pasando los 30 es complicado. Mirad como acabó Michael Jackson.

Aunque estoy completamente seguro de que si se dan las circunstancias adecuadas (por ejemplo verla con hijo) y no tienes reparos en abrazar la película y de paso a tu yo de 1985…lo conseguirás. Por intentarlo que no quede.

Yo ya tengo 36 y aún no he encontrado el puto tesoro.

No tengo ni el mapa.

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El extraño caso del actor cornudo

Dicen que lo peor que le puede pasar a un actor es que lo encasillen. Desde mi humilde punto de vista, que un actor viva encasillado no significa que sea malo en su trabajo. Para nada, puede que incluso sea al revés.

Hay tres escenarios:

El primero se da cuando uno se interpreta a sí mismo. Seguro que aunque parezca fácil es una de las tareas más complicadas a las que se tiene que enfrentar un actor. ¡Sé tu mismo!, le grita desde su silla el director. Casi nada. Menudo papelón.

Veamos un ejemplo para entender mejor la presión a la que se ve sometido un profesional de la actuación ante esta perspectiva.

Viajemos a 1990.

Ok. Ya hemos llegado. Estamos en 1990 tengo catorce años y soy, lo que podríamos denominar, un auténtico soplapollas. Los sábados por la mañana antes de ver Sensación de vivir me suelo bailar entero el primer disco de Vanilla Ice  encerrado en la habitación. Leo cómics y escuchó a los New Kids on the Block o a Milli Vanilli. A todo volumen, como si aquello fuese Led Zeppelin. Es lo que podríamos denominar la época oscura. The dark age. Podría quedar mejor diciendo que escuchaba a Depeche Mode y The Cure, pero es mentira. Sin duda, por el atuendo que llevo o soy un freaky o soy daltónico. Observo a mi yo de 1990 y me doy cuenta del daño que le hizo Kirk Cameron a toda mi generación.

En 1990 los de mi edad, entrábamos en la adolescencia e inevitablemente, tarde o temprano, aparecía LA CHICA. Lo fácil en esta situación consistía en pedir consejo a alguien más duro y más maduro que yo. Uno de los mayores que fumaban en el recreo parecía la opción más sabia.

Puedo verlo perfectamente.

Me acerco acojonado y le comentó que me he enamorado.   Me doy cuenta de cómo ha sonado  y matizo que no me he enamorado de él sino de LA CHICA. Me mira de arriba a abajo y le da una calada a su Chesterfield. El tío, que se cree River Phoenix me hace un gesto para que me siente a su lado. Me ofrece un tiro de su cigarro. Yo declino la invitación. Le expongo los hechos, le hablo de mi sufrimiento y de mi esperanza. Le pido consejo. Asiente con la cabeza. Él ya está de vuelta de todo eso.  Expulsa el humo haciendo aritos y, con la mirada perdida en lo más profundo del patio del colegio, me suelta:

-Sé tú mismo tío…

Menuda mierda de consejo. Dentro de la lista de recomendaciones que se le pueden dar a un adolescente enamorado se tú mismo es sin duda la peor. Eso solo puede acabar en desastre. ¿Cómo se hace eso? Si precisamente te estoy preguntando a ti porque quiero ser como tú. Ser como yo es un coñazo.

Lo misma sensación debe experimentar un actor cuyo éxito en la profesión va unido (entre otros factores) a la capacidad para meterse en la piel de otras personas. Partiendo de esta base que te digan sé tu mismo debe ser además de complicado…frustrante.  Mirad a Antonio Resines que hace muy bien de sí mismo, pero cuando le entra la vena de Niro lo borda. La buena estrella (1997), La caja 507 (2002) o Celda 211 (2009) son solo algunos ejemplos.

Segundo escenario:

Que te den un papel tan grande, en una película tan buena, que tu actuación y todo lo que la rodea se convierta en un icono cinematográfico. En este sentido el encasillamiento es como un tumor, puede ser benigno o maligno. Se detectan por la incapacidad de visualizar a otro actor interpretando a ese personaje.

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Benignos: Harrison Ford interpretando a Indiana Jones o Han Solo, o Marlon Brando interpretando a Don Vito Corleone en El Padrino (1972).

Malignos: Mark Hamill, es decir, Luke Skywalker en Star Wars (1977) o Christopher Reeve en Superman (1978). Estos dos apenas levantaron cabeza, siendo a mi juicio Reeve un pedazo de actor al que la capa no le dejó volar.

Tercer escenario:

Que te llames James Marsden y que evoques el cornudismo en la mente de todos los directores de casting del planeta. Al pobre hombre siempre le cae el papel de cornudo entrañable. Y eso que el tío es un guaperas. Además no os creais que su mujer le traiciona con cualquiera al que podrías partirle la cara, para nada. Sus infieles parejas le han puesto complicada la venganza.Pobre James.

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Repasemos:

En Superman Returns (2006) hace de marido de Lois Lane (ya empieza jodida la cosa) y claro… como ya advierte el título de la película..Superman, pues eso… que vuelve. Esa es la palabra clave. Cuernos que te criaron. El tío está entrañable y comprensivo en su papel. Se ve a la legua que no se merece la cornada, pero claro, es Superman, me liaba con él hasta yo.

En Spiderman 3 (2007) interpreta al prometido de Mary Jane Watson, más conocida como la novia de Spiderman. Toma telaraña de cuernos para tu curriculum. Otra vez James sale mál parado. ¡Zasca!

En la saga X-Men, James se mete en la piel de Cíclope que está casado con Jean Grey. Vale. Pues ésta, ni corta ni perezosa, le pone los tarros con Hugh Jackman, es decir, con Lobezno. Rebotaté tu con él. No es Panocha (mítico personaje de la noche pontevedresa) es Lobezno. Por mis cojones voy a luchar yo. Que se la lleve pero que no me pegue.

James lo bordó en El Diario de Noa (2004). No salía mucho en pantalla, pero si recordais era el prometido de la protagonista, Rachel McAdams, que por supuesto le engañaba con Ryan Goslin, su verdadero amor. Más cuernos. Además aquí se los pusieron a base de bien. Es decir con penetración y todo. Ya sabéis que los superheores esas cosas no las hacen. Puede que Lobezno sí, pero Spiderman follando…no lo veo. Lo dicho, no salía mucho pero sí lo suficiente para ver que era un cornudo en potencia. Le volvieron a coser a cornadas en Encantada (2007), película en la que Amy Adams se la pega con el Doctor Macizo de la serie Anatomía de Grey. Ni Paquirri.

En fin amigos…hacedme caso…no hay nada peor que el encasillamiento sobre todo el del tercer tipo. Por eso Cartas a 1985 irá cambiando a menudo de temas y de tono. En la variedad está el gusto. Gran frase acuñada por las parejas de James.

Saludos hermanos

Os dejo una foto de Resines puteando a Mardsen

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